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AL PASO

Vieja y nueva Constitución

Me parece que el último ensayo de Santiago Muñoz Machado Vieja y Nueva Constitución, no casualmente de resonancias orteguianas en más que el título, debe leerse como un intento de entender la actual situación de nuestro Estado constitucional, que ha de hacer frente a un desafío frontal de extraordinaria importancia, como es la disputa soberanista catalana, pero al tiempo a una nueva situación del constitucionalismo con problemas que difieren sustancialmente de los conocidos en el derecho constitucional convencional, hablemos del primer constitucionalismo tras las revoluciones de finales del siglo XVIII o el constitucionalismo posterior a la segunda guerra mundial, que es la circunstancia en que hay que ubicar a nuestra Norma Fundamental de 1978. Lo que viene a sugerir el excelente libro de Muñoz Machado es que ni la reforma constitucional de nuestro Estado puede dejar de responder a la crisis catalana, ni ésta puede plantearse, y mucho menos resolverse, sin tener en cuenta la situación actual del constitucionalismo, que no tiene mucho que ver con el horizonte constitucional tradicional, cuyas categorías han sufrido un desgaste innegable.

El problema catalán, esto es, la denuncia del sistema constitucional común de todos mediante la persecución de la secesión al margen de los procedimientos constitucionales y propugnando la anteposición de la idea propia territorial de la democracia a la establecida en la Norma Fundamental, es una amenaza formidable al orden constitucional. Es muy lúcida la denuncia del separatismo catalán que hace Muñoz Machado, que no tiene dudas sobre su auténtico significado: liquidar la Constitución. Dicho secesionismo es entonces, bien mirado, una muestra de la incapacidad española para fijar establemente un Estado de derecho, para vivir en Constitución. Muñoz Machado sienta esta conclusión tras ofrecer un lúcido recorrido por nuestro constitucionalismo histórico, incapaz de ofrecer un suelo político pactado, puesto que la discrepancia sobre la residencia de la soberanía nunca se saldó satisfactoriamente para los españoles, que tampoco lograron establecer un modo acertado de reforma. La gravedad de la situación actual se subraya, porque, por primera vez, en el régimen del 78, puede hablarse de un orden constitucional compartido y dotado de las suficientes garantías, especialmente la existencia de un Tribunal Constitucional que reaccione sobre los incumplimientos constitucionales y un procedimiento de reforma constitucional que incluso acepta la revisión, permitiendo unos cambios en la Norma Fundamental que van más allá de modificaciones concretas de la misma y que de hecho permiten, si hubiera voluntad, la muda del modelo político, ejerciendo potestades constituyentes.

Me parece que el gran mérito de este libro es captar, como he dicho, el auténtico sentido del secesionismo catalán, siguiéndose paso a paso las actuaciones de la Generalitat, acompañadas de la reacción jurídica del Estado, mediante las correspondientes impugnaciones ante el TC , de cuyas resoluciones , se trate de sentencias o autos del mismo, se deja puntual constancia. Los jalones del proceso se presentan a la luz de sus referencias internacionales, así referéndums de Escocia y Québec, Declaración Unilateral de Independencia de Kosovo, así como de los fallos judiciales y dictámenes a que en su caso han dado lugar, tanto como sus apoyos en la literatura académica correspondiente, especialmente la obra de Buchanan. La exposición a que procede el profesor Muñoz Machado no tiene otro sentido que privar de justificación el quebrantamiento constitucional que el desafío separatista ha perpetrado y anticipar un respaldo al restablecimiento de la normalidad constitucional, cuando éste finalmente tenga que llevarse a efecto.

