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EL TEATRO EN EL IMPARCIAL

Famélica, de Juan Mayorga: la revolución delirante

El madrileño Teatro Lara se ha llenado de público para disfrutar con esta comedia de Juan Mayorga, y reírse de las exigencias que nos obligan a ejercer un papel social con la pericia del actor más consumado, y de las trampas de un grupo de visionarios para sacar a la luz sus auténticos deseos ocultos.
Famélica, de Juan Mayorga: la revolución delirante
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Famélica, de Juan Mayorga
Director de escena: Jorge Sánchez
Intérpretes: Nieve de Medina, Juanma Díez, Xoel Fernández y Rulo Pardo
Lugar de representación: Teatro Lara (Madrid)


Juan Mayorga refresca este asfixiante verano con una insólita comedia que posee la ilusión de los sueños liberadores y la amargura de las pesadillas tortuosas: un brillante sainete negro cuyas carcajadas dejan en la boca un fuerte sabor ácido. El punto de partida resulta sorprendente. En una corporación multinacional, un alto ejecutivo idea una célula revolucionaria comunista que crecerá silenciosamente al amparo de la estructura capitalista. Sus componentes emplean nombres en clave de ese santoral comunista menos manchado por crímenes sangrientos: Enrico -por Enrico Berlinguer-; Antonio -por Antonio Gramcsi-; Rosa -por Rosa Luxemburgo-; Palmiro -por Palmiro Togliatti-… Los conjurados se proponen dar la vuelta al engendro alumbrado en China. En vez de un sistema comunista que funciona con leyes capitalistas, su aspiración es la contraria: vivir en un sistema capitalista pero haciendo que actúe con premisas comunistas. No se enfrentan al capital, sino que lo manipulan desde dentro para dar a luz su utopía revolucionaria. Es una quimera, en definitiva, tan absurda como otras muchísimas que han gozado de una envidiable salud histórica.

El sarcástico giro de tuerca concebido por Mayorga ejerce una mordaz crítica satírica contra las comedias que ejercemos a diario en la sociedad contemporánea, ese gran teatro del mundo postmoderno en beneficio de la productividad. Las personas deben realizar su máximo esfuerzo en tareas que no les interesan para nada y que con frecuencia aborrecen. Pero en los centros de trabajo y sus círculos sociales han de fingir que constituyen la pasión de su vida, convirtiéndose en consumados histriones. Asimismo, la mayoría se adapta a simular que cree las falsedades que se divulgan como verdades incontrovertibles, para poner en pie una farsa colectiva donde todos aparentan ser lo que no son, actuando como resignados actores envueltos en un mal teatro que oculta su auténtica amargura y frustración interior. ¿Y por qué no darle la vuelta a esa envenenada tragicomedia? ¿Y si los revolucionarios contratan a actores profesionales para que simulen trabajar por ellos y quedar libres así de cualquier impedimento para entregarse a su verdadera pasión?

Uno de ellos, Antonio (Gramsci), lo explica de un modo contundente: “Una pasión es un ámbito de libertad. Un espacio donde desplegar tu humanidad sin la coerción del capital, eso es la pasión.” Y tras este sueño la célula crece imparable con la misma energía que los viejos movimientos de masas. Aquí el autor de Cartas de amor a Stalin, buen conocedor de la teoría marxista, es consciente de que sus revolucionarias criaturas están pisoteando la doctrina que ambicionan revivir. Para el marxismo la persona se construye a través del trabajo, mientras que la entrega placentera a la pasión sería un camino directo a la degeneración de lo humano. El egoísmo del placer subjetivo pertenece a la condenada clase ociosa de Thorstein Veblen. Y, sobre todo, el sujeto revolucionario ha de ser el proletariado, aquella “famélica legión” cantada en el himno de La Internacional.

