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ESCRITO AL RASO

La vida imposible de Rubén Darío

Estudios de Félix Rubén García Sarmiento hay muchos, naturalmente, y más en un poeta que apuró el cáliz de la biografía hasta las heces. Aristócrata de cítara eterna y virtuoso de lo exótico, el nicaragüense Rubén Darío tomó su apellido del apodo con que se conocía a su padre, Manuel García, un irresponsable de taberna y lupanar del que su madre, Rosa Sarmiento, tuvo que huir llevándose al niño para refugiarse en “una casa primitiva, pobre y sin ladrillos” de la localidad hondureña de San Marcos de Colón.

Después se hicieron cargo de él sus tíos en la cabecera departamental de León, a 90 kilómetros de Managua, época en la que, de la mano de los jesuitas, empezó a leer a Bécquer y a Victor Hugo, que lo incorporaron a las trágicas filas de los enamorados del amor y lo aficionaron con sus pasionales escritos a imitarlos con alguna precoz chicuela, “iniciando indoctos e imposibles Dafnis y Cloe, y según el verso de Góngora, las bellaquerías detrás de la puerta”. A estos primeros encuentros les siguieron los de Rosario Murillo, Isabel Swan –“rubia como una alemana”–, Fidelina Santiago –“diamantina, dulce y fina”– y la trapecista estadounidense Hortensia Buislay, con quien se quiso fugar trabajando como payaso. Ya en Managua y reconocido como el “poeta-niño” se enamoró de Rosario Emelina Murillo, la “garza morena” de “Azul”, la de la “boca cleopatrina” que traía al andar “ilusiones de canéfora”; finalmente, la cantarina encarnación de Afrodita lo castigó, tras muchos requiebros, con unas modernistas calabazas y con una implacable persecución hasta la muerte.

Tras varios viajes de ida y vuelta –y olvido– a Chile, donde amó fugazmente a una tal Domitila –solo se alimentaba de arenques y cerveza para, acomplejado en la corte presidencial de los Balmaceda, poder vestir decentemente–, y a El Salvador, Darío le dio calendario al periodismo como director del salvadoreño La Unión y se enamoró y casó en San Salvador en 1890 con la joven escritora Rafaela Contreras, la Stella de los cuentos modernistas, rodeados de aristócratas, generales, diplomáticos y jefes del Estado mayor. Al pico de oro de Darío atendían asimismo políticos y artistas. Tras una asonada militar encabezada por el golpista Carlos Ezeta, los novios tuvieron que darle fin a la boda en Guatemala, donde fue nombrado director de El correo de la tarde por el presidente, el general Barillas. Entre aquella alocada e insomne vida exagerada y de estrecheces publicó Azul (1888), que apoyó desde España Juan Valera y que fue puente entre las culturas española e hispanoamericana.

“¡Cuántas veces me despertaron ansias desconocidas y misteriosos ensueños de fragatas y bergantines que se iban con las velas desplegadas por el golfo azul hasta la fabulosa Europa!”, escribió mucho después. Sus sueños se vieron cumplidos cuando, malviviendo del periodismo en Costa Rica y tras el nacimiento de su primer hijo, fue enviado a España en 1892 como secretario de la Delegación de Nicaragua del IV Centenario del Descubrimiento de América. De regreso a Nicaragua, estando ya de vuelta en León, el 23 de enero de 1893 recibe la noticia de la súbita muerte de Rafaela por sobredosis de cloroformo en el transcurso de una operación y da rienda suelta al trasiego de alcohol durante varios días, acreditándose de dipsómano desaforado e irreparable. En Managua retoma aquellos suspendidos amores de antañazo con Rosario, que en connivencia con su hermano le tiende una trampa y lo hace a la vez, en un paréntesis de whisky, marido y padre del hijo –ajeno– que espera. Darío es nombrado cónsul de Colombia en Buenos Aires y tras cinco años en Argentina –en los que publica Los raros y Prosas profanas–, es enviado a España como corresponsal del diario bonaerense La Nación.

En Madrid, entre estudiantes sopistas, marqueses roñosos y los grandes del 98, se enamora de nuevo, esta vez de una criada que trabajaba en la Casa de Campo y en el hogar del poeta Francisco Villaespesa, Francisca Sánchez del Pozo, hija natural de los jardineros de Alfonso XIII y que, andando el tiempo, fue bautizada por Amado Nervo como la princesa Paca. Ocurrió una mañana de 1899, durante los muchos paseos desabrochados que el nicaragüense daba junto a Valle-Inclán: Paca le regaló una rosa, Cupido los asaeteó y enamoró hasta el día de la muerte de Rubén, al otro lado del Atlántico.

Junto a Paca, el lazarillo de Dios, viajó a París, donde el príncipe de la vida bohemia, Alejandro Sawa, le sirvió de guía y conoció a un Verlaine que, entre verso y verso, se refrescaba el garguero. Dígase de paso que Sawa se fue de la lengua por un quítame allá un patrocinio de 400 pesetas para la publicación de Iluminaciones en la sombra que le pidió al nicaragüense y fue diciendo que él había sido el negro de algunos artículos firmados por Darío en 1905 en La Nación. Incapaz de cualquier rencor, el poeta prologó la edición ya póstuma del libro, dedicándosela al “gran bohemio”, a aquel superviviente del Madrid ebrio “gallardamente teatral”. Inspirado por su último amor y mientras la enseñaba a leer escribió Cantos de vida y esperanza (1905), El canto errante (1907), El poema de otoño (1910) y El oro de Mallorca (1913), últimos violines modernistas de una vida imposible.

Al estallar la Primera Guerra Mundial, Darío fue invitado por varios gobiernos centroamericanos a dar conferencias de paz. Durante su último viaje a Managua, en 1908, Rosario, cariátide atemporal del chantaje, le tiende una nueva emboscada e impide el divorcio: conociendo de su enfermedad, su perseguidora sin descanso lo rescata de Guatemala in articulo mortis de las garras del dictador Manuel Estrada y lo lleva de nuevo a su patria. “¡Murió en Nicaragua el poeta Rubén Darío!”: Paca se enteró en 1916 por un vendedor de periódicos de que su amor había muerto el 6 de febrero en León, la antigua capital colonial nicaragüense. Tenía solo cuarenta y nueve años y Darío se había bebido y vivido fama, gloria y amores. Lo demás es historia: una obra colgada de damasco y motivos chinescos que nos sigue iluminando.

Twitter: @dfarranz

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