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Trump y la reorganización del imperio para el XXI

Carlos Ramírez
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carlosramirezhhotmailcom/14/14/22
miércoles 01 de marzo de 2017, 20:32h

La realidad tiene dos caras: una real y una imaginaria. Detrás de las decisiones gestuales de Donald Trump que han irritado a todos se localiza, en realidad, una estrategia geopolítica para reorganizar el mundo para el siglo XXI. Y los enfoques más realistas consideran que los EE.UU. seguirán siendo la potencia mundial, en tanto que Rusia, Japón y China carecen de estabilidad y estructura. Sólo que ahora viene la época del imperio con un ogro malvado.

De los analistas que han estado estudiando la recomposición del mundo, hasta ahora sólo uno estaría logrando interpretar los signos del reacomodo geopolítico: George Friedman, presidente de la firma Stratfor, una oficina de análisis estratégico de “inteligencia global”. Stratfor está formado por ex analistas de inteligencia y seguridad nacional y sus documentos proveen información a las altas esferas del poder estadunidense.

En el 2009 Friedman publicó el largo ensayo Los próximos 100 años. Pronósticos para el siglo XXI, un enfoque prospectivo de la reorganización del mundo. Hace ocho años la figura de Donald Trump no aparecía en los radares estratégicos, Barack Obama y su pensamiento geopolítico limitado apenas se enfrentaba a la realidad, George Bush Jr. había heredado la doble crisis --financiera y geopolítica por la ruptura de los precarios equilibrios en el medio oriente-- y el mundo había quedado prendado con el discurso pacifista del candidato Obama en 2008. Hillary Clinton había asumido la Secretaría de Estado como parte de su entrenamiento rumbo a la Casa Blanca 2016.

La aparición de Trump en el escenario electoral estadunidense en el 2015 pareció una mala broma porque la lista de precandidatos republicanos ofrecía una variedad de personajes adiestrados en la política estadunidense. Sin entrenamiento en el poder, confrontado con el Estado y el sistema político, con una visión de condado, ajeno a los equilibrios de la geopolítica, Trump ganó las elecciones con una oferta interna de gobierno: controlar a la burocracia, regresarle al pueblo la administración y restaurar los valores tradicionalistas. A lo largo de su campaña, sus discursos sobre política exterior fueron apenas una extensión de su localismo de condado.

Ya en la Casa Blanca, Trump tuvo que redefinir su enfoque geopolítico a partir de cuando menos dos puntos concretos: el equipo de funcionarios del área de política exterior, seguridad nacional y oficinas militares y la definición de las líneas estratégicas de su geopolítica. Los primeros mostraron un perfil más de eficacia militar en Irak y Afganistán y las segundas siguen sin dar muchas pistas generales, salvo el mensaje a la OTAN de mantener la organización pero exigir colaboraciones presupuestales más estrictas a sus miembros.

En el área de política exterior no se percibe una definición estratégica concreta. Sin embargo, Friedman considera en su libro que los EE.UU. son la única potencia con capacidad para seguir dominando el mundo los próximos cien años, aunque reconociendo algunos cambios. Rusia sobrevive de los esfuerzos de Putin pero carece de territorio, fuerzas armadas y aliados; China enfrentará problemas en el corto plazo por las contradicciones entre su capitalismo y su comunismo y sobre todo por su precaria aportación tecnológica. Japón y Europa son las zonas más desarrolladas, pero su escaso militarismo los dejará al margen de una contienda de poder que tendría que pasar por una inevitable conflagración mundial.

A Trump le hace falta su estratega geopolítico. Su consejero estratégico Steve Bannon está más preocupado por su agenda supremacista racial que por mirar los próximos cincuenta años. Su secretario de Estado es el empresario petrolero Rex Tillerson, aunque sin aportaciones previas a una visión energética petrolera-nuclear. Y su consejero de seguridad nacional es un militar experto en medio oriente y especializado en contrainsurgencia, aunque dicen que ayudará cuando menos a poner orden en las agencias de inteligencia. Después de las elecciones del 8 de noviembre, por las oficinas de Trump en Nueva York se apareció Henry Kissinger con su enfoque de orden mundial geopolítico estadunidense, pero sin tener hasta ahora algún cuadro representativo en el entorno de decisiones de Trump.

Pero con o sin enfoque, la reorganización interna de los EE.UU. llevará a efectos en la política exterior de los EE.UU. La globalización había dispersado los polos de poder pero sin que alguno de ellos realmente influyera en los reacomodos estratégicos. En cambio, Washington siguió con los hilos del poder real --económico, militar y estratégico--, sin que nadie en realidad le disputara su dominancia.

La supremacía blanca que aparece como el eje de su propuesta interna y que explica la deportación planeada de once millones de migrantes hispanos no nacidos en los EE.UU. puede proyectarse hacia el exterior: el dominio de un grupo sobre los demás. En este sentido, el primer mensaje de Trump fue claro: la multipolaridad no existe sin globalización económica, y de ahí el regreso comercial al aislacionismo. Las economías locales sin globalización pondrán a cada potencia en su lugar.

Trump no ha definido su geopolítica porque sabe de la hegemonía estadunidense. Pero su prueba de fuego estará en los focos de inestabilidad terrorista islámica, en las provocaciones de Corea del Norte y en las posturas de China y Rusia. En todo caso, Trump parte de un hecho: su gestión en cuatro años fijará las bases para la hegemonía estadunidense en los próximos cincuenta años y definirá las formas de dominación geopolítica.

indicadorpolitico.mx

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@carlosramirezh

Carlos Ramírez

Maestro en Ciencias Políticas

Periodista, Maestro en Ciencias Políticas, columnista político desde 1990, director del Centro de Estudios Políticos y de Seguridad Nacional S.C., director del portal indicadorpolitico.mx

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