Amores furtivos
sábado 09 de julio de 2011, 17:40h
Ashley Madison, empresa líder en la organización de aventuras extraconyugales, puede ufanarse de poseer los mejores publicistas del mundo. Apenas una semana de campaña le ha bastado para convertir sus labores de alcahuetería virtual en res publica. Por si fuera poco, los costes van a ser mínimos, pues sus anuncios, un spot televisivo y un cartel, han sido retirados casi al momento de exhibirse. El primero, una tórrida cena protagonizada por una pareja casada, aunque no entre sí, acaba con este mensaje: “La vida es corta. Ten una aventura”. El cartel, un silogismo formado por una pregunta (¿qué tienen estas realezas en común?), tres fotos (del príncipe Charles, el rey Juan Carlos y Bill Clinton) y una conclusión (“deberían haber utilizado Ashley Madison”), abunda maliciosamente en la misma idea. Desde la prohibición, una muchedumbre visita diariamente la página web de la empresa y varios miles han contratado sus servicios. El número es de hecho tan alto que España se ha convertido de la noche a la mañana en una mina para el negocio del adulterio.
Que este es un negocio de verano, como el chiringuito y la terraza, lo hemos visto otras veces en esta columna. Les remito por ejemplo a un artículo de hace tres años, “Adúlteros y cornúpetas”. Entonces la noticia fue el hallazgo del gen de la infidelidad, un gen responsable de la gestión de la vasopresina, la hormona del adulterio. Desconozco en qué quedó aquel estudio, pero si lo cruzamos con los resultados que acaba de obtener Ashley Madison en España, parece que están produciéndose mutaciones en la trama genética de los celtíberos. ¿Otro efecto de la burbuja inmobiliaria?
Lo dudo. Las probabilidades de que la infidelidad tenga que ver con los genes es mínima. A la ciencia le ha pasado siempre con el ser humano lo que, según Hume, le pasaba a Newton con las damas: “sus teorías pueden explicar cualquier movimiento salvo el contoneo de las mujeres”. Ni Punset ni sus premios Nobel llegarán nunca a saber de los mecanismos de la infidelidad la mitad de lo que sabe el último botones de Ashley Madison. Y eso que para comprender el asunto basta con leer Madame Bovary, la novela que presentó por primera vez la aventura erótica como una forma de huída de la decepcionante rutina de la vida moderna.
Aunque la técnica contemporánea ofrece multitud de medios para combatir la fatiga de vivir (el tedio, la acedia, la melancolía, el spleen, la depresión, como ustedes gusten llamar a la flaccidez o frigidez que a veces nos posee), nada puede compararse en eficacia a un corazón henchido por el deseo. La pasión erótica siempre tendrá a su favor la intensidad con que se manifiesta y su poder para volver maravillosa la existencia. Es justo lo contrario de lo que le suele pasar al matrimonio, una institución en la que el deseo, enjaulado como un pájaro, termina sintiendo nostalgia de un cielo que tal vez nunca haya conocido, pero en el que sin duda ha soñado. Ashley Madison es consciente de ello y como sabe, además, que nuestros cánones eróticos, sexuales y sentimentales, proceden de una tradición que languidece, ha resuelto explotar el negocio de los amores clandestinos, otrora pecaminosos y dolorosísimos.
El matrimonio, como sacramento, aglutinaba una multitud de elementos: la garantía genealógica, el patrimonio, el deseo sexual, el sentimiento. Al desmoronarse la idea que lo sustentaba (la inmortalidad del alma), todos estos elementos se han desintegrado. ¿En virtud de qué principios puede proclamarse hoy que los cónyuges no deben satisfacer sus deseos fuera del matrimonio?, ¿acaso los deseos no pertenecen a un orden completamente distinto del de los afectos?, ¿qué sentido tiene entonces esa confiscación de la pasión erótica del compromiso matrimonial?
En un anuncio que la multinacional del celestinaje emite en el extranjero se ve a un matrimonio comiendo en un restaurante. Las miradas que cruzan entre sí son de hastío, pero no las que echa él a la camarera o ella a un apuesto comensal situado en la mesa de en frente. La languidez deja paso entonces a la fascinación. Los romanos acuñaron esta palabra para referirse a la presencia del deseo. Fascinum era el nombre de un amuleto con forma de falo erecto que las mujeres empleaban contra el mal de ojo, causa de la impotencia. Lo peor que le podía pasar a un hombre era la falta de deseo. Lo peor que podía ocurrirle a una mujer era ser incapaz de despertarlo.
Los antiguos aristócratas se desposaban por razones de conveniencia. De ahí que en sus círculos fueran consentidos la querida o el amante. Hoy los matrimonios se contraen por amor, pero el amor a la larga se enfría y son las conveniencias las que terminan imponiéndose. Los encuentros extramaritales pueden ser, por eso, a juicio de los más avanzados, una medida higiénica, un respiro. No siempre hay que recurrir al divorcio. ¿Acaso no es absurdo tirar por la borda todo lo que se ha construido junto al cónyuge a causa de un apretón momentáneo? El adulterio puede llegar a ser como unas vacaciones, un paréntesis en lo cotidiano. Hay ejemplos notables de ello en la historia. Se sabe, por ejemplo, que en villa Pisani, una de esas fastuosas mansiones que los patricios venecianos construyeron a orillas del Brenta, se celebró en cierta ocasión un baile al final del cual fueron sorteadas entre los varones las habitaciones que antes se habían asignado a las damas. Lo peor que aquel día le podía pasar a uno es que le tocara dormir con su esposa o su esposo. En fin, quizá no haya que ser un hombre de hígado melancólico ni una mujer uterina para comprender que mucho peor que no satisfacer el deseo es perderlo.
Esto es lo que piensa Ashley Madison y, por eso, su propuesta de reconquistar el deseo, el placer, la alegría de vivir. Tenga usted una aventura, nos dicen, pues aunque el matrimonio esté bien, la vieja reglamentación marital no se corresponde ya con el espíritu hedonista de los tiempos. De algún modo, los amores clandestinos no son tan malos. Yo no sé qué decirles. De lo único que estoy seguro es de que hay gente que intenta volver confortable el nihilismo.