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NOVELA

Luisgé Martín: El amor del revés

Luisgé Martín: El amor del revés

Anagrama. Barcelona, 2016. 280 páginas. 18,90 €. Libro electrónico: 9,99 €. El escritor madrileño nos ofrece un intenso relato de cuño autobiográfico, donde, a tumba abierta, revela su homosexualidad. Pero su obra no es solo eso. La confesión de Luis gé Martín remite a un trasfondo que a todos nos concierne.

Por Carmen R. Santos

Célebre es el relato La metamorfosis, de Franz Kafka, en el que un buen día Gregorio Samsa amanece transformado en un insecto. No son pocos los que se han preguntado en qué clase de insecto se ha convertido. Se apunta a que en una cucaracha, aunque en su ensayo sobre la nouvelle kafkiana, Navokov trata de demostrar que se trata de un escarabajo. En realidad, la precisión no importa demasiado. Lo decisivo es la gran e impactante metáfora que el escritor praguense nos ofrece. Metáfora que encierra numerosos significados, si bien remitiendo de una u otra forma a la idea de un personaje al que se le machaca por ser diferente.

No es extraño, pues, que Luisgé Martín acoja el capítulo inicial de El amor del revés bajo el epígrafe de “El nacimiento de la cucaracha”, que abre otros nueve con títulos igualmente significativos que se refieren a la literatura. Así, por ejemplo, “El corazón de las tinieblas”, “La naranja mecánica”, o “Los días felices”. Primer acierto que denota la condición de letraherido de Luisgé Martín, quien también nos ha regalado, entre sus siempre sugerentes novelas, La muerte de Tazdio, alusiva al personaje creado por Thomas Mann en Muerte en Venecia, llevada al cine por Visconti (novela de la que, por cierto, explica aquí su génesis). Y quien, en ellas, también en El amor del revés, incluye menciones literarias y cinematográficas.

Comienza con ese capítulo porque Luisgé Martín nos relata toda una metamorfosis, un cambio, pero de manera contraria al kafkiano, según confiesa él mismo: “Yo había sufrido una metamorfosis inversa a la de Gregorio Samsa: había dejado de ser una cucaracha y me había ido convirtiendo poco a poco en un ser humano”. Esa metamorfosis no es precisamente un camino de rosas. Está surcada de sufrimiento, mucho sufrimiento, soledad, miedo y angustia. Está empapada de culpa, esa carcoma que todo lo enturbia. El final es aparentemente dichoso. Pero no olvidemos las palabras de Martín en las que el toque irónico se reviste de sabiduría: “Ningún final es feliz: si es feliz, no es todavía el final”.

En El amor del revés, el autor madrileño recorre su autobiografía vital, sentimental, a partir del momento, en su adolescencia, en que descubre su homosexualidad. Algo que le cae encima como una losa, como una vergüenza. Por eso nos revela: “En 1977, a los quince años de edad, cuando tuve la certeza definitiva de que era homosexual, me juré a mí mismo, aterrado, que nadie lo sabría nunca. Como la de Scarlett O’Hara en Lo que el viento se llevó, fue una promesa solemne”. Romperá esa promesa muchos años después, cuando, en 2006 se casa “con un hombre en una ceremonia civil ante ciento cincuenta invitados, entre los que estaban mis amigos de la infancia, mis compañeros de estudios, mis colegas de trabajo y toda mi familia”. Asistimos a ese tránsito de décadas, en el que Luisgé Martín nos cuenta sus primeros “pensamientos impuros”, en los que todavía no había hombres ni mujeres, puntillosamente escrutados por los confesores del colegio religioso donde cursó la enseñanza primaria y secundaria. Y, después, sus amores adolescentes, mantenidos en la sombra: “Me enamoré tres veces. Tres compañeros de clase con los que compartía sueños y desvelamientos. Fueron amores livianos, perecederos, resbaladizos, pero tuvieron sin mengua todo lo que tiene el amor: el deseo de pasar la vida junto a alguien y de conocerlo todo a través de su mirada. A ninguno le confesé nada”.

Luego, su ingreso en la Universidad, etapa donde persevera en su juramento de silencio respecto a su homosexualidad, pero comienza a frecuentar los urinarios; sus escarceos sexuales y enamoramientos juveniles, algunos ya compartidos -y fracasados-; sus sesiones con un psicoanalista ortodoxo, y su posterior seguimiento de una terapia conductista para curar su “enfermedad” y volverse heterosexual, intentando mantener relaciones con mujeres; sus respuestas a anuncios por palabras de revistas homosexuales; su periodo de desenfreno, en el que no faltan las visitas a saunas, cuartos oscuros y parques, su frecuentación de chaperos… que da paso a otro de “actividad sexual menguada y timorata”, lo que, reconoce Martín, le salvó la vida, cuando el sida cabalgaba como un nuevo jinete del Apocalipsis; su entrada en los locales “de ambiente”, que había rechazado; sus amores con varios hombres hasta que encuentra en 1998 a Axier, con quien empieza a convivir en el 2000, y se casa en 2006… Todo un periplo, sobre todo, de supervivencia: “Creo que la vida de los homosexuales -mi propia vida- ha sido una vida de salmones: saltando de hoya en hoya, salvando cascadas, esquivando remolinos, bandeando torrenteras y luchando siempre contra la corriente”.

Antes de El amor del revés, Luisgé Martín venía deslizando en su producción elementos autobiográficos, exploración de sentimientos vividos en primera persona. Pero ahora lo hace a cuerpo gentil, a tumba abierta, pues, evocando al escritor Michel Leiris, recuerda: “Para lograr esa plenitud vital literaria, el escritor debe comportarse como se comporta el torero ante el toro: arriesgando su vida, exponiéndose a la cornada, corriendo el riesgo de que el lector encuentre en él lo vergonzoso o lo infame. Lo verdaderamente humano”.

No busque, sin embargo, ese lector una escabrosa, y banal, recreación en el morbo por el morbo. Ni tampoco se piense que El amor del revés es solo una confesión, un desahogo primario que solo interesa a los que compartan la orientación sexual de su autor. O una mera denuncia de la intolerancia, aunque también lo sea. Hay que subrayar que estamos ante una obra literaria, escrita primorosamente, en la que subyace un asunto de hondo calado y que a todos nos concierne. Porque no únicamente Luisgé Martín, u otros homosexuales, toman “la determinación de crear un disfraz que me protegiera de la mirada de los otros. La culpa y el engaño”. Un disfraz que propicia que “estamos tan acostumbrados a disfrazarnos para los demás que al final nos disfrazamos para nosotros mismos”. Todos de una manera u otra somos “diferentes”, somos Gregorio Samsa, porque cada ser humano es único, peculiar, y puede ser objeto de incomprensión, de rechazo. Todos nos disfrazamos. Y quizá no pueda ser de otra forma. Pero ahí está la literatura para hacer caer los disfraces.

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