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MEMORIAS

Inocencio F. Arias: Yo siempre creí que los diplomáticos eran unos mamones

Inocencio F. Arias: Yo siempre creí que los diplomáticos eran unos mamones

Plaza & Janés. Barcelona, 2016. 547 páginas. 20, 90 €. Libro electrónico: 9,99 €. Tras ocupar numerosos cargos de responsabilidad en la diplomacia española, “Chencho” Arias nos regala unas jugosas memorias, llenas de ironía y muy entretenidas, que, a la vez, arrojan luz sobre momentos decisivos de nuestra reciente historia. Por Carlos Abella

Estas son unas memorias diferentes por la libertad con la que están relatadas, por la variedad con la que el autor y protagonista evoca su trayectoria profesional y humana y por el tono en general desenfadado e irónico con el que describe la peripecia política y la vida de un diplomático, destinado en países y organismos muy relevantes.

Inocencio Arias (Almería 1940) ha escrito estas memorias tal y como él es. Y eso quiere decir libre. Porque libre es decir casi siempre lo que piensa y lo que conviene aunque no les guste a los presidentes del Gobierno o ministros con los que ha trabajado desde 1977 hasta su reciente jubilación, que prácticamente han sido todos, ya fueran de UCD, PSOE o PP.

“Chencho” Arias -así le ha conocido todo el mundo- ha osado titular estas memorias con un provocador Yo siempre creí que los diplomáticos eran unos mamones, que habrá sobresaltado a más de uno de sus compañeros de profesión -lo que sin duda habrá sido una constante en su carrera- pero pronto, en la página 35, se encarga de desmentir su propia creencia y de dejarles en buen lugar: “Pues sí me había equivocado rotundamente en lo de mamones. Haberlos hay en la profesión… pero son decididamente una minoría”. Y añade: “Los diplomáticos españoles son gente culta, preocupada por España, conocedores de nuestra realidad y de la internacional, disciplinada, trabajadora y leales servidores del estado. No se insubordinan, al menos en mi época, porque sus mujeres tengan que arrimar el hombro sin percibir un céntimo”.

Destinado en Bolivia, Argelia, Portugal, Naciones Unidos, Los Ángeles y en España en distintas responsabilidades en el Ministerio de Asuntos Exteriores -en la Oficina de Información Diplomática, en la Subsecretaria- y en la Casa de América, “Chencho” ha relatado en este libro muchas de las peripecias que acontecen en la vida de un servidor público en un destino que puede ser incómodo, difícil y hasta peligroso, como es el estremecedor testimonio del asalto de agitadores revolucionarios a la embajada española en Lisboa, en septiembre de 1975 -como protesta por las condenas a muerte de los “terroristas” del FRAP y ETA- ante la cobarde pasividad de las nuevas autoridades surgidas de la revolución de los claveles. Cuenta Arias que esa noche el embajador de España durmió en su casa por el peligro que se adivinaba padecería el edificio de la embajada y ante la inminencia del asalto hizo cientos de llamadas a altos responsables del Gobierno luso, pero -página 189- “nadie responsable se ponía” y “nadie se había dado cuenta, o no había querido darse cuenta, de que la inmunidad diplomática es sagrada desde hace siglos. Y la inmunidad implica que por mucho que odies a otro gobierno o a otro país, rompas relaciones con él, incluso si le declaras la guerra...”.

En estas memorias hay muchos ejemplos de esa libertad de pensamiento que “Chencho” ha acreditado a lo largo de su vida, y que no coincide con algunos otros funcionarios o servidores públicos que han procurado estar siempre del lado del viento más favorable en cada momento. Así, en el capítulo 6, “El contagio de los claveles”, revela una verdad ocultada reiteradamente por la izquierda socialista y sus historiadores de cámara, sobre el origen de la Transición y en concreto sobre el referéndum de la reforma política convocado por el Gobierno de Adolfo Suárez en diciembre de 1976 y que es el acto fundacional de nuestra democracia: “Nuestra izquierda pinchó en esto: en Lisboa oí con frecuencia de varios de sus miembros que el referéndum era un camelo porque Suárez era racialmente franquista y no iba en serio. Eran los mismos que comentaban que el rey Juan Carlos también fingía, que acabaría borboneando y que no duraría mucho”.

Otra revelación cuidadosamente “marginada” por la historiografía oficial y que “Chencho” saca a la luz es la ingenua y malévola inicial postura contraria a la OTAN del PSOE que aclara en estos términos: “El primer desliz de González obedeció probablemente al temor al sorpasso, es decir el adelantamiento por la izquierda del Partido Comunista. Nos encontramos en los albores de la democracia y aun no se sabe si el PSOE va a ser el líder indiscutible de la izquierda; los socialistas temían que les robase padrinos. … Felipe, en la oposición, flanqueado por Guerra y Boyer visitó Moscú. Firmaban allí con el Partido Comunista soviético un comunicado en el que declaraban que las alianzas militares existentes en Europa, es decir, la OTAN liderada por Washington y el pacto de Varsovia, liderado por Moscú, no debían ampliarse, es decir aprobaba que España no entrase en la OTAN. …. más tarde, los socialistas intentaron, claro, olvidarse de su pifia”.

