El mal de los bajos salarios
jueves 16 de marzo de 2017, 09:01h
Actualizado el: 16/03/2017 09:15h
Los primeros años de la crisis, España estuvo sumida en una gran contradicción. La actividad se desplomaba, con ella la demanda de empleo, y los salarios no sólo se mantenían, sino que de media seguían subiendo, aunque a ritmos bajos. Esta cuadratura del círculo sólo se podía encajar con una destrucción del empleo masiva, y eso fue lo que ocurrió hasta 2012. Ese año la situación cambió. La crisis continuaba ahondándose, pero la reforma laboral hizo que el despido no fuera el único recurso de los empresarios ante el necesario ajuste.
Entonces, actividad y salarios empezaron a acompasarse, en un contexto de zona Euro en que la devaluación no era un falso recurso posible. Esto tuvo como primer efecto que el aumento del paro fuese menor, y que el desempleo empezase a caer lenta pero sistemáticamente en cuanto se reavivó la actividad. Por otro lado, permitió que la economía española recuperase competitividad, y volviese a vender al exterior. También ha facilitado el cambio de modelo productivo, tan necesario, y del que tanto se ha hablado.
Pero esa transformación, tan necesaria, no se ha realizado sin coste. Si bien la recuperación ha llevado al PIB a los niveles de 2008, la masa salarial, por el efecto combinado de la merma en el empleo y los salarios, ha descendido en 35.000 millones de euros. Este martes, la OCDE advirtió a España sobre la incidencia de la pobreza en familias que están trabajando, un fenómeno estrechamente ligado a los bajos salarios. El empleo, aunque sea a cambio de una renta insuficiente, tiene efectos positivos: Cotización en la Seguridad Social, conexión con el mundo del trabajo, o adquisición de experiencia y formación. Pero los salarios bajos inciden en la calidad de vida de muchos españoles.
Bueno es que el paro, que todavía está en niveles inaceptables, dé paso a otras preocupaciones como son el nivel salarial y la calidad de vida. Este problema no tiene una solución rápida. España, como el resto de economías occidentales, tiene que volcarse hacia sectores de gran valor añadido. Pero para que ello ocurra y llegue a amplias capas de la población, es necesario mejorar el capital humano para adecuarlo a los sectores más productivos. Y ello exige un replanteamiento no sólo de la educación básica y universitaria, sino de la formación continua de los trabajadores.