¿Pero existe aún ese sujeto revolucionario? ¿Puede sustituirse por un conglomerado transversal de infelices bien remunerados? Aquí comienza el reverso de este mordaz sainete negro de nuestros días. Un personaje pone en duda el acierto de cantar: “En pie, famélica legión”, pues parece una burla a los que de verdad pasan hambre. Se propone la sustitución por otro adjetivo esdrújulo, abierto a debate: “frenética legión”, colérica legión”, maléfica legión”, “benéfica legión”…

Este revisionismo le parece a los dirigentes del nuevo Comunismo una forma de traición. Y surgen en el seno de esta silenciosa y minimalista revolución idénticos males que en las grandes revoluciones históricas. La suspicacia entre compañeros, las intrigas, las disidencias, los sabotajes, las purgas, el mesianismo de los conductores y el resentimiento de los conducidos, los grupúsculos incontrolados, la división interna. Todo recluido en los despachos de una empresa, como pequeño calco del autoritarismo de las revoluciones a gran escala. La farsa trazada por Mayorga se vuelve aquí impredecible, a costa de los dobles juegos, las pasiones sorprendentes, las argucias y las traiciones insospechadas que originan un juego teatral cada vez más insólito y divertido. El autor ha señalado lo hiriente de los males que denuncia, y, a la vez, la maldad de los remedios. El sueño de la razón revolucionaria produce sus singulares y ya conocidos monstruos. La subversión se convierte en un infierno dentro del infierno primitivo. Y las carcajadas suenan como un bálsamo transitorio en una tortuosa pesadilla.

Indispensable para sostener este mecanismo de relojería es el calculado movimiento escénico diseñado por el director argentino Jorge Sánchez, dosificando con pericia la energía de un grupo de actores impecables: Nieve de Medina, Juanma Díez, Xoel Fernández y Rulo Pardo, que salen airosos de las múltiples personalidades que han de adoptar, desechar y sustituir aceleradamente a lo largo de la función. El ritmo no se detiene, sino que avanza cada vez más rápido, sin que la cadencia trepidante del tramo final conduzca en ningún momento a la sobreactuación ni a ningún fácil recurso bufonesco. El estereotipo está desterrado. Son personajes que se conjugan a la perfección con la escenografía del espacio escénico, recluidos en sus furtivos reductos claustrofóbicos, con puertas imprevisibles que se abren y se cierran inopinadamente hacia la sorpresa y con cientos de cubículos interiores similares a los innumerables cajones que invaden sus despachos, reflejo del rompecabezas de secretos a medio descubrir que les envuelve.

Sorprenden las analogías con otro sainete negro reciente, Vitalicios, de José Sanchis Sinisterra. No porque haya influencias del uno sobre el otro, sino por la sintonía que dos creadores dispares pueden llegar a alcanzar en sus fantasías y pesadillas bajo la presión de una misma época y parecidas circunstancias. Vitalicios y Famélica se desarrollan en espacios clandestinos. Ámbitos lúgubres que ambos dramaturgos inundan con una risa sarcástica de fondo amargo. Los personajes solo aparentemente se conocen entre sí, pues todos ellos interpretan unos ante los otros papeles ficticios con los que disimular su auténtico yo. Todos ellos tratan de eludir las redes de un poder institucionalizado que les asfixia y frente al cual solo aciertan a oponer frágiles artimañas. Puede que ambos sainetes negros provengan de una idéntica situación profundamente insatisfactoria, para la que se proponen respuestas absurdas, quizá porque nadie haya acertado a ofrecer aún soluciones rápidas y sencillas.

Juan Mayorga sabe remover en el espectador estos impulsos contradictorios del malestar que hoy nos atenaza. Quizá por eso, en la canícula sofocante de estas noches veraniegas se han formado largas colas de público mayoritariamente joven a las puertas del Teatro Lara, aguardando a reírse y meditar sobre el laberíntico descontento que hoy nos toca vivir. Una razón más para que la función se mantenga todo el verano y tenga la oportunidad de seguir programándose la próxima temporada.
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