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NOVELA

Georges Simenon: El muerto de Maigret (Los casos de Maigret)

Georges Simenon: El muerto de Maigret (Los casos de Maigret)

Traducción de Núria Petit. Acantilado. Barcelona. 2016. 196 páginas. 16,00 €

Por Daniel González Irala

De ingente, prolija y riquísima podríamos calificar la producción de Georges Simenon, este novelista belga desaparecido en Suiza en 1989 y del que la editorial catalana Acantilado está realizando una importante labor de recuperación, tanto de las novelas de su famoso y cinematográfico comisario Maigret, como de otras policíacas que no tienen al personaje estrella como protagonista pero que resultan de igual interés. Por otro lado, el escritor utilizó alrededor de 27 seudónimos a lo largo de su extraña carrera y solía bromear con el hecho de que ese rasgo se debía a su profusa vida amorosa.

Una mañana de febrero enloquecida por una serie de llamadas sui géneris por las que supuestos clientes se sienten amenazados por sus propios familiares, el protagonista recibe una llamada desde una cabina adjunta a una brasserie del Barrio Latino parisino, en la que se avisa de que hay un asesino suelto que va tras él. Las llamadas se repiten desde otros puntos de la ciudad, lo que ante el homicidio de un hombre lleva al comisario y a su equipo a abrir una investigación que resulta tan intrépida en acción como falsa en razones objetivas, pues parece que hay un personaje de nacionalidad checa responsable homicida de los bajos fondos parisinos, pero poco más.

Desde una tercera persona lo suficientemente distante como para situarnos dentro del género de la farsa policial, vamos asistiendo a los sucesivos retratos robots de víctima y asesino, que acaban confundiéndose. En torno a bebidas espirituosas poco conocidas, el policía sospecha que a un tipo que confía en él no le puede gustar la brandada de bacalao con trufas. Consigue así y en una peripecia en la que opta libremente más por perderse a sí mismo que por encontrar soluciones, instalarse en ese Pigalle canalla donde habita un lumpen con el que se siente que puede buscar al responsable del crimen primero y supuestamente perfecto. Es obvio que esto no tiene porque ser así.

La novela cumple con creces las expectativas y en ella existe un registro teatral muy claro, tanto en la utilización de un tipo de diálogo muy concreto como en la importancia que la escasa descripción (en teatro se llamaría acotación o didascalia) tiene a la hora de imaginarnos la acción. En este sentido, se juega a caracterizarnos a un Maigret algo patoso, clasista (su mujer le tiene que liar los cigarrillos con deleite que él luego fuma más rápido de lo normal) y a pesar de todo entrañable, alguien muy encuadrado dentro de la tradición francesa que estamos acostumbrados a ver también en el cine del país vecino.

Por otro lado, uno siente que independientemente del personaje checo al que se persigue como culpable, la auténtica vorágine parisina, esa que huye de los tópicos turísticos, es finalmente la que pone a buen recaudo a cualquiera a través de un billete de tren que lo aleje cuanto más, mejor. Después de todo, más vale salvar el pellejo. El talento de Georges Simenon fue reconocido en Francia, entre otros compañeros o intelectuales por André Gide, Robert Brasillach o André Therive.

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