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RELATOS

Kelly Link: A mí no me engañas

domingo 11 de octubre de 2015, 19:11h
Kelly Link: A mí no me engañas

Traducción de Maia Figueroa Evans. Seix Barral. Barcelona, 2015. 352 páginas. 19 €. Libro electrónico: 9,99 €

Por José Pazó Espinosa

Kelly Link es una cuentista. Por intención y por resultado, por vocación y por tradición. La tradición estadounidense de cuentos es amplia y rica: desde la fantasía de Poe al realismo seco de Carver. A mí no me engañas está en la primera rama, la que menos desarrollo ha tenido en su país. En la literatura anglosajona, la fantasía nació adulta de la mano de Swift, se ensimismó con Poe, y fue rejuveneciendo hasta convertirse en un producto casi infantil. Alice in Wonderland ya se vendió como literatura para jóvenes, y los cuentos fantásticos de Dickens se leían en Navidad, ese tiempo raro en el que todos volvemos a ser lo que ya no somos, niños. En la tradición hispana, pasó casi lo contrario. La fantasía nació joven en los cuentos tradicionales, pero se hizo adulta con García Márquez y el boom. Los relatos de Kelly Link se pueden leer, en cierto sentido, como un intento por hacer adulta la fantasía en el país del tío Sam. Lo que no está tan claro es que lo consigan.

Los cuentos de Kelly Link recuerdan a la obra de esos artistas que meten en una caja de madera vieja y de quince por quince centímetros una pluma de canario, un canto rodado, un anzuelo oxidado que hallaron en el jardín de la casa que alquilaron en verano, y la foto de carnet de una mujer que encontraron junto al contenedor de papel. Son detalles algo banales, surrealistas por su combinación, que unidos forman el relato de una intimidad, a menudo femenina, otras veces adolescentes. Mundos posibles, espacios alternativos, miradas inquietantes a objetos descontextualizados. Una forma de taxidermia artística o literaria que, en última instancia, querría aislar en una caja un ojo, un corazón o un cerebro. Algo así como la ofrenda narcisista de un enamorado de Neil Gaiman.

A mí no me engañas está compuesto por nueve relatos. Está escrito (y traducido) en una prosa muy americana, efectista en el uso de adverbios, con cierta tendencia al humor tierno y sincopado, y desconcertante a veces. Uno no sabe realmente si el desconcierto viene de la prosa o de la estructura de los relatos. La autora alterna, primera, tercera y hasta segunda persona. Los personajes entran muchas veces sin presentación y falta en ellos un término que los defina, que los identifique como algo extraordinario o fuera de lo normal. “Los del verano”, por ejemplo, no basta para caracterizar a los fantásticos seres del primer cuento con el mismo título. Hay en general una gracia adolescente, de persona joven que prefiere la soledad del ático a la normalidad del resto de la casa, alguien que todavía no sabe si es hombre, mujer o fantasma, y si le debe gustar lo que gusta a sus mayores o algo totalmente diferente.

Las historias tienen giros que van de lo absurdo a lo fantástico, pasando por lo real y las nuevas tecnologías. En “Identidad secreta”, una joven queda con un hombre al que ha conocido en internet en un hotel en el que hay una convención de dentistas y otra de superhéroes. En “El nuevo novio”, una chica está celosa porque su antiguo novio se ha echado una “novia fantasma”, aunque ella ya tenía un “amante vampiro” y otro “amante hombre-lobo”. En “La moraleja”, se contrapone el miedo de una pareja de hombres a lo grotesco con el miedo a los problemas de nacimiento de un hijo en un vientre de alquiler. Así relatadas, las ideas son curiosas, interesantes, pero en el libro algo falla. Uno lo relee y no sabe si es el estilo, la forma en la que están contadas las historias o incluso cómo está traducido. O quizá el que falle sea uno mismo, aturdido por unas fantasías de caja de artista, muy bajitas comparadas con el delirante absurdo interactivo que nos rodea cada día.

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