La incomprensibilidad de la situación es especialmente notoria porque el sistema autonómico español tiene, según Muñoz Machado, una matriz catalana indudable, inspirado como está en el Estado integral republicano, incorporando con matices, las propuestas catalanistas del Pacto de San Sebastián. Y porque los propios planes de los inspiradores del proceso contemplan finalmente algún tipo de integración con España, que no difiere tanto de las posibilidades que presentaría una reforma del Estado de las Autonomías, subrayando determinados aspectos confederales y ofreciendo seguridades sobre la elaboración de los estatutos de autonomía y la intervención de las Comunidades Autónomas en la reforma de la propia Constitución.

La crisis territorial catalana ha de afrontarla el sistema político español en el contexto del nuevo constitucionalismo actual, de lo que podríamos llamar, acogiendo una denominación que se debe a Habermas, Somek y, entre nosotros Francisco Rubio Llorente, la Constitución cosmopolita. Se lean como se lean estos desarrollos, que se encuentran más afirmados en el plano de la Unión Europea que en el propiamente internacional, - aunque no se contemplan con detalle bajo otro posible parámetro no constitucional que es el suministrado por grandes organismos internacionales como la Organización Mundial del Comercio y otros-, tienen un evidente efecto erosionador de los planteamientos tradicionales constitucionales, y ello ya hablemos desde la óptica nacionalista como de las propias formas políticas estatales. El territorio nacional deja de ser el ámbito de integración fundamental, abriéndose las posibilidades, tanto para la economía como para los individuos, de espacios más amplios. La autoridad que procede a la regulación más importante de las relaciones sociales no es ya, por lo menos en exclusiva, el estado nacional; tampoco son sólo nacionales las instituciones jurisdiccionales que protegen nuestros derechos. Por último, y en paralelo a la admisión de vínculos políticos compartidos de los ciudadanos, los poderes públicos deben actuar más en posiciones de consuno que de jerarquía.

El plan de la ordenación de estas estructuras institucionales simultáneas que generan regulaciones diversas y derechos de variado origen ha de ser una Constitución-nueva- que no tiene mucho que ver con las constituciones conocidas-viejas- que desarrollaban una idea política propia, se establecían en un acto y producían resultados ciertos y perfectamente predecibles. En el nuevo constitucionalismo ideas como la soberanía, la base nacional del poder y el autorreferencialismo político no justifican la inmodificabilidad constitucional de los Estados, pero tampoco alientan pretensiones como las del secesionismo, que responden a planteamientos de vigencia pretérita y superada.

Como se ve el núcleo de la argumentación del libro de Muñoz Machado es extraordinariamente potente. Pero tanto interés como la trama tienen los elementos que la integran, se trate por ejemplo del contraste entre el primer constitucionalismo americano y el francés (El federalista y la Constituyente revolucionaria, o la contraposición polémica entre Paine o Burke); o la relectura de la historia del constitucionalismo español en torno a la idea de reforma constitucional; o los diferentes modos de abordar constitucionalmente la integración europea, hablemos de Tribunal Constitucional Alemán, el Consejo Constitucional Francés o nuestros Consejo de Estado o Tribunal Constitucional; o las distintas formas de entender el resguardo de la identidad nacional en la Unión; y muchas otras cuestiones tratadas con penetración y claridad sobresalientes, por ejemplo la posible descentralización judicial constitucional.

Hay también, como no puede ser de otro modo, cuestiones polémicas: ya me he referido a una idea de la constitución cosmopolita quizás algo orillada; o el uso indistinto de los conceptos de desarrollo y mutación; o la inadmisión de la reforma confederal de la Constitución; o la tesis de la imposibilidad jurídica de la derogación constitucional de las disposiciones estatutarias. Obviamente son cuestiones opinables, que no empecen al reconocimiento debido a esta obra brillante, que, qué más puedo decir, está a la altura de las mejores aportaciones a nuestro derecho público de Santiago Muñoz Machado. Recomiendo vivamente su estudio y me uno a quienes, por ejemplo el profesor De Carreras, han insistido en la imprescindibilidad de esta monografía ante la reforma constitucional en España, si se habla en serio de ella.

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