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TRIBUNA

Gatopardismo a plazo fijo o con buena voluntad no basta

miércoles 01 de marzo de 2017, 20:30h
Actualizado el: 03/01/2017 20:41h

Es cierto. Cargamos en las espaldas la tan azarosa historia argentina, que empezó por el desaliento del conquistador español. Aquí no había oro como en México o en el Perú, ni una civilización como la maya, la azteca o la inca, sino primitivas tribus nómades y antropófagas que se comieron a Juan Díaz de Solís. La conquista, por consiguiente, fue superficial; se dio entre pocos indios y menos españoles. Las fatigadas tropas que se arriesgaron a la llanura en busca de metales preciosos, para encontrar refugio a tamaña desolación, fundaron a su paso unos pobres pueblos rurales. El mar se prolongaba en ese desierto sin horizonte, cuya riqueza sería futura.

Y así llegamos a nuestra época colonial, casi miserable para su tiempo y luego venturosa para nosotros. Y así llegamos a las invasiones inglesas que fueron rechazadas y que demostraron al pueblo de Buenos Aires su propia fuerza. Y así llegamos a la Revolución de Mayo, y luego a ese Congreso de 1816, en el que se tomó la decisión de ser argentinos; es decir, la decisión de ser algo que casi no tenía demasiado sentido, pero debía ser de todos modos.

Los nombres de San Martín y de Belgrano sobresalen entre los héroes que encabezaron esa gesta. Todo eso se hizo por iniciativa de unos cuantos terratenientes y, desde luego, soldados que no tenían la menor idea de lo que era la patria ni la empresa que habían acometido, en su mayoría mestizos y desclasados. Así, los argentinos entramos en insalvables conflictos de poderes y desembocamos en las Guerras Civiles, donde los caudillos feudales que habían tomado el lado de la barbarie y la guerra contra el indio se disputaban los territorios de los que se habían apropiado. A la Guerra de la Independencia, siguieron cruentos años de anarquía y de dictaduras, encabezados por temibles personajes de terroríficos apodos: “el Protector de los Pueblos Libres”, “el Supremo Entrerriano”, “el Patriarca de la Federación”, “el Tigre de los Llanos” y “el Restaurador de la Leyes”. Sarmiento, nuestro máximo escritor del siglo XIX, planteó esa salvaje dicotomía en su lúcido libro Facundo o civilización y barbarie en las pampas argentinas, donde analiza con desconsuelo la realidad fragmentada de una nación que se desangraba irremediablemente sin rumbo; es, a la vez, una crítica a los conflictos culturales de la Argentina que surgieron a partir del proceso de independencia de España, pero tres décadas más tarde el atraso y el estancamiento de las instituciones así como la deformada organización económica no ofrecía mayores esperanzas. La barbarie triunfaba sobre la civilización.

A esas contiendas internas se sumaron, casi al mismo tiempo, la guerra con el Brasil y después la Guerra con el Paraguay. Buenos Aires, la provincia mejor organizada, con puerto y aduana, manejaba el poder económico y, por consiguiente, el vasto y conflictivo territorio argentino extendido hacia los cuatro puntos cardinal.

Pero la bondad de una región fértil y diversa a pesar de todos los desencuentro y contratiempos nos deparó grandes beneficios, tales como la incesante inmigración europea y la cultural que nos legó; el buen hábito de las letras y de las artes, son mercedes que debemos agradecer. Quizá no está de más recordar que la más renovadora de las escuelas de la literatura castellana, el Modernismo, surgió en esta ribera del Atlántico y que su sitio fue Buenos Aires, ya que, contra toda geografía, estábamos más cerca de Francia que los españoles.

Hacia 1910, cuando se celebró el centenario de la Revolución de Mayo, esa espesa llanura que desalentó al conquistador, ya daba sus frutos produciendo granos y sumando vacas que se reproducían como los panes y el vino bíblico; a la Argentina se la llamaba entonces “el granero del mundo” y desplegó en Buenos Aires su potencial económico. Para la fiesta se organizaron grandes desfiles y una exposición universal; a esa demostración de grandeza, el cometa Halley hizo su aparición en el cielo como un aporte de la Iluminación Divina. La Capital del país fue el centro de los festejos, a la que llegaron embajadores y comitivas especiales, recibidos con grandes pompas y alojados, en la mayoría de los casos, en las residencias de las familias tradicionales. La Infanta Isabel de Borbón, tía del Rey Alfonso XIII de España, que vino en su representación, se hospedó en el palacio de la familia Bary, en la Avenida Alvear, donde las residencias, a imagen y semejanza del Loira francés, se construían unas al lado de las otras. El día 24 de mayo de aquel 1910, el novísimo Teatro Colón fue el escenario de una gran función lírica en donde la opera Rigoletto se lució en la voz del barítono italiano Titta Ruffo. Se trataba de una fiesta caracterizada por la ostentación y la fastuosidad, que ocultaba, en todo caso, aquella otra Argentina excluida que vivía en la pobreza, sojuzgada por la oligarquía terrateniente.