Arias desvela el desconcierto y el asombro que en las cancillerías y en las instituciones europeas y americanas produjo que una vez propiciado por el Ejecutivo de Leopoldo Calvo Sotelo el ingreso de España en la Organización del Atlántico Norte (OTAN) en 1982, con la furibunda campaña en contra del PSOE y de su prensa adicta, Felipe González se empeñara en convocar un referéndum para permanecer en la Alianza en contra de lo dicho años antes. “La tarea -página 270- era ímproba porque, gracias a la elocuencia de Felipe y al trabajo de sus compañeros, los españoles ya eran antiotánicos. Se les había inculcado que la OTAN olía mal, que le cantaba el aliento, que el contacto con ella era nocivo para nuestra salud; fue preciso insistir por tanto que la OTAN se duchaba, usaba un buen desodorante, un dentífrico de conocido frescor…”.

Situación semejante se produce cuando Arias analiza el tema del atentado de las Torres Gemelas del 11 M y la respuesta política y militar del Gobierno norteamericano liderado por George Bush y que contó con el apoyo de algunos países, entre ellos el del Gabinete que encabezaba José María Aznar. Defiende Arias, que era entonces embajador de España en la ONU y que precisamente España pertenencia a su Consejo de Seguridad, que en contra de lo que aquí se dijo una y otra vez por la izquierda y por los medios de comunicación, es falso que la ONU había declarado que la guerra de Irak era una guerra ilegal porque “la ONU nunca se pronunció. No la dejaron por los posibles vetos” (página 413).

Y la siguiente patada a la versión de la guerra de Irak la esgrime Arias en la página 415 cuando a la afirmación de que España participó en la guerra responde: “Falso. Como apunta Cristina Crespo (La alianza americana. Catarata, 2016) el gobierno español declaró en repetidas ocasiones que España no formaría parte de la intervención militar. Bush ni siquiera lo pidió. Solo quería visibilidad política”.

Esta encomiable honradez y sinceridad argumental, en base a su experiencia, le ha llevado a Arias a defender la gestión política y diplomática de los presidentes Adolfo Suárez -su acercamiento a Arafat, Castro, el estrecho de Ormuz- y Leopoldo Calvo Sotelo -OTAN y negociación europea-, y de sus ministros de Asuntos Exteriores, especialmente de José Pedro Pérez Llorca, y por supuesto de otros presidentes y ministros del PSOE como el propio Felipe González -rectificación atlántica como algo básico para el ingreso en el Mercado Común-, y Francisco Fernández Ordóñez, y del PP como el caso de Abel Matutes. Menos elogioso es con algún otro, como Javier Solana, celoso, como lo han sido otros políticos, de la empatía que “Chencho” despertaba entre los periodistas y en la propia Casa Real, pues en su prolongada estancia en la Oficina de Información Diplomática (OID) en varias etapas y con varios Gobiernos de distinto signo, “Chencho” fue un muy eficaz portavoz de las decisiones de sus Gobiernos, haciendo compatible la lealtad con la afinidad con las inquietudes de los periodistas.

Pero su sinceridad fue su enemiga, sobre todo con superiores acomplejados o mediocres, incapaces de entender la potencia de las argumentaciones de Arias que ha sido y es un profundo conocedor de la realidad geopolítica del mundo y de cómo deben ser las relaciones con los medios de comunicación. Esta sinceridad le llevó, poco después de la argumentación que hizo del papel de España en la guerra de Irak, a ser cesado, situación que describe con estas palabras en la página 446. “El gobierno de Zapatero me destituyó fulminantemente en el primer Consejo a pesar de ser deliberante y no decisorio. El cese no me extrañó; si yo hubiera sido el padre de Inocencio Arias lo habría sacado de la ONU porque no era normal que siguiera allí habiendo defendido en público una política que iba a ser alterada sensiblemente”. Y añade: “ Lo que me extrañó fue la premura … me echaron de la residencia antes de que transcurriera el mes que se da desde tiempo inmemorial a los embajadores para que levanten la casa, se despidan, etc. Lo nunca visto….”.

Como conclusión, las memorias de Inocencio Arias acreditan al diplomático que ha sido un testigo privilegiado -y a menudo actor- de las relaciones exteriores en la España de la Transición y en la democracia. Sus memorias están escritas con una excelente pluma, y desprenden ironía, buen humor, franqueza y la honestidad con la que ha abordado su carrera diplomática. Gracias a él, al concluir la página 547 hemos conocido la entraña del mundo diplomático, la peripecia política de España desde 1970 hasta nuestros días, y nos ha descubierto los hitos más relevantes de la historia internacional de los últimos años. Unas memorias de imprescindible lectura para quién quiera saber y disfrutar aprendiendo.

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