Columna salomónica
Adúlteros y cornúpetas
Cada dos o tres semanas, a veces menos, científicos anglosajones o escandinavos descubren algo. La abracadabrante costumbre demuestra que el hombre avanza por buen camino en su ofensiva contra la naturaleza. Uno tras otro, los misterios se desvanecen. Gracias al conocimiento pronto no habrá nada que comprender. El mundo volverá a ser un paraíso, un paraíso sin árbol de la sabiduría, oportunamente talado por la ciencia para evitar tropezones.
Los hallazgos, en verano, suelen guardar relación con el sexo, feliz coincidencia que, amén de alimentar periódicos, escuálidos debido a la dieta política estival, picardea los chiringuitos recordando a los bronceados clientes que no todo tiene que ser pescado. Este año, con el rodar de marcas olímpicas y cotizaciones bursátiles, hemos sabido que las bellas proporciones (no las áureas medidas renacentistas, sino el neumático sesenta-noventa-sesenta) responden a una sutil estrategia evolutiva, que el sex-appeal tiene más que ver con la biología que con la cultura y que la infidelidad se debe a la presencia en el organismo de un gen responsable de la gestión de la vasopresina, hormona pecadora que trae por la calle del adulterio a sus portadores. Los admiradores de Madame Bovary ironizan con tales descubrimientos, pero son críticas de pompa y circunstancia, a las que no es preciso hacer caso. Como dijo Voltaire: “hay que marchar siempre bromeando por el camino de la verdad”.
Milagrosamente, con una regularidad que conmociona, arcanos contra los que se estrellaron los mejores intelectos del pasado empiezan a tener nombre. Si nada lo evita, hasta Mefistófeles se verá obligado a registrarse en las listas del paro. ¿Quién le venderá el alma sabiendo que el destino está escrito en sus entrañas? La genética ha descubierto que el cuerpo humano es otra piedra de Rosetta donde se encuentran grabadas las líneas fundamentales de la vida. Basta con descifrar los jeroglíficos de la carne, garrapateados en caligrafía genética y lengua cromosómica, para que todos sus secretos se abran igual que una rosa.
La ciencia moderna supone que la realidad, o sea, aquello que experimentamos ordinariamente, constituye un grave impedimento a la hora de conocer la verdad. Esta paradójica convicción ha resultado muy útil en el estudio de los fenómenos físicos y da la impresión de que ahora comienza a serlo también en el de los espirituales. Los sabios actuales trabajan por ello convencidos de que reduciendo la complejidad del alma a la simplicidad de la química o la genética van por el buen camino. Pronto sabremos que el hombre es sólo un accesorio en la vida de su organismo. No hay responsabilidad, no hay libertad: somos títeres de un cuerpo, muñecos uncidos al yugo celular. El “conformismo orgánico”, por usar la expresión acuñada por Danilo Kis para describir el estado de los torturados cuando cesa la tortura (el más idóneo a la hora de rendir su voluntad), es la clave de la erradicación de la mala conciencia, esa sombra ponzoñosa que arrastramos desde que salimos del paraíso.
Yo no tengo opinión formada sobre estos asuntos. Ignoro quién mueve el tiovivo de las pasiones y los sentimientos. Hace tiempo, sin embargo, que recelo de la ciencia. Encuentro sus verdades terriblemente vulgares. Las abrazaría de todas formas con gusto si creyera al menos que pueden ayudarnos a cometer menos errores. Pero lo dudo. Más bien me inclino a pensar que, con su afán por librarnos del bulto de la responsabilidad, nos está inyectando esa clase de fe alrededor de la cual acaba siempre por desplegarse el dogma, la eterna senda trillada.
Volviendo al asunto de la infidelidad, lo asombroso de estos descubrimientos es la sospechosa correspondencia existente entre estructura genética y categorías mentales. Aunque siempre habrá a quien no le baste con su pareja y a quien le sobre, la noción de fidelidad gotea cultura por todos sus poros y hace pensar en otras como la de honor que hemos visto eclipsarse a causa de la democracia y el preservativo. No pretendo epatar a nadie, pero me temo que ninguno de estos hallazgos hubiera sido factible si a nuestros científicos les fuera indiferente “rastrillar el aire con las dos sienes”. Tal limitación tizna de hollín histórico sus especulaciones, aunque abre desde luego posibilidades inmensas a la investigación, pues si hay un gen del adúltero, debe haberlo también del cornudo, modalidad biológica que, como todas, debe ser a efectos evolutivos muy ventajosa, muy práctica y manejable.




