Me dicen que Fernando Trueba ha tratado de matizar e incluso de desmentir sus desafortunadas palabras pronunciadas con motivo de la entrega en San Sebastián del Premio Nacional de Cinematografía y que ha llegado incluso a insinuar que fue una ironía. ¿Una ironía decir que ni cinco minutos de su vida se ha sentido español y que hubiera deseado que la guerra de la independencia la hubieran ganado los franceses? Nos toma encima por tontos. Los móviles de millones de españoles están llenos de su inaudita alocución, que además ha acreditado su mala educación y falta de cortesía en el agradecimiento.
Nada nos sorprende ya de este representante de esa colección de personajes de la sociedad española cuya seña de identidad más evidente es su vergüenza de sentirse españoles y que creen ser muy “progresista” por vivir eternamente contra la derecha, evocar una y otra vez el fascismo, el franquismo, el machismo y la corrupción, creyendo que así ellos se erigen en una elite distinta de la mayoritaria en un país que les avergüenza, y del que no saben diferenciar sus matices, su riqueza, su inmensa fortaleza para siendo ellos así, haber llegado a un alto nivel de distinción en el mundo, gracias a los que sí se han sentido ciudadanos de su país y se han enorgullecido de su presencia en la historia y en la Europa actual, de su cultura, de su arte, de su pujanza en tantos episodios y personajes.
Este complejo no es exclusivo del mundo del cine, que suele ejercer su catarsis en la ceremonia de la entrega de los Premios Goya, donde produce sonrojo escuchar año tras año a actrices y a actores pronunciarse en público contra todo el mundo capitalista, exigiendo derechos y por supuesto, un trato privilegiado, denunciando la precariedad de los apoyos públicos, que otros colectivo carecen.
No es solo Trueba el que se avergüenza de ser español: en la larga travesía de la transición han sido cientos de ocasiones en las que algunos políticos han tratado de denigrar su condición de españoles, como elemento disuasorio de los nacionalismos y negando en público cuantas veces fue posible el identificarse con una España que dicen aborrecer. Esa renuncia pública de tantos a respaldar la identidad nacional ha sido un brutal alimento de los nacionalistas y no hay que ir muy lejos en el tiempo para evocar el argumento tantas veces esgrimido de la equidistancia entre el inmovilismo de unos (el PP) y el nacionalismo separatista y el más ridículo de “Aznar es quien ha hecho más separatistas”, negando así que sean los propios separatistas y su afán de independencia quienes alimentan la separación, por razones que dicen ser económicas, sociales, culturales y étnicas.
Y como era de esperar, Trueba no se ha quedado solo en su miseria moral. En su ayuda han salido periodistas y diarios argumentando que el boicot a su película responde a una mentalidad vengativa, propia de un nacionalismo español ramplón y chabacano. Pero es que además, Trueba ha denunciado que “atacando a su película se ataca a España”, lo que acredita su nulo encaje de la crítica que ha calificado de mala su película – lo que sí hacen los políticos y los españoles que él desprecia- y su pésima condición democrática, al querer identificar su obra con el país que él dice “detestar”. Patético e ilustrativo.