A Pablo Iglesias le encantaría prohibir por decretazo la fiesta nacional; no obstante, domina el arte del toreo como un maestro. Y disfruta practicándolo con Pedro Sánchez. Ya le ha dado unos cuantos pases de pecho, bien rematados por una serie de verónicas. Entre tanto, le ha clavado las banderillas de Carmena y demás tropa morada en los Ayuntamientos, con el resultado de una sangría de votos del PSOE en las elecciones generales.
Y, con todo el cuajo, ahora le ha puesto el engaño del referéndum catalán en todo lo alto para que lo embista resoplando como un miura. Y así ha sido. Ha embestido por instinto de supervivencia, para no ser devuelto a toriles tan pronto. Y ha resoplado con los desplantes de Susana Díaz, que, a cuento del referéndum, casi le saca del ruedo. Y en esas anda el todavía secretario general del PSOE. Contra las tablas, frente a Pablo Iglesias y Susana Díaz con su cuadrilla.
Pedro Sánchez va a bufar y a revolverse hasta el último aliento, porque sabe que si no logra formar el frente popular y ocupar La Moncloa tendrá que jubilarse e irse a su casa tras cosechar los peores resultados electorales del PSOE, tras hacer el ridículo por su torpe, sucia y cursi campaña, tras dejar el partido en parihuelas.
Pablo Iglesias ha toreado con arte al pelele de Pedro Sánchez. Desde que se conocieron en vísperas de las elecciones municipales, no ha dejado de citarle, de asfixiarle con el famoso abrazo de oso del que todavía no se ha recuperado. Y ahora le ha dado un muletazo con el referéndum catalán para proseguir con el engaño, a sabiendas de que sufriría la rebelión del PSOE y se llevaría un buen revolcón, del que igual no termina de levantarse.
Porque el líder de Podemos ya intuía que el candidato socialista tendría serias dificultades para convencer a los barones del referéndum. De ahí, el nuevo plan del mayor trilero político que se ha visto en esta plaza. Iglesias tiene a Sánchez comiendo de su mano, mareado por el engaño del referéndum, debilitado por la media docena de pares de banderillas que le han doblado el espinazo, implorando un acuerdo para no salir de la plaza arrastrado por las mulas. Rendido.
Y ahora comienza el verdadero espectáculo del zorro morado. Porque, va a encarar, armado de energía y de razones, las negociaciones con el PSOE para formar el frente popular. Va a pintarrajear toda la mesa de rayas rojas. Y a la primera que pretenda retocar Sánchez, va a hacer saltar el tablero por los aires.
Porque, la verdad, a Pablo Iglesias no le importa que se repitan las elecciones generales. Pues, si al final no cuajara el frente popular, Iglesias acusaría a Sánchez de ser el responsable. Y, así, lideraría a toda la izquierdona que se había creído lo del cambio, enrabietada por haber perdido la oportunidad de expulsar a su bestia negra, al PP, del poder. Y enfocaría toda esa rabia contra Sánchez por haber perdido la gran oportunidad de asaltar La Moncloa para ocuparla de por vida.
Es más; sería el momento de ejecutar la suerte suprema, de darle el rejonazo. Porque, si se abrieran de nuevo las urnas, y en el más que hipotético caso de que el PSOE todavía lo encabezara Pedro Sánchez, no sale diputado ni él. Y si fuera Susana Díaz la candidata, ya se ocuparía Iglesias de proclamar que es el topo de Rajoy para la gran coalición, de derechista, de militante de la casta, de haber frustrado el frente popular. Porque a Iglesias le importa un bledo decir la verdad. Es más, no suele hacerlo, a sabiendas de que le perjudica.
Al maestro de Vallecas le da igual. Sabe que saldrá a hombros, pues le ha tocado en suerte torear a un bovino muy manso. Y en unas nuevas elecciones, el PSOE las encararía desguazado y su electorado se tragaría el letal mensaje de Podemos de que los dirigentes socialistas se han arrugado ante el establishment, ante el Ibex 35 y esas chorradas que tanto gustan a la izquierdona.
El eslogan morado para torturar a Pedro Sánchez y merendarse a los socialistas ya está rotulado: “El PSOE ha dejado gobernar a Rajoy”. Y así, Podemos le podría arramplar otros 30 escaños y lograr el ansiado “sorpasso”. La puntilla.