El consenso ha sido la excepción en nuestra historia nacional. Desde el Pacto del Pardo de 1885, entre Sagasta y Cánovas, hay que esperar a UCD, casi cien años más tarde, para encontrar otro paréntesis de racionalidad y búsqueda de acuerdos, tolerantes con el otro.
La norma dicta que quien manda impone a los demás su ideología, o su pasividad si es de interés propio, con absoluto desprecio a la posición y circunstancias del contrario. Hasta la Constitución, desde 1812, ha entrado y salido, se ha suspendido, sustituido y repuesto, al ritmo de las contingencias del gobierno de turno.
El afán impositivo, infalible, que excluye al otro, es un rasgo del carácter nacional. Nuestra idiosincrasia tiene, en su médula, el absolutismo respecto a planteamientos ideológicos, religiosos, morales y lúdicos. Cada español encerramos un gran inquisidor, iluminado por el Espíritu Santo, dotado con la gracia de la verdad y, por tanto, obligado a la intransigencia con el error, que es todo aquello distinto que crea, piense, sienta y haga el resto de congéneres.
La apisonadora de la mayoría absoluta de la legislatura antepasada impuso sus dictados, o su inapetencia, a una oposición impotente. Hoy, cambiaron las tornas, y es la prepotencia de una oposición poderosa la que humilla sin piedad y sin ánimo de encuentro a un supuesto gobierno virtual.
El estilo de la infalibilidad podemos verlo en las tertulias, televisadas por no importa qué cadena. En todas ocurre igual: ante la discrepancia, surge el guirigay. Cada contertulio pretende tener toda la razón, le quita el uso de la palabra a su interlocutor, levanta la voz para reforzarse, o se superpone en el uso de la palabra. El moderador, por razones técnicas, nunca pedagógicas, pretende imponer orden, a sabiendas que el oyente no capta la exposición de nadie, ante ese desbarajuste de palabras; pero, lo que es tendencia es no dejar hablar, ni oír, ni escuchar y hacer callar al discrepante. Esto ocurre porque el infalible no puede tolerar el error de quien piense diferente a sí mismo.
Incluso la infalibilidad nacional afecta al fútbol, cuando los padres de los jugadores del equipo A pretenden imponer a los padres de los jugadores de quipo B, la verdad sobre la jugada y el error cometido por el árbitro, con insultos, puñetazos y empellones, siguiendo el dictado de la ley del más fuerte, que es el poseedor único de la verdad ontológica.
En el ámbito político, los hijos de Torquemada, unas veces se desnudan en las capillas de la Universidad para ofender al creyente, y otras pretenden suprimir la misa en televisión y cualquier tipo de enseñanza religiosa, o erradicar símbolos que están en nuestra cultura.
Dijéramos que también el centón de las taifas nacionales (los diecisiete estadillos y dos medios) está cosido por el anverso con el hilo de la infalibilidad, mientras por el reverso lo frunce el bramante de la intolerancia.
Sin embargo, somos tan falibles, individual y grupalmente, que la verdad no está en sitio alguno; ni siquiera en las percepciones de cada uno. Vemos, oímos y sentimos lo que nos permiten los marcos de referencia de nuestros órganos sensitivos, condicionados por sus hábitos previos, según ha demostrado la Psicología Experimental. Es decir, que la subjetividad está presente, y sesga, el proceso mismo de la percepción.
Construimos opiniones e ideas, con retazos de experiencias, propias o ajenas, creencias, prejuicios, fantasías y sentimientos, anteriores a la elaboración de tales opiniones e ideas. Es decir, toda idea nace de una subjetividad operante, sea en el pomposo y solemne ejercicio de la Justicia como comprobamos a diario, sea en la brega política y hasta incluso en el quehacer científico.
Estos hechos no nos hacen escépticos, sino diferentes. Cada persona puede y debe creer en la veracidad de su opinión individual, porque en tal creencia reside su autenticidad y la coherencia de su conducta, que son condiciones que la distinguen de las demás personas. La diferencia de cada ser humano arranca de sus percepciones, continúa en las cogniciones que elabora y cristaliza en sus actitudes, usos y costumbres. Tal diversidad es un bien, que justifica el concepto de libertad, que resultaría innecesaria si fuéramos iguales.
Las diferencias humanas son riqueza, si sabemos aprovecharlas; porque cada sujeto participa de la verdad y de la bondad; sus aportaciones contienen un ápice fiable, de certeza y conveniencia posible, que hay que rescatar.
La libertad de pensamiento y de conducta debe ser utilizada con responsabilidad; en primer lugar, porque nadie es libre para infringir daño a otro semejante y, en segundo lugar, porque cada uno debe respetar al otro, por mera reciprocidad, en su libre expresión de opiniones y comportamientos.
La tolerancia comienza por escuchar al otro, comprender su elaboración, buscar la parte de verdad que contiene su exposición y ponerla en limpio, por si resulta útil más adelante. Después, hacer la exposición del planteamiento propio, sustanciarlo con datos de realidad, y mostrar por dónde puede haber convergencia con el contrincante; convergencia de altura, claro. De ese modo, podrá convocarse el consenso.
Con respeto a la autenticidad singular y a la libertad personal no sólo habrá tolerancia, también habrá consenso y tendrá remedio la convivencia entre seres humanos.