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El Ejército furioso

Joaquín Albaicín
viernes 16 de marzo de 2012, 20:58h
Varios amigos se nos quedaron en la trinchera del paso del año viejo al nuevo: Jorge Berlanga, Maleni Loreto, Bonifacio Alfonso, Gonzalo Torrente Malvido… Luego, apenas hollado el 2012, Enrique de Melchor. Y, un poco más adelante, Pepe Peregil, saetero y tabernero, manantial de alegría, bondadoso y jovial, emblema como pocos de la sevillanía marchosa y enraizada. ¡Taponaron los ramos de flores la entrada cerrada a su taberna “Quitapesares”!... El obituario de Gonzalo lo leí en el AVE. Dada la fecha (28 de enero), y pese a firmar el artículo su propio sobrino, barrunté por un momento que pudiera tratarse de una inocentada urdida por el mismo finado. Ya Aleister Crowley, un cantamañanas al lado de él, fingió y publicitó en la prensa portuguesa su propia muerte con no otro fin que burlarse de Pessoa. Mas, a tenor de que Gonzalo aún no ha reaparecido, me temo que no ha sido el caso.

Al menos, no me cabe duda de que todos han partido en la caravana de los Reyes Magos, y no en la galopada del Ejército Furioso, el fragor de cuyos cascos llegó a mi buzón muy poco antes de que el cortejo de Sus Majestades abandonara con todos sus pertrechos tierras iranias para cumplir su misión de repartidores de ilusiones. “El Ejército Furioso” -una mesnada de almas en pena desde los tiempos de las Cruzadas, equivalente normando de la famosa Santa Compaña de los bosques galaicos- da título a la nueva novela de la genial Fred Vargas, publicada como todas las suyas por Siruela y que era, de antemano, una de las “delicatesen” literarias más tentadoras al paladar en esta última Navidad.

Poder recostarse a leer un libro es un lujo, no vayan a creer que no. El viento no siempre sopla de cara. Mismamente, escojamos al azar un año.

Por ejemplo, 1967. Si estabas en Madrid, podías irte de copas con Yul Brynner y Robert Mitchum, que aprovechaban cada descanso del rodaje de “Villa cabalga” para sentarse en barrera a ver torear a “Antoñete” o dejarse caer por “Los Canasteros” o “El Duende”, reinos de “Caracol y “Gitanillo de Triana” donde armaban, cada noche, el taco “La Polaca” o “Faíco”. O acompañar a Yale o Tico Medina en sus correrías por el aeropuerto de Barajas a ver si atisbaban las piernas de Rossana Schaffino o arrancaban unas declaraciones a Elsa Martinelli o Jaime de Mora…

Pero, si 1967 te pillaba en la jungla boliviana, fácilmente podía levantarte los pies del suelo la acometida del Ejército Furioso, que, a la misma hora en que Tico daba fuego a la Schaffino, estaba arramplando con el “Ché” y sus secuaces. Entre una juerga y una escabechina, la diferencia –no me lo negarán- es considerable. Más o menos, como la existente entre Fred Vargas y la mayor parte de los autores de novela policíaca a quienes, últimamente, he leído. A tiro de tanto talento en forma de carga de caballería, sí que merece la pena ponerse.

Sin por ello, claro, despreciar las copas. Porque lo cortés –ya saben- no quita lo otro.
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