Nueve años de silencio han dado como fruto La vida de los elfos, la nueva novela de Muriel Barbery, quien había arrasado el mercado editorial con La elegancia del erizo (más de dos millones de ejemplares vendidos en Francia, otros cuatro más en el resto del mundo). Pero, como ocurre algunas veces, la autora decidió cerrar por completo esa historia, olvidarla para abrirse así a nuevas fantasías. Porque, en su último trabajo, la fantasía es quien lleva la batuta a lo largo de cada párrafo, de cada línea. La escritora francesa, nacida en Casablanca, ha compuesto una historia que desborda poesía e imágenes, apostando por convertir su fino y trabajado vocabulario en la historia principal de estas páginas. Como ella misma ha confesado, “en el fondo, no sé que es este texto, eso lo decidirá el lector”. Y, efectivamente, en manos del lector está resolver si estamos ante un cuento para niños algo grandes o ante un ejercicio de escritura donde la prosa juega a ser un completo artificio lírico.
En La vida de los elfos, Maria y Clara son dos niñas con sangre humana y sangre élfica corriendo y entremezclándose por sus venas. A pesar de haber sido criadas en pequeños pueblos (uno de Francia, otro de Italia) con gente humilde y sencilla, a medida que crecen entienden que no son niñas corrientes, y que una fuerza inexplicable arde en su interior. Hasta que llega el momento de descubrir que forman parte de una profecía, y que no serán sino la esperanza de que las fuerzas oscuras de los elfos no terminen con la existencia de la vida humana.
Es difícil concebir este libro como una novela al uso. Ni la estructura ni la construcción de las escenas son habituales. Muriel Barbery juega con los sentidos y con las imágenes con una libertad absoluta. Con un flujo de adjetivos inagotable y una selección muy personal del resto de léxico, redondea cada representación de manera que todo se desmarca de un simple cuento, ya que los niños difícilmente podrían asumir tal prosa. Pero, al mismo tiempo, las andanzas que tienen lugar se resisten a renunciar a su destinatario natural, un punto situado en la misma infancia.
El éxito de su anterior novela ha permitido a la autora tomarse el tiempo necesario para decidir que lo que quería hacer era algo radicalmente nuevo. Además, se trata de una historia que, con seguridad, tendrá una segunda parte (como mínimo). En ella tan solo se asientan las bases de una guerra que todavía está por librarse, y en la que ya han quedado definidos algunos personajes principales, tanto humanos como elfos, pero en la que participarán seres que intuimos tanto en las sombras como en las brumas, y que Barbery ha optado por guardarse para la siguiente entrega.
Para quienes gusten de universos peculiares y fantásticos, y de historias donde apenas pueden reconocerse situaciones corrientes y personajes estereotipados, esta novela puede convertirse en una sorpresa. Y, a pesar de la prosa tan poetizada, la lectura resulta sencilla, si bien es necesario liberar la mente para representar algunas de las imágenes que tratan de mantenerse en pie a través de las palabras. Será en esos momentos donde el lector adulto se sentirá de nuevo como un niño pequeño, en esa edad donde lo incoherente podía ser entendido sin complejos, donde lo imposible era una reluciente pieza propia de la imaginación más libre.