Éramos, sin embargo, por un lado Europa y, por el otro, la barbarie. El tango, ese “reptil de lupanar”, como lo definió Lugones, triunfó en París y regresó orgulloso a estas orillas del Río de la Plata para instalarse en los grandes salones. “Macoco” de Álzaga Unzué, el célebre tirador de manteca al techo, un niño bien de la oligarquía, se exhibía como el primer playboy, deslumbrando al mundo con sus excentricidades. “La aspiración de toda mujer francesa –llegó a decir Sacha Guitry- es tener un perrito pequinés y un amante argentino”. Como frutilla del postre, Marcelo Torcuato de Alvear, otro señorito como “Macoco”, asumido como político, era elegido presidente de la República residiendo en París.

Por esos superlativos años nuestra Nación era fácilmente la primera de América del Sur. Había personas en Lima, en Bogotá o en Santiago de Chile que imaginaban la calle Corrientes o el Abasto como los argentino, poco antes, pensaban en el Barrio Latino o en la Isla de San Luis. La dilatada nostalgia de progreso se extendía también a otros sitios más modestos de Europa, cuyos habitantes anhelaban emigrar a la mítica Argentina.

En 1930 se produjo el primer golpe militar, que derrotó al ya senil e histórico caudillo Hipólito Yrigoyen, al que siguieron diez años de dictadura y fraude, que se denominó “década infame”. A mediados de los años ‘40, el entusiasmo y la rebelión popular, hicieron posible el famoso “17 de octubre”, que posibilitó el ascenso al poder del general Perón, derrocado por sus compañeros de armas en la sanguinaria asonada militar de 1955, cuyo bombardeo dejó cientos de víctimas. A ese dislate que se denominó “Revolución Libertadora”, se agregaron tropezones y caídas con breves gobiernos democráticos que le sucedieron y nunca concluyeron sus mandatos. Tras casi veinte años de exilio, regresó Perón para asumir su tercera presidencia y murió al poco tiempo en medio de una masacre fratricida que culminó con el ascenso al gobierno de su viuda, derrotada por una camarilla cívico-militar, que hizo padecer al país de una dictadura afín a la de Rosas. De manera sibilina (por usar un eufemismo) caímos en el terrorismo clandestino de los secuestros, de las torturas y de las ejecuciones, que culminó con la más misteriosa de las contiendas, la Guerra de Malvinas, no menos cruenta que breve, donde unos militares bravucones mandaron al frente a jóvenes provincianos sin experiencias en armas ni batallas.

A diferencia de otros países, donde sólo se contaban ricos y pobres, en la Argentina se desarrolló una abundante clase media, que es la que define a un país. Nunca tuvimos problemas religiosos, ni raciales. Los negros, que eran cosa frecuente en Buenos Aires, emigraron y fueron desapareciendo. En cuanto a los judíos, diseminados en todo el territorio, constituyen una comunidad respetada y floreciente. También abundan los árabes y los armenios, y en las últimas décadas, han llegado japoneses, chinos y vietnamitas. Si hacemos un balance de nuestro cosmopolitismo, vemos que la mitad de la población del país procede de Italia; la otra mitad de España, de Francia, de Inglaterra o de otras naciones de Europa. En una época no lejana caminar la calle Florida era como hacerlo en los Campos Elíseos. Hoy, tenemos otra inmigración que nos llega de países vecinos y las caras mestizas son habituales y definitivamente familiares, como corresponde, obviamente.

Habitamos, por desgracia, un país donde la imaginación de la gente se complace más en el caos que en el orden. Desde hace décadas, los argentinos vivimos celebrando las derrotas. Con breves entusiasmos ocasionales, inmersos en un gatopardismo bochornoso (todo debe cambiar para que todo siga igual), apostamos al cambio, pero en lo individual queremos seguir siendo los mismos. Acaso la observación resulte menos romántica que odiosa. Pero sucede que más allá del espíritu altruista de ciertos dirigentes, están los derrotistas, que son mayoría. Una dirigencia inconducente, resultante de nosotros mismos como ciudadanos, nos gobierna desde hace años y la caída es cada vez más vertiginosa. Los modelos políticos fracasan y la calidad de vida, de manera constante, se deteriora. Cada día hay más corrupción, inseguridad y hambre.

No quedan dudas, hace poco más de un año los argentinos, hartos de un autoritarismo execrable, votamos por un cambio; aunque parece, no obstante, que en el fondo la mitad del país tiene poca disposición para hacerlo. Cambiar significaría trabajar en serio, perder privilegios corporativos, resignarnos a sacrificar una parte de lo que logramos especulando. Por supuesto que queremos que las cosas se modifiquen, pero, a la vez, nos negamos a asumir las discusiones básicas para posibilitar que el país progrese y establezca una normalidad vivible.

Quizá la verdadera revolución debió empezar por la reforma del Estado y por un sinceramiento de las corporaciones. ¿Qué queremos vender limones o definir el perfil productivo de la Argentina? ¿Queremos armar celulares o sembrar repollos? ¿Dónde está el costo argentino? ¿En el salario o en el margen de ganancia de las especulativas empresas?

No hay una grieta en la Argentina. Hay un abismo que nos separa de ser un país serio a una republiqueta bananera, que además no cultiva bananas.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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