Juan José Laborda
JUAN JOSÉ LABORDA MARTÍN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
TRIBUNA
Prejuicios filosóficos del Papa
La justificación por la fe fue el descubrimiento espiritual de Martín Lutero. El creyente no necesita intermediarios, clérigos distintos a los demás fieles, para dirigirse a Dios directamente, a través de los Libros Santos. La Revelación se terminó cuando Cristo murió en la Cruz. Estas nociones emanciparon las creencias cristianas del poder estatal, y también, del conocimiento filosófico y científico.
Y esa sigue siendo la distinción fundamental de la Iglesia Católica respecto a las demás confesiones cristianas. Este Papa me recuerda en sus actitudes, y en su preocupación por las ideas, a su antecesor Pio IX, el pontífice que perdió los Estados Pontificios, y que con su encíclica Syllabus, condenó todo lo que le parecía novedades erróneas: la ciencia moderna, el pensamiento libre, el nacionalismo, el liberalismo, el socialismo, la autonomía de la sociedad civil, y hasta 80 errores más.
Pio IX se alejó de las demás confesiones cristianas al declarar, en el Concilio Vaticano I, la infalibilidad del papado en cuestiones dogmaticas, algo que a la altura de 1870, chocaba con sociedades que se basaban en los derechos humanos, la libertad individual y el pensamiento científico.
Benedicto XVI se parece a Pio IX en que siente que la Iglesia que él representa, es una Iglesia que sufre persecuciones. Sus palabras comparando el “laicismo actual” con el “anticlericalismo de la Segunda República”, parecen añorar el martirio de sus fieles. Pero la realidad es que ni siquiera existe ese laicismo. Lo que hay es más bien indiferencia, la manifestación de una sociedad de masas, laica pero sin esforzarse con las ideas.
Theodor W. Adorno, un famoso pensador alemán del siglo pasado, escribió, en un ensayo sobre la Ilustración, que el mayor enemigo de la metafísica no eran teorías contra ella, sino “la goma de mascar”. En otras palabras, el consumismo, antídoto, entre otras cosas, de una religión de mártires.
Como Pio IX, el Papa Ratzinger sigue declarando los errores de este tiempo. Lo hace manifestando una preocupación dramática. Advierte que esta sociedad, que vive “libre y feliz como la sociedad suiza” (Churchill lo dijo de Europa), va por mal camino.
En mi opinión, la pérdida de influencia de la Iglesia se debe a que ésta no habla de la fe, sino de las costumbres. Como me dijo hace poco un clérigo católico, el episcopado actual, mayoritariamente, sabe mucho Derecho Canónico, y pasa de largo sobre las discusiones filosóficas de nuestro tiempo.
Y aquí nos encontramos con la herencia intelectual de Lutero. El pensamiento cristiano, la fe en el Cristo del Evangelio, tiene que liberarse de la asfixiante armadura de filosofías medievales, convertidas en pensamiento dogmático por Santo Tomas, y demás “doctores de la Iglesia”.
Esas nociones, por más que el Papa lo sostenga, han dejado hace siglos de explicar el mundo. Así, cuando la Iglesia se opone al divorcio, lo hace porque tiene una visión materialista (Aristotélica) del amor. Si alguien no podía “consumar el matrimonio”, es decir, si el hombre era impotente, se le anulaba la boda. Ahora bien, si no existía amor espiritual, el matrimonio, sin embargo, era considerado un sacramento indisoluble.
El rechazo a la despenalización del aborto, o a las técnicas actuales de fecundación in vitro, se basan en una peculiar idea neoplatónica sobre que los óvulos fecundados son personas diminutas, “homúnculos”. A cuenta de esos prejuicios, el Vaticano ha hecho saber su disgusto por la concesión del Nobel de Medicina, a Robert Edwards. La obsesión por el sexo, como dijo John Rawls (un filosofo del Derecho que fue cristiano), es consecuencia de las influencias maniqueas. El cuerpo no significa todo lo malo, sino que es el templo del espíritu.




