La devastadora guerra que se ha enseñoreado de manera inclemente de toda Siria es especialmente intensa en la ciudad de Alepo, convertida en su principal frente, en símbolo y en infierno, en la pieza más codiciada de las fuerzas en conflicto. El régimen de Bashar al Assad, siempre con la inapreciable ayuda de Rusia, está llevando a cabo una ofensiva que ha conseguido dominar el ochenta por ciento del territorio hasta ahora en manos de los rebeldes. El presidente sirio ha puesto toda la carne en el asador en la toma de Alepo, cuya definitiva conquista supondría un durísimo revés para sus oponentes y una confirmación de uno de los mayores asesinos en serie que ha conocido el mundo moderno.
Pero si Alepo se ha convertido en un símbolo, también lo es y en grado extremo del sufrimiento de la población civil, que en la guerra en Siria está siendo golpeada hasta límites inauditos. Algo que han denunciado numerosas voces, como el responsable de la ayuda humanitaria de la ONU al señalar que Alepo sufre la más terrible catástrofe humanitaria de la contienda en Siria y ha hablado claramente de crímenes de guerra.
Ahora, ante la posible toma de Alepo por el régimen, es preciso que se habilite la retirada de combatientes y, sobre todo, la evacuación de todos los civiles que quieran abandonar la ciudad. Al respecto, el ministro de Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, anunció ayer un acuerdo con el secretario de Estado norteamericano, John Kerry. No obstante, ese anuncio dista mucho de la realidad. Existe una manifiesta desconfianza entre Rusia y Estados Unidos lo que no facilita las cosas. Es imprescindible, como la propia ONU ha reclamado, que haya un alto el fuego, al que parece que Bassar al Assad se niega, y que Moscú y Washington faciliten la evacuación.