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ORIENT EXPRESS

Cuando unos musulmanes ayudaron a unos cristianos

Ricardo Ruiz de la Serna
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ricardo_ruiz_delasernayahooes /22/22/28
domingo 26 de febrero de 2017, 19:37h

Todo comenzó cuando las patatas enfermaron.

En 1841, la isla de Irlanda, a la sazón bajo dominio británico, tenía 8.175.124 habitantes censados. El historiador irlandés John O´Bernie Ranelagh cuenta que se dividían en cuatro categorías según las tierras que tuviesen en propiedad: terratenientes con más de 20 hectáreas; artesanos y agricultores, que poseían entre 2 y 20 hectáreas; labriegos y pequeños propietarios, con propiedades de hasta 2 hectáreas; y un último grupo con medios sin especificar. El 70% de los habitantes del campo eran pequeños propietarios. El norte de la isla era próspero. En el centro y el sur, se alternaban la riqueza y la pobreza. El oeste y el sudoeste acogían a la mayor parte de los campesinos pobres.

Como advierte O´Beirne Ranelagh, la patata era el alimento básico de aquellos millones de irlandeses. Introducida en 1586 desde América por Sir Walter Raleigh, el famoso corsario decapitado en 1618, la plantación y cosecha de la patata requería poco esfuerzo y pequeños terrenos podían producir cantidades notables del tubérculo. Para muchos, era el único alimento. El precio del pan, la carne o el maíz simplemente era prohibitivo.

Por supuesto, había habido hambrunas en el pasado (1740-1741, 1807, 1817, 1821-1822, 1830-1834, 1836 y 1839), pero ninguna fue como la que produjo la epidemia de tizón tardío que atacó a las plantas y echó a perder la cosecha entre 1845 y 1849. Este hongo asesino convertía la patata en una pulpa y la dejaba inservible. La cosecha atacada se perdía por completo. Así, el tizón arruinó a millones de pequeños propietarios y los condenó al hambre. La destrucción de una cosecha significaba carestía para varios años porque no solo se destruía la producción, sino también las semillas que debían emplearse en el futuro.

La primera epidemia de tizón tardío se produjo en 1845 y volvió a azotar en 1846. En 1847, al hambre, se sumaron el tifus, la disentería, el escorbuto y la fiebre amarilla. Cuando llegó el verano de aquel año, casi la mitad de la población de Irlanda dependía de organizaciones de caridad para no morir de inanición, pero no había suficientes. Hombres y mujeres famélicos vagaban por los caminos. El hambre se ensañó con los niños y los ancianos. Quienes tenían fuerzas emigraban a América en condiciones atroces. A veces, las enfermedades los mataban durante el viaje o al llegar a su destino. Los traficantes de seres humanos hicieron su agosto en buques que eran tumbas flotantes.

El gobierno británico de Robert Peel (1841-1846) trató de reaccionar bajando los impuestos al grano que se importaba desde el Reino Unido. Se nombró una comisión que estudió la causa de la hambruna, pero erraron el diagnóstico y el tizón tardío siguió infestando los campos. Se compró maíz a los Estados Unidos. En 1846, intentaron mejorar las carreteras y los puertos para facilitar la distribución de alimentos. Nada bastaba para hacer frente a la hambruna, que desbordaba cualquier medida.

En realidad, Londres nunca comprendió la verdadera dimensión del desastre. Las medidas arbitradas fueron insuficientes y, algunas de ellas, confiaban más en la providencia que en la planificación y la asignación de recursos adecuados. La hambruna se vio agravada, de hecho, por una política económica ineficiente. El Secretario del Tesoro, Edward Trevelyan, desempeñó un papel especialmente relevante a la hora de afrontar -mejor dicho, de no afrontar- la terrible hambruna que golpeaba Irlanda. Contrario a toda intervención del Estado y defensor a ultranza del “laissez faire”, revocó las medidas acordadas por Peel.

Así, aquel año terrible de 1847, noticias de la agonía de Irlanda llegaron al extremo oriental del Mediterráneo. En Estambul, el sultán Abdulmajid I oyó del sufrimiento de los irlandeses, que morían de hambre. El joven señor del Imperio Otomano, cuyos dominios se extendían desde el Mediterráneo hasta el Asia Central, contaba solo 24 años.

Lo que sucedió a continuación nos enseña una lección de humanidad y grandeza.

La sublime Puerta convocó al embajador británico para comunicarle su decisión de enviar a los campesinos irlandeses una ayuda de diez mil libras, que hoy equivaldrían a aproximadamente un millón de euros. Entonces se planteó un problema: la reina Victoria solo había ofrecido dos mil libras. A fin de no humillarla, el sultán redujo la donación a mil libras, pero decidió socorrer a los irlandeses de otra manera: envió en secreto tres barcos -algunas fuentes dicen que fueron cinco- cargados de comida. Cuentan que barcos ingleses intentaron bloquear a la flota otomana que llevaba el cargamento, pero los marinos del sultán los burlaron y desembarcaron en el puerto de Drogheda los alimentos que enviaba el Emir de los Creyentes. En memoria de este auxilio, el escudo de esta ciudad irlandesa añadió una media luna y una estrella a su escudo de armas. Estos símbolos pueden verse aún en el escudo del Drogheda United, el equipo de fútbol local.

Un hadiz del Profeta dice que “no es creyente aquel que come hasta saciarse mientras su vecino pasa hambre”. Abdulmajid I era musulmán y musulmanes eran los marinos que llevaron la carga que alivió el sufrimiento de los irlandeses. El “Belfast News-letter” del 2 de marzo de 1853 recordó lo sucedido: “No podemos olvidar que la Turquía mahometana ha avergonzado más de una vez a las naciones que se jactan de su cristianismo mediante la práctica de esos principios que ellas sólo profesan. Fue el actual sultán de Turquía quien, más generosamente que otros potentados europeos, contribuyeron al auxilio de nuestros compatriotas golpeados por el hambre en 1847”. Estos musulmanes honraron con su acción la religión que profesaban y el nombre de Dios y de su Profeta.

Deberíamos contar y recordar más a menudo estos episodios de la historia de Europa, es decir, de nuestra historia. En aquel año de 1847, el sultán Abdulmajid I hizo honor a lo que significa ser creyente y ser humano y legó un ejemplo de decencia para las generaciones futuras. Hoy esta columna lo recuerda.

Ricardo Ruiz de la Serna

Analista político

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