Contra la mayoría de los pronósticos, lo que podemos llamar “la rabia contenida” se impuso en las recientes elecciones norteamericanas. Disgustadas con los políticos del establishment, que las vienen marginando del idílico american dream, “el sueño americano”, las esperanzas de una clase media y trabajadora en rebelión dio su veredicto en las urnas de la democracia. Avaló esta decisión un dato digno de tener en cuenta: la mayoría de la gente sigue votando con el bolsillo. A pesar de los puestos de trabajo creados durante la administración Obama, el ingreso medio de las familias permanece estancado desde principios de este siglo. Creció el PBI, es cierto, pero ese incremento no ha sido suficiente para generar el bienestar de las mayorías. La incertidumbre material por la pérdida de empleo y el miedo a empeorar inclinaron a esos votantes por un outsider. A eso, Donald Trump, este enjundioso magnate devenido en político, sumó un patrioterismo provocador, cercano al discurso populista, para arremeter contra ciertas molestas convenciones. Otro factor irritante es que el balance de la globalización ha arrojado menos ganancias que pérdidas al pueblo norteamericano. La especialización en exportaciones sofisticadas ha hecho crecer la brecha entre los salarios de los trabajadores calificados y los no calificados. A la inversa, las importaciones, con poco valor agregado, junto a la tercerización, también ha reducido los sueldos y aumentado el desempleo de los asalariados con menos preparación. En términos reales, para el ciudadano norteamericano, el abrirse al mundo, significa perder, no ganar e integrarse.
Ahora bien, a los Estados Unidos, lo mismo que a otras democracias industrializadas, tal vez no les ha faltado poder sino prudencia en demasiados casos. En el Medio Oriente, por ejemplo, han ido demasiado lejos y el costo se sigue pagando. Esa virtud, “la prudencia”, ya señalada por Aristóteles es, sin duda, el más precioso valor político; está hecha de sabiduría, moderación, discernimiento y persistencia en la acción. Si a eso sumamos que todo el Occidente se ha parapetado en un egocentrismo inusitado, se explica también la indignación de esas mayorías de puertas para dentro que desaprueban el intervencionismo.
Hay otro asunto para tener en cuenta. Más allá de una transgresora campaña política, que rozó el maniqueísmo, quizá la señora Clinton no fue una buena candidata (confieso que en lo personal me hubiera gustado una presidenta para esa gran potencia en un momento en que la mujer se abre paso en todo el planeta). La endeblez partidaria de los opositores y la frenética elocuencia que los medios de comunicación norteamericanos pusieron contra Trump, provocaron, a su vez, un efecto boomerang. Sea lo que fuere, el triunfo del candidato republicano parece ser el síntoma de una mutación más profunda, que anuncia para algunos una nueva época de incertidumbre para la historia mundial.
Sin embargo, a medida que transcurren los días se ve que la meta no es otra que seguir en el camino, ya que la mayoría de las “políticas de estado” que sostienen al sistema son inmodificables. En cuanto al reality show montado en campaña por el excéntrico multimillonario, es poco lo que hay que agregar. Tan solo que la historia se repite y que nada es nuevo bajo el sol de este asombroso país.
En los comienzos de 1981 me tocó presenciar de cerca las elecciones de los Estados Unidos cuando el gobernador de California y ex actor de cine Ronald Reagan venció a Jimmy Carter, empresario cultivador de algodón y maníes, que iba por su reelección presidencial (“Es lo que nos toca en esta decadencia”, bramaban algunos escépticos americanos; “nuestro destino está en manos de un manicero y ahora se lo disputa un actor de reparto de segunda línea”). Con las consabidas variantes, recuerdo que en esos días nadie daba un centavo por Reagan; la vieja idea reeleccionista norteamericana de que “no hay que abandonar el caballo en medio de la carrera”, parecía prevalecer. No obstante, contra todos los pronósticos, como ha sucedido ahora, ganó el candidato republicano sobre el juicioso Carter. Y así, el denostado “actor de segunda línea”, desalojó al demócrata de la Casa Blanca.
En el orden internacional, sin agotar el tema, podría argumentarse que cualquier enumeración de los errores de la política norteamericana, debe concluir en esta salvedad: esos equívocos, magnificados por los medios de publicidad, por el periodismo y por las pasiones políticas, revelan vicios y fallas inherentes a las democracias plutocráticas, aunque no sé si indican una debilidad intrínseca como país. Si bien es cierto que los Estados Unidos han sufrido derrotas y adversidades, estas no alcanzaron a ser situaciones extremas. Las derrotas han sido episodios, no batallas decisivas y, en cuanto a lo segundo, podemos argumentar que tampoco han sido ni son irreparables. El poderío económico, científico y técnico de ese país sigue siendo todavía superior al de Rusia; también lo es su sistema político y social. Hijos de la Reforma Religiosa, las instituciones norteamericanas fueron diseñadas para una sociedad en perpetuo movimiento, establecidas sobre bases éticas que responden a una firme moral protestante, mientras que Rusia continúa prolongándose en una sociedad estática de castas. Con más criterio moderno, aunque montada en el decadente sistema comunista, la República Popular China se encuentra mejor instalada en un pragmatismo progresista de desarrollo que la ha llevado a un crecimiento formidable en los últimos años, transformándose en competencia para ambos poderes.
A la diplomacia internacional, en tanto, se la ve preocupada por otras causas sin duda más comprensibles. Trump prometió que no financiará la defensa de Europa y que confía más en el fuerte liderazgo de Vladimir Putin que en los vacilantes gobiernos europeos. Aunque también se debe tener en cuenta que el implícito fortalecimiento de Putin pondría en riesgo la independencia de Lituania y la integridad de Ucrania, país al que el líder ruso ya le arrebató Crimea. Lo cierto es que Europa no es lo que era después del Brexit y de Trump, dos severos golpes a su prestigio y a su seguridad. Si Trump dejara a Putin con las manos libres, Siria podría convertirse en una colonia del Kremlin. El presidente ruso configuró hasta ahora la única garantía real para la continuidad en Damasco del autócrata Bashar al-Ásad.
El malestar que recorre al mundo -y en especial al hemisferio norte- es económico. Viene a cuento señalar que los programas aplicados por la tecnocracia en los Estados Unidos y en la Unión Europea han fracasado, en tanto y en cuanto incrementaron la desigualdad y la concentración de capitales financieros, al tiempo que dinamitaron motores productivos, lesionaron el Estado de bienestar y no tienen ahora una hoja de ruta frente a la robotización, que ya multiplica el desempleo. Pero, atención con el fenómeno Trump, porque detrás del surgimiento de cualquier populismo, hay siempre una economía negligente que licua el prestigio político.
Los economistas más ortodoxos, es probable que no le recriminen a Trump el proteccionismo cerril ni el tremendo déficit fiscal que planea ni tampoco el feroz endeudamiento que sin duda contraerá para concretar su prometido Megaplan of public works, “mega plan de obras públicas”. De tal manera los pecados mortales de los países emergentes son celebrados como ocurrencias virtuosas cuando los comete la Casa Blanca. Tampoco esos economistas se sienten interpelados en la hora aciaga; seguramente esquivarán el centro del escenario y se plegarán al discurso anti político del magnate republicano. “Que se vayan todos”, han aprobado en voz baja satisfechos junto a los votantes; eso sí, menos ellos mismos, que seguirán haciendo cálculos infalibles desde las trastiendas de World Street.
Así pues, el triunfo de Donald Trump, a contramano de encuestas y de medios de información, ha dejado una vez más al desnudo que todas las predicciones y recetas –sean populistas o tecnocráticas- no son más que una grotesca falacia. La campaña electoral del magnate norteamericano cuestionó también la consabida noción de lo “políticamente correcto”, ese dudoso entramado de esquemas que empezó siendo el necesario escudo para defender a las víctimas y a las minorías, y que terminó desamparando paradójicamente a las mayorías, a la vez que conformando una cristalización del pensamiento reaccionario. La gente, casi de manera solapada, pronunció en voz alta sus sentimientos en las urnas; moraleja: donde hay prohibición y castigo se incuba siempre una rebelión.
Sobre el tema irritante de la inmigración, creo que aunque Trump ha confirmado que cumplirá lo prometido en campaña, es poco probable que haga un esfuerzo serio para deportar a los 11 millones de inmigrantes indocumentados. Eso tendría un alto costo y plantearía demasiados problemas legales. Un liviano blanqueo será suficiente.
Los números de la realidad parecen llevar ahora al electo presidente a poner los pies en la tierra. “El futuro solamente para Dios”, decía la monja mexicana Sor Juana Inés de la Cruz. Si bien siguen las incógnitas, ya empieza a amanecer sobre muchos temas espinosos. Si hay un país pragmático desde siempre, son estos hijos de la Reforma. Hoy los norteamericanos se entregan, con las propuestas de Trump, a una suerte de mórbida avidez, a un brusco placer de protagonismo, acaso menos cierto que esperanzado.