José Luis Rodríguez Zapatero dio alas al nacionalismo catalán extremo, ese que hoy tensa la cuerda para romper España. facilitó un Estatut más que discutible –que también- un Estatuto de partido, que no consensuado con la oposición (como fue el de 1979), y suscribió un pacto de legislatura con un partido como Esquerra, paradigma de la ruptura. Pedro Sánchez ha ido siempre por el mismo camino: cambiar de socio constituyente, sustituyendo, a estos efectos, al PP por radicales y nacionalistas secesionistas; es decir, la ruptura del consenso constitucional de 1978.
A nadie extraña, pues, que se desvelasen sus intenciones de con Juntos por el Sí dejar hacer el referéndum ilegal. No es un secreto que Sánchez se ha entendido siempre bien con la izquierda radical y los antisistema, al igual que con Junqueras y Puigdemont. De haber alcanzado un pacto de investidura con Podemos -del que ahora se lamenta no haber podido llegar-, el separatismo catalán habría logrado muchos de sus propósitos.
Bajo el “no es no” se esconde el sectarismo de alguien que prefiere la secesión de una parte de España antes que entenderse con el partido más votado por los españoles -y, por tanto, la opción que más españoles representa-. Los resultados de la política de Zapatero en esta materia a la vista están. Sánchez, por suerte, no llegó a nada, pero aún puede hacer mucho daño si obtiene la victoria en las primarias. En manos de la militancia está.