El realizador francés Stéphane Brizé estrena en España La ley del mercado, una cinta sobre la cruda realidad del mercado laboral francés -que bien podría ser, multiplicado incluso, el español- de una manera casi documental, con un protagonista representativo de tantas personas que termina siendo el rostro de una terrible cotidianidad. El relato se sostiene sobre la interpretación magistral de Vincent Lindon.
LA LEY DEL MERCADO
Director: Stéphane Brizé País: Francia Guión: Stéphane Brizé, Olivier Gorce Fotografía: Eric Dumont Reparto: Vincent Lindon, Yves Ory, Karine De Mirbeck, Matthieu Schaller, Xavier Mathieu, Noël Mairot, Catherine Saint- Bonnet, Roland Thomin Sinopsis: La historia de Thierry, un hombre de 51 años que, después de 20 meses de desempleo, comenzará un nuevo trabajo donde pronto se enfrentará a un dilema moral: ¿puede aceptar cualquier cosa con el propósito de mantener su trabajo?
Lo mejor: Una cinta que mueve sin necesidad de apelar visceralmente a la emoción, con sobriedad | Inmenso el trabajo de Vincent Lindon, pilar fundamental para que la cinta logre sus objetivos
Lo peor: Un ritmo que necesita respirar hondo a veces. Necesario para el sentido de la película, pero a ratos díficil.
Dice la ley del mercado que el precio de las cosas se ajusta de manera “natural” en la balanza que forman la oferta y la demanda. El precio de las personas, de alguna manera, también. El protagonista de La ley del mercado, la última cinta del realizador francés Stéphane Brizé, calcula su precio, cuánto valen su dignidad, sus valores y sus ideas, ponderando la oferta –un trabajo como vigilante de seguridad de unos grandes almacenes, mal pagado y en el que se ve obligado a hacer cosas con las que no se siente a gusto- y su demanda –un salario necesario para mantener la recta final de una larguísima hipoteca y a un hijo dependiente preuniversitario-. Antes de enfrentar a su personaje consigo mismo, Brizé propone un recorrido por situaciones dolorosamente cotidianas, en las que Thierry es sólo un protagonista casual. La cinta le sigue a él como podía haber seguido al 10,5 por ciento de la población francesa que se encuentra actualmente en paro, o a los más de 4 millones españoles parados. Eso es lo de menos, y todo en la cinta está dispuesto para que, desde la butaca, se perciba esa especie de perversión normalizada o normalidad perversa que ha azotado las sociedades occidentales a través de sus malogrados sistemas económicos, desde el guión, a la realización y al excepcional trabajo de Vincent Lindon al frente del reparto.
Sírvase una escena como ejemplo. Tras 20 meses en paro, Thierry, de 51 años, se apunta como muchos parados a los que cualquiera podríamos poner cara e historia a cursos de reciclaje y formación. En uno de ellos, que pretende ayudar a los desempleados a pasar las pruebas necesarias para acceder a un puesto de trabajo, el grupo analiza un simulacro de entrevista grabado en vídeo con Thierry como supuesto aspirante. “La postura es mala”; “no te explicas lo suficiente”; “el rostro resulta antipático”… El protagonista asiste a la escena como a casi toda la cinta: callado, en un segundo plano, confundiéndose entre otros rostros, camuflándose con una masa que podría estar formad por muchos ‘Thierrys’. Y consigue trasladar al espectador un halo de tristeza que no tiene que ver tanto con la búsqueda de la emoción por parte de la cinta como con asistir a una representación simple y cruda de la realidad demoledora. A la implacable ley del mercado.
Y así es el viaje por la cinta: una situación detrás de otra, reconocibles, cotidianas. Una entrevista de trabajo por Skype; una conversación con la empleada del banco en el que tiene la hipoteca; una reunión con sus antiguos compañeros de trabajo, enfrascados en una lucha legal con la empresa que los despidió; una cena con la familia; el regateo en una venta; una clase de baile con su mujer. Alrededor, un puñado de personas que, probablemente sin ser conscientes de ello, se han mimetizado con el sistema, asumido sus reglas a menudo injustas y permitido que funcione sólo, con apenas necesidad de intervención de quienes sí son conscientes y se benefician de ello. Mientras, Thierry busca resquicios de dignidad en los aspectos de su realidad en los que aún tiene poder real de decisión.
El director enfatiza la sensación aplastante de realidad con extensos planos secuencia, escenas que se alargan intencionadamente, ausencia casi total de música y una cámara-testigo que recuerda a la estética documental.
Vincent Lindon ganó el premio al mejor actor en el Festival de Cannes por su papel en esta película, un reconocimiento merecido por su extraordinaria labor de contención y su habilidad a la hora de conectar con el público. El actor es capaz de transmitir la más absoluta desolación y desesperanza con gestos rutinarios, aparentemente insignificantes, de la vida de cualquier hijo de vecino. Su apariencia de ‘tipo normal’ y su impecable y equilibrada externalización del conflicto interno de su personaje ayudan a ese objetivo primario de la cinta de mostrar el todo a través de la parte.
Cine social que toca, golpea incluso, sin aspavientos, con un ritmo muy medido y controlado que exige paciencia y entendimiento. Una radiografía pura de la realidad laboral a la que hoy muchos se enfrentan. Un protagonista casual que escuece.