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NOVELA

Manuel Longares: El oído absoluto

domingo 22 de mayo de 2016, 16:52h
Actualizado el: 22/05/2016 17:23h
Manuel Longares: El oído absoluto

Galaxia-Gutenberg. Barcelona, 2016. 304 páginas. 19,90 €.

Por Rafael Narbona

La Guerra Civil española no es un horizonte que se aleja, sino una herida que aún palpita con el dolor de un antiguo pecado que se resiste a la posibilidad de la redención. Manuel Longares (Madrid, 1943) ha convertido su octava novela en un ejercicio narrativo que aborda el último siglo de nuestra historia desde una ambiciosa perspectiva, con rasgos de “obra total”. La historia de una biblioteca que pasa de una generación a otra hasta quedar confinada en un espacio público e impersonal no es un simple ardid narrativo, sino una clave hermenéutica que atribuye al lenguaje literario el poder de esclarecer, ahondar, preservar y recrear el pasado. Cada época se caracteriza por una música, cuyas notas sólo se revelan a un “oído absoluto”. La capacidad de “distinguir lo auténtico” es el atributo principal de la verdadera literatura, que no se deja engañar por el ruido y la furia. La historia puede aparentar caos, gratuidad e insignificancia, pero el escritor de raza sabe que siempre hay un sentido, un significado, cuyo misterio sólo puede desvelar la palabra.

Manuel Longares actúa como un arqueólogo, pero no utiliza pincel y espátula, sino una prosa audaz y creativa, que apenas oculta su deuda con Quevedo, Valle-Inclán y Gómez de la Serna. Quizás no está a su altura, pero sus piruetas verbales son verdaderamente notables y, en ningún caso, naufragan como hueros alardes de inventiva. En la prosa de Longares, hay verdad porque el sufrimiento es real y el juego, necesario. El oído absoluto es la parodia de una parodia, pues Max Bru es el reflejo sistemáticamente deformado de Max Estrella. Max Bru es un mediocre poeta de Pagán, un pueblo imaginario que ha llegado al siglo XX, ofreciendo una notable resistencia a la modernidad. No es el mejor lugar para materializar una chispeante ambición literaria. Bru abandona la localidad, tediosa y llena de prejuicios, e inicia una vida bohemia en Madrid, luchando por abrirse paso en la república de las letras.

Dividida en tres partes (“Épica”, “Lírica” y “Dramática”), Longares completa la armazón con dos capítulos iniciales y un escueto epílogo. La acción arranca con Palmira, prima de Max, vendiendo al ayuntamiento de Pagán la biblioteca del poeta. Un manuscrito que desprecian los operarios de la mudanza contiene la dramática historia familiar. Palmira accederá de este modo a la historia del literato. Max conoció la penuria reservada a los poetas en el Madrid prebélico. La sublevación militar le costó la pérdida de su mujer, Eladia, fusilada por un pelotón de falangistas mientras representaba El caballero de Olmedo en la plaza mayor. Exiliado en Francia, asumirá de mala gana el cuidado de su hijo. Fracasará en la tarea de educarle y acabará sus días en el manicomio de Pagán. Su hijo alimentará una biblioteca que es un homenaje a una relación filial marcada por la incomprensión y el desencuentro.

Palmira advertirá al descubrir la crónica familiar que los libros son la única utopía posible para soportar nuestra finitud. La muerte parece menos real gracias a la experiencia de la lectura, que nos permite salir de nosotros mismos y descubrir la complejidad del mundo. Longares es un prosista brillante, que rescata la tensión creadora de nuestra Edad de Plata. Cuando Max llega a Madrid, no experimenta la sensación de pisar la Corte, sino “el arrabal de un villorrio”. Todo se reduce a un “panorama de chabolas al sol con algún campanario despuntando”. No atisba los “edificios de empaque escurialense ni las alamedas de trazado neoclásico ensalzadas por los nativos de la cáscara amarga y los extranjeros de la Ilustración, sino el rigor de una meseta sin abalorios, más cocida que un cangrejo y con sayal de cuaresma”. Longares no es menos eficaz en el diálogo:

“-Píntame tus encantos -alentó Bernardo-: Prominencias, oquedades, contornos…

-Canela fina.

-¿Tu desnudo?

-De carne dura.

-¿Hablas en la cama?

-Francés y griego.

-¿Atrevida?

-Pava.

-¿Fantasiosa?

-Las mil y una noches.

-¿Te sofocas?

-De Pascuas a Ramos”.

“Necesitaba libros para explicarme la vida”, afirma Palmira, mientras se enfrenta al fantasma del suicidio, que le tienta como una salida razonable de un mundo sucio, canalla e imperfecto. El último Quinteto de Schubert y la perspectiva de una biblioteca que renace como una promesa de vida alejan de su cabeza las fantasías autodestructivas. Es imposible leer las últimas páginas sin emocionarse y preguntarse por el sentido de todo. Lejos de cualquier respuesta grandilocuente, la novela finaliza con un mensaje sencillo: literatura es una buena razón para vivir. El oído absoluto es una excelente invitación al humor, a la belleza y a la vida. Y una llamada a favor de la reconciliación en un país que aún alienta odios cainitas.

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