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AL PASO

Después de las elecciones presidenciales francesas

Juan José Solozábal
martes 25 de abril de 2017, 20:06h

Mi reacción inmediata ante los resultados de la primera vuelta de las elecciones presidenciales francesas es de alivio y esperanza. Lo que sucede en Francia siempre tiene la mayor importancia para todos, empezando por nosotros los españoles. Estupendo por tanto que Francia no haya optado por la senda equivocada, esto es, la opción chauvinista, proteccionista y retrógrada que suponían tanto la señora Le Pen como el señor Mélenchon. No se puede esperar nada de quienes en la crisis optan por más nación o sólo nación; se niegan a afrontar la globalización desde pautas racionales y competitivas; y desertan del instrumento de paz, progreso y civilización que, con todos sus defectos, es la Unión Europea.

Tengo que aclarar que no estoy equiparando el nacionalismo de Le Pen y del señor Mélenchon: no ignoro las protestas contra la islamofobia de Mélenchon ni asemejo el tratamiento antiterrorista de ambas formaciones. Pero atribuyo una gran importancia a la deriva nacionalista de la izquierda más radical francesa, que por lo demás no es de ahora, como acaba de recordar en un excelente artículo Antonio Elorza en el País, al evocar las protestas del líder comunista Georges Marchais contra la entrada de España en la Comunidad Europea a finales de los años ochenta del pasado siglo, a la que se atribuían efectos catastróficos para los intereses de los trabajadores franceses. La misma causa tienen los acentos patrioteros de Mélenchon, al hablar de Putin y condenar a Europa.

Quiero pensar de otra parte, y así explico mi reacción esperanzada ante los resultados electorales, que me parece muy positiva la apuesta francesa por Macron. Se trata de una opción optimista ante la crisis, que muestra una vitalidad de la sociedad francesa sorprendente, quiero decir, una disposición por el ensayo y la apertura que ojalá de buenos resultados. Macron parece creer en el protagonismo francés en Europa codirigiendo la Unión, lo que es muy positivo para todos, atribuyendo un rol internacional a Francia, que puede compensar las decepciones que la insignificancia política en tal nivel causa con toda razón en los franceses, que tal vez no acaban de hacerse a la idea de que el sentimiento de la grandeur patria sea cosa definitivamente de otros tiempos. Me parece, de otro lado, que se están exagerando la bisoñez y artificialidad política de Macron, olvidando las credenciales que manifiestan su procedencia de la escuela de alta formación de la administración francesa y su pasado como ministro de economía de Hollande, así como su experiencia en el sector bancario. Ya sé que el dato no es incontrovertible, pero déjenme que lo anote: hace un par de meses presencié en internet un debate en un centro de estudios europeos entre Habermas y Macron. Recuerdo la actitud deferente del político ante el maestro alemán y la soltura y razonabilidad con que Macron defendió sus propias posiciones en relación con el futuro europeo en el contexto internacional de competencia mundial en que nos hallamos. No era capaz de imaginar a ningún líder español con la cultura, modales -llámenle si quieren elegancia- y conocimiento suficientes para dialogar casi a la misma altura con el filósofo germano.

Claro que los resultados electorales no disipan las graves preocupaciones que caracterizan el actual panorama, tanto europeo como francés. Estaría mal que el triunfo de Macron –por lo demás por la mínima y sacando provecho de los propios errores de la derecha, insistiendo en las chances de un candidato quemado- se entendiese como un espaldarazo a la Unión Europea que necesita no de un refuerzo de las tesis germanas sino de un reequilibrio y corrección de sus esquemas neoliberales, asumiendo una intervención fiscal y bancaria, que evite los efectos desigualitarios de las políticas económicas practicadas actualmente. Por lo demás lo que le ocurre a la Unión apunta al nivel de su visibilidad y legitimidad, que recibirán un gran refuerzo con el apoyo explícito del Presidente francés, especialmente en la coyuntura generada por el cuestionamiento que ha supuesto el Brexit.

Por lo que hace al sistema político francés, el horizonte inmediato aparece bastante complicado, aunque el régimen del 58 no esté amenazado, si bien presenta grietas preocupantes. Es obvio que han aumentado las fuerzas extrasistema que exigen una recomposición entre los partidos tradicionales y el macronismo emergente: estaremos a la espera de los resultados de las legislativas de Junio, dando por descontado que no habrá sorpresa en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, en donde se mostrará el grado de volatilidad del tablero francés, porque tampoco hay que descartar cierta recuperación de los grandes perdedores de ayer, comenzando por el partido socialista. Seguramente lo que vendrá será una necesaria cohabitación entre el Presidente de la República y un parlamento no plegado a sus directrices. Pero, creo, no parece que ni los viejos partidos ni el macronismo quieran forzar una operación constituyente que corrija los cimientos del semi-presidencialismo de la Constitución de 1958.

Si la dimensión institucional del régimen no está especialmente cuestionada, lo mismo, hasta cierto punto, puede decirse del sistema social. La crisis de la economía francesa no debe hacer olvidar que el nivel de desempleo en el país galo es fácilmente asumible, al menos en comparación con otros estándares como el español, de modo que los requerimientos de modernización pueden ser emprendidos sin mayores problemas, a pesar de las bromas del Economist sobre las dificultades de los sindicatos para aceptar la apertura en los domingos de los grandes supermercados, o la longitud, unas novecientas páginas, del Código del trabajo francés.

Otra cosa sucede con la cultura política francesa que aparece con una divisoria muy grave en relación con el tratamiento de la emigración y la política antiterrorista, donde las posturas liberales y conservadoras son claramente opuestas y no coinciden exactamente con el enfrentamiento de Macron y Le Pen, sino que apuntan a hendiduras más profundas. Un reciente libro sobre el pasado de Francia, acaba de mostrar que hay un encaramiento totalmente diferente en el modo de entender la identidad francesa y su historia, que indica la necesidad de repensar sobre esquemas de inclusión, tolerancia y pluralismo el pasado francés. Hay entonces una guerra sobre la historia francesa, quiere decirse, sobre el modo de entender los valores del pasado nacional y los principios para afrontar el futuro, que reclama un diálogo inevitable. El libro en cuestión, que se ha convertido en un best-seller con casi cien mil ejemplares vendidos desde su aparición en Marzo es un reader dirigido por el medievalista Patrick Boucheron con la colaboración de 122 autores, bastantes de ellos jóvenes académicos, Histoire mondiale de la France al que se refiere el comentario de Robert Darnton en el blog semanal de The New York Review of Books. Se trata de un libro interesante por su metodología: breves relatos en 146 entradas que se refieren a episodios concretos, o años en los que han ocurrido acontecimientos determinados. No hay un hilo de narración ni existe la voluntad de encontrar las grandes causas de la historia, esto es, la operación de elementos o estructuras de larga duración al modo de Braudel, o el despliegue en el tiempo, de una nación esencial constante, como gusta a la historiografía tradicional. Tampoco se atiende a la espuma de la historia o hechos singulares o concretos, sino a sucesos o indicadores significativos, que dan cuenta de la influencia en Francia de corrientes o actuaciones de fuera, así como de la apertura de la nación francesa a la emigración, o el ejercicio por parte del Estado de una práctica del asilo. Un libro que ha concitado la oposición de la derecha académica (furibunda por ejemplo de Alain Finkielraut o Éric Zemmour), pero que apunta a la necesidad de entender la Francia actual, asumiendo su pasado ciertamente pero sobre parámetros de integración, apertura y tolerancia, sin miedo a la inmigración, apostando por un protagonismo determinante en Europa, y confiando, en suma, en la capacidad incluyente de los grandes objetivos de la Revolución francesa.

Juan José Solozábal

Catedrático

Juan José Solozabal es catedrático de Derecho Constitucional en la Universidad Autónoma de Madrid.

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