La columna salomónica
El lapsus
El lapsus linguae es una equivocación cometida al hablar. En vez de decir lo que queremos decir, decimos otra cosa. Se trata de un fenómeno corriente y sin importancia, aunque no exento de significado.
La falta de importancia depende, claro, del contexto. El estudiante que dijo que los flamencos son aves que viven en aguas fandangosas seguramente pagó por su error, pero fue un error disculpable, como lo es también el que cometen muchos novios en el altar al prometer filecidad, o algo por el estilo, antes que la fidelidad exigida ritualmente en los esponsales.
Que un estudiante atribuya el Elogio de la locura a el asno de Rótterdam es un disparate, no un lapsus: que escriba en un examen Plantón y no Platón (error que, según parece, y a despecho de lo que pueda decir la dulce Bibiana, cometen más las chicas que los chicos) indica que, en ese preciso momento, le asaltan otras inquietudes aparte las filosóficas.
Tanto el lapsus cálami, cometido al escribir, como el lapsus linguae, cometido al hablar, los estudió Freud en su obra Psicopatología de la vida cotidiana. La explicación que allí ofrece del fenómeno es muy sencilla. Los hombres tenemos preocupaciones que debemos apartar de la conciencia a fin de poder realizar con normalidad nuestras tareas habituales. Tal apartamiento no es siempre exitoso. A veces, de forma inesperada, como si se hubiera abierto una trampilla en el escenario de nuestra mente y por ella ingresara un elemento perteneciente a otro plano, decimos algo diferente de lo que pretendíamos decir. La situación suele ser ridícula, embarazosa (qué se lo pregunten a los donjuanes que equivocan el nombre de sus conquistas) o delatora. El ejemplo de antes puede servir de ilustración. La chica ha discutido con su novio, está preocupada, pero debe hacer un examen sobre Platón y esto exige que olvide su problema personal durante un rato. Ella lo hace, pero su inconsciente irrumpe en medio de la tarea y en vez de escribir Platón, escribe Plantón. No hay que ser un genio de la penetración psicológica para interpretar lo ocurrido.
El lapsus dice siempre mucho de lo que preocupa a una persona y también de la pobreza y riqueza de su inconsciente, o sea, de su vida. Freud pone algunos ejemplos de ello en su libro. A mí el que más me gusta es aquel que refiere una conversación con un joven judío que quiso concluir su parlamento acerca de la ominosa situación del pueblo hebreo rememorando un verso de la maldición de Dido en el canto IV de la Eneida de Virgilio: “exoriare aliquis nostris ex ossibus ultor” (“surge tú, cualquier vengador, de nuestros huesos”) El joven recordaba todas las palabras salvo aliquis y tuvo que pedir ayuda a Freud. Luego, sugirió que le demostrara el poder del psicoanálisis aclarando el sentido del olvido. Freud prometió hacerlo a condición de que respondiera sinceramente a las preguntas que iba a formular. No cabe exponer aquí los detalles del interrogatorio; han de conformarse con saber que éste empezó con una asociación de palabras (el joven fue pasando de la palabra olvidada a liquis y de liquis a líquido y de líquido a fluido y de fluido a la sangre de los santos y de los santos a la visita que hizo a Nápoles junto a cierta dama para asistir al milagro de San Genaro, cuya sangre coagulada se conserva en una ampolla y se vuelve líquida una vez al año) y acabó con la revelación, por parte de Freud, de que el joven estaba preocupado porque esperaba noticias de aquella dama, a quien se le había retrasado el período y tal vez estuviese embarazada.
El ejemplo anterior quizá resulte demasiado redondo para tomarlo en serio. Vale, sin embargo, como prueba de que el psicoanálisis freudiano constituye virtualmente un procedimiento detectivesco. La conciencia es una máscara tras la cual se oculta nuestro verdadero ser. Un lapsus nos expone de improviso a la mirada escrutadora del otro. Esto lo comprendió a la perfección el autor de Elemental doctor Freud, novela (yo conozco la versión cinematográfica solamente) en la que Freud y Sherlock Holmes comparten sus métodos a fin de resolver un arduo caso policiaco. Que el método de Freud pueda ser aplicado por gente indocta es dudoso, al