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TRIBUNA

Los Alberti en la Argentina

miércoles 19 de abril de 2017, 20:10h

Desde aquel remoto día en que Cristóbal Colón puso pie en el nuevo continente, hasta ahora, toda América es frecuentada por españoles. Esa ilusión del inicio es un manantial que no cesa y se renueva de manera constante con proyección hacia lo desconocido, pero con un sentimiento íntimo que casi hace desvanecer al descomunal Atlántico que nos separa. España está en nosotros. España también somos nosotros. España es nosotros. De manera fraterna, lenguaje y costumbres se han entrelazado con nuestros hábitos en un solo hecho inseparable. Y así, casi naturalmente, la península nos ha regalado una suma de personajes infinitos, enriqueciéndonos.

El admirado Rafael Alberti fue uno de ellos. Ese andaluz, que en pareja con María Teresa León llegó a nuestra tierra dejó sembrado una multitud de poemas y episodios imborrables que han sabido germinar en rotundos ejemplos. Es más, Rafael Alberti fue un argentino más y sigue siéndolo, ya que pertenece también a nuestra cultura. Rafael es tan nuestro como lo es de España porque aquí se valió de sus palabras y de las nuestras y en saludable fusión, con su lírica estremecedora, le cantó a esta tierra:

Por tu río, ciudad, puse mi pie en tu tierra.

Yo venía -lo sabes-, venía de la guerra.

Para mi tu ancho puerto no estaba dibujado

y ni remotamente todavía

soñado este canto que un día,

vecino de tu río, en su honor cantaría...

Y también a nuestra gente:

Hoy tengo horas y horas,

amigos sauces y álamos,

de pensar en la lluvia y de miraros.

Esta tranquilidad involuntaria

Este impuesto aislamiento

Me hacen estar, amigos,

con vosotros Y comprenderos [...]

Dadme la mano, amigos en el mal tiempo.

“Los Alberti", como el poeta y María Teresa eran conocidos por sus amigos argentinos, llegaron a Buenos Aires en 1940, casi de casualidad, porque el destino previsto, estimulados por Pablo Neruda, era Chile, y porque estaban convencidos de que ese exilio sería breve. Pero, como dice el profeta Isaías, “los caminos del Señor son inescrutables” y muchas veces nuestros proyectos y designios no coinciden; de esa manera, impensadamente, la pareja permaneció en la Argentina durante 24 fecundos años, y aquí les nació su única hija, Aitana. Aquí mantuvieron una incesante actividad intelectual que, en el caso de Rafael, se expresó en sus libros Entre el clavel y la espada, Pleamar, Retornos de lo vivo lejano, Baladas y canciones del Paraná y Buenos Aires en tinta china. María Teresa, en tanto, no menos activa, condujo audiciones de radio, realizó guiones de cine y escribió una extensa obra en prosa, donde se destacan la biografía de Gustavo Adolfo Bécquer, la novela Juego Limpio y Memoria de la melancolía.

“Los Alberti” se instalaron inicialmente en la provincia de Córdoba, en Villa del Totoral, una casa de campo que les prestó el dirigente comunista Rodolfo Aráoz Alfaro, hasta que lograron tener sus papeles migratorios en regla y fijaron su residencia en la capital Argentina. Pasaron, sin embargo, largas temporadas en San Pedro, un pueblo de la provincia de Buenos Aires a orillas del río, que inspiró a Rafael sus Baladas y canciones del Paraná. A esa experiencia se agregó luego la rioplatense: estimulados por Enrique Amorim, compraron La Gallarda, una casa a orillas del Atlántico, en el balneario uruguayo de Punta del Este, por la que desfilaron los más reconocidos intelectuales argentinos y orientales de la época. Aquella intelectualidad que fue tan solidaria con ellos y tan cercana. Y de la que siempre estuvieron agradecidos.

Esa lista de afectos y relaciones es vasta y brillante, incluye a personajes que van desde Victoria Ocampo y la revista Sur, a Rodolfo Aráoz Alfaro, Margarita Aguirre, el editor Gonzalo Losada, Margarita Xirgu, el compositor Juan Carlos Guastavino, el bandoneonista Alejandro Barletta, los poetas Raúl González Tuñón, Juan L. Ortiz, Oliverio Girondo, Norah Lange y los pintores, Lino Eneas Spilimbergo, Raúl Soldi y Juan Carlos Castagnino.

Según recordó Rafael ante quien escribe este artículo, “Nunca dejamos de estar rodeados de leales amigos que nos acompañaron y que fueron solidarios con nosotros en todo momento”. Pero también supieron acompañarse de compatriotas; figuras del exilio español como don Manuel de Falla, instalado en la provincia de Córdoba, visitado por los “los Alberti” cuando viajaban hasta el pueblito de Alta Gracia donde residía con su hermana el célebre autor de El amor brujo y de El sombrero de tres picos.

Como María Teresa León nos cuenta en su magnífica Memoria de la melancolía, no fue fácil para la pareja -como no es fácil para ninguna persona- superar ciertas asperezas del exilio al empezar de cero. Sin embargo, se fueron adaptando a esa nueva forma de vida y en Buenos Aires, “los Alberti” llegaron a ser tan porteños como el que más, dejando una huella imborrable entre conocidos y amigos. Esta deriva del poeta marinero y su mujer por tierras argentinas se plasmaría en un documental donde será el propio Alberti quien relate los detalles de su exilio argentino, un texto que se prodiga no sólo en prosa, sino también en poemas impecables recogidos en un volumen ilustrado por el dibujante Atilio Rossi y prologado por Jorge Luis Borges, que por razones meramente políticas no lo nombra al poeta; aunque los versos de Rafael se destacan por encima de cualquier encono ideológico:

!Qué alegría, ciudad, el ir por una acera

viendo que la de enfrente es marinera!

Para el palo del barco el mismo viento,

ciudad, que para el árbol fijo en el pavimento.

!Qué alegría, ciudad, oh qué alegría

pensar que tus balcones pueden zarpar un día

Tus primorosas casas populares,

todas una mañana se irán por esos mares!

!Qué alegría, ciudad, como veleros

Pintando de colores los puertos extranjeros

y desde una ventana, tú misma,

tú, ciudad, como la capitana!

He señalado, al empezar este artículo, que entrañablemente y por siempre, España está en nosotros. Voy ahora a mi relación con “los Alberti”. En los comienzos de los años 60’, yo era un muchacho que de la mano del poeta-editor Arturo Cuadrado, amigo y colaborador en Galicia y Madrid de don Ramón del Valle Inclán y combatiente republicano, asistía deslumbrado a los actos y reuniones culturales que se realizaban en Buenos Aires (en una de ellas lo conocí al prodigioso Ramón Gómez de la Serna). Sucedía que el ostracismo de muchos españoles, iniciado después de la Guerra Civil, marcó a la ciudad con un saludable matiz hispano. La Avenida de Mayo, inaugurada hacia principios del siglo XX con una notable impronta arquitectónica típicamente francesa, pasó a tener con la gran inmigración española, un estilo muy madrileño bastante similar al de la Gran Vía. El mítico Teatro Avenida, vecino al edificio del Congreso, era una suerte de bastión de la hispanidad; allí, Federico García Lorca presentó, en 1933, su consagratoria obra “Bodas de sangre”, protagonizada por Lola Membrives. A pocos metros, sobre la misma avenida, se encuentra el hotel Castelar, donde se alojó el poeta durante una estancia que se prolongó en Buenos Aires por más de seis meses.

Yo no tuve la suerte de conocer en Buenos Aires a “los Alberti”, apenas los vi pasar durante la exposición que Rafael hizo de sus pinturas en una galería de la calle Florida. Tuve, sin embargo, la posibilidad de tratarlos en Roma, en la casa de Puerta Garibaldi 88, del barrio Trastevere, adonde llegué acompañando al bandoneonista clásico Alejandro Barletta, otro de sus entrañables amigos de los gratos tiempos de la Argentina. A partir de ese momento se me dio el privilegio de visitarlos y alternar con personajes míticos como Vittorio Gassman, íntimo del poeta, “con quien en una clave muy especial y de secreta complicidad –como evocó alguna vez el afamado Matatore Gassman- compartíamos el gusto de brindar con buen vino Chianti, para recitar a dúo sus poemas”.

Encontré luego a Rafael en Madrid y, con un café mediante, disfruté de las evocaciones de sus años en la Argentina. En una visita que hizo a Buenos Aires en la década del ’90, participé del encuentro que tuvo con su viejo amigo, el pintor Raúl Soldi. Ya muy cansado y casi sin memoria lo vi por última vez en su casa de Puerto de Santa María.

Sobre los pormenores de su larga estancia en estas tierras, queda el testimonio de un número especial de la revista Proa que publicamos en 2006 y presentamos en su casa gaditana, hoy transformada en museo. En ella colaboraron, entre otros, Aitana Alberti, José Manuel Caballero Bonald, Juan Gustavo Cobo Borda, Helén Ferro, Gustavo Giorgi y Antonio Requeni.

Menos resignado que agradecido y siempre asombrado por ese destino que lo trajo a estas tierras, con voz emocionada, el poeta Rafael Alberti selló en versos memorables ese pacto de afecto con la Argentina, y toda nuestra América:

Bajo la Cruz del Sur

cambiará nuestra suerte.

América.

Por caminos de Plata hacia ti voy

a darte lo que hoy

un poeta español puede ofrecerte.

Roberto Alifano

Escritor y periodista

ROBERTO ALIFANO es escritor y periodista argentino, autor de algunos libros de poemas, de relatos y ensayos.

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