Paloma Gómez Borrero llevaba décadas ejerciendo con generosidad y entusiasmo no sólo su profesión de corresponsal, también la de mamma a la italiana, y en su mejor versión, de muchas generaciones de españoles, periodistas o no, que llegaban a la ciudad eterna por el motivo que fuera. En mi caso, ella empezó por convencerme de que entre los sanpietrini de las callejuelas romanas encontraría paz y futuro para aliviar el presente bañado en lágrimas que ocupaba la mayor parte de mi maleta. Había aterrizado en Roma para escapar de la realidad de Madrid durante un mes y, "por su culpa", me quedé allí once meses más. Tienes que quedarte como mínimo un año, créeme, esta ciudad lo cura todo", insistió durante una cena que nunca olvidaré en el mítico restaurante Sant'Eustacchio, famoso por sus spaguetti alle vongole y el rico tiramisu al mirtillo. Su mirada limpia y profunda, la confianza que depositaba en alguien que acababa de conocer y el genuino interés por el dolor que me doblaba el espinazo, me convencieron para dejarlo todo y empezar de cero.
Aquello, en todo caso, fue sólo el principio de una relación por la que siempre me consideraré privilegiada. Porque Paloma abría las puertas de su casa tan de par en par como las de su corazón y eso, por desgracia, no se puede decir de cualquiera. Su compañía, además, se caracterizaba por su impresionante vitalidad, un marcado e inteligente sentido del humor y una sencillez que teñía de normalidad todo lo que tocaba. Empezando por sus innumerables logros profesionales como periodista y escritora, pasando por su vida familiar y social, hasta llegar incluso al afecto que por ella sentían grandes figuras de cualquier ámbito después de haberla conocido. Entre ellos, por supuesto, el papa Wojtyla.
En la mesa de Paloma siempre cabían más platos y, a pesar de las incontables fotografías de personalidades que llenaban su salón y su pequeño despacho, eras bienvenido en su domicilio del popular barrio romano de Prati con independencia de quien fueras o a lo que te dedicaras. Con ella, la charla brillante, el consejo - si lo pedías- y la risa estaban garantizadas. Compartía anécdotas, contactos, amigos y unos chistes excelentes. Su carácter pionero como primera mujer española en ejercer de corresponsal, lo único que no había hecho fue subírsele a esa cabeza tan bien amueblada. Hoy, veinte años después de que cambiara mi vida, sólo puedo volver a darle las gracias por su fe, sobre todo, en las personas. Descansa en paz, Paloma.