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NOVELA

Eugenio Fuentes: Mistralia

domingo 19 de abril de 2015, 14:23h
Eugenio Fuentes: Mistralia

Tusquets. Barcelona, 2015. 296 páginas. 19 €. Libro electrónico: 11,99

Por Francisco Estévez

Valorar y reseñar una novela policiaca contiene en sí una imposibilidad latente: se hurta al lector cierta información concerniente a la resolución de la trama por no aligerar ese íntimo goce connatural al giallo. No es óbice para justipreciar las novelas pertenecientes a la serie detectivesca protagonizada por Ricardo Cupido del escritor Eugenio Fuentes. En ellas el misterio es un elemento más entre muchos otros que nutren a una rica narración, como se explicó tiempo atrás en este mismo suplemento a cuenta de Si mañana muero.

Le bastan pocas páginas al avezado escritor extremeño para levantar vuelo literario en Mistralia. Apenas superado el escollo de poner en escena el crimen de rigor y captar la atención disipada del lector contemporáneo, despunta el soberbio arranque del segundo capítulo: la novela abre y cierra con un pasaje descriptivo. En este caso el ascenso en bicicleta a una cumbre. Rememora así aquel inicio y cierre clásico de nuestra novela contemporánea a través de la descripción de un río y de una muerte, donde se traslucía toda una España carpetovetónica, El Jarama, de Sánchez Ferlosio. La descripción topográfica es trasunto también aquí de otras psicologías. De tal modo, el caso que ahora se presenta comparte “extrañeza” con la cumbre y ascenso de “El Volcán”. La metáfora tiene amplio ratio de acción pues perfila parajes internos del protagonista, pero además proyecta el misterio por resolver, ubicado en la patria chica del sabueso, que tendrá especial incidencia en su vida y concluirá con inesperado final.

Así, algunos puertos para el experimentado ciclista que es Cupido le resultan sorpresivos y le hacen sufrir por “mala previsión […] o exceso de confianza”; sin embargo, pedalea con soltura y suerte otras cumbres de mayor complicación. Transparentes resultan los paralelismos con su vida y profesión. Entenderá el buen lector la simbología de estas páginas excelentes. Al menos triples alusiones presenta una “rencorosa carretera que terminaba de pronto en un pinar en medio de la nada” o la imperiosa necesidad de “buscar otra salida, otro cráter que emergiera a tierras más hermosas, más habitadas” es común para la mayoría de los personajes que habitan el presente libro.

Las entrañas del protagonista se desvelan pero también gran parte de la originalidad del autor. Frente a tanta violencia efectista y clichés acartonados de otras novelas negras, frente al detective anglosajón de natural frío, metódico y calculador, sus personajes y, en especial, su detective, con sus titubeos, tropiezos, alegrías, miserias…, en definitiva, con su humanidad, gozan de una vida literaria cada vez más real. Al detective “la vieja y prestigiosa pareja observación-deducción, aunque necesaria, siempre le resultaba insuficiente para sacar conclusiones”. Como la vida misma. La perspicacia de Cupido proviene de una particular focalización de la realidad que a la vez le provoca evidentes despistes, como bien le reprocha su amigo el Alkalino.

La aparición de una mujer ahorcada en uno de los molinos eólicos de la localidad fantástica de Breda provoca el regreso del investigador a sus tierras natales. Fuentes se imbrica con soltura en la urgente actualidad, habida cuenta de los trapicheos en subvenciones de energías renovables de algunos politicastros conchabados con empresarios ayunos de moral pero ávidos de riquezas. Son miserias actuales pero de antiguo cuño, la corrupción, el poder, la avaricia, el deseo, la soledad. Para algunas lectoras incluso será fácil la identificación con personajes que tienen el trabajo como único refugio en su vida ya que “había elegido mal muchas cosas en su vida: la ciudad donde vivía, a los compañeros en algunos viajes que perdieron la magia, a algunas amigas, a algunos hombres que había amado, y, sobre todo, su matrimonio” (“como si se pudiese elegir en amor”, escribió Cortázar en aquel célebre capítulo de Rayuela; aunque sí, hay personas que eligen).

Eugenio Fuentes es un excelente conocedor del género negro, en práctica y teoría. De lectura preceptiva para diletantes resulta su ensayo Literatura del dolor, poética de la bondad (2013) que funciona a ratos y entre líneas como una suerte de lúcida poética. Como experimentado escritor, además sabe que una novela de calibre más allá de una buena idea, una trama arpegiada con armonía y otras sutilidades consta de un trabajo continuo con la lengua para extraer del lenguaje común -tan sobado en estos tiempos- nuevos sentidos y volverlo prístino, siquiera por unos segundos, ante el lector por magias del arte literario. Así en un cenicero reposan “gordos gusanos de ceniza de los cigarrillos” que potencian las sospechas de adicción a la droga de un personaje por metáfora encubierta e imagen solapada de otros gusanos más blancos. Y una cigüeña ahogada con un preservativo se erige como símbolo de la destrucción de la naturaleza pero también del futuro cancelado de la vida… De otro costado queda el fiel retrato de la industria de los molino eólicos gracias a una buena documentación que aporta mayor rango de verosimilitud si cabe a la narración (premisa notable en novela negra).

Mistralia, se suma con éxito al conjunto de novelas detectivescas del diestro Eugenio Fuentes y avanza quizá nuevos rumbos en el destino del detective. Son legión los que prueban tanteos en la novela negra. Solo unos pocos son valor seguro como el notable extremeño con voz cada vez más original y rica en matices. Sin voltear el género pero con respeto pleno y conocimiento sumo del mismo, no lo trasciende pero lo torna más denso, más fértil. Conocedor del misterio narrativo goza de la paciencia, el tacto y la sensibilidad del auténtico orfebre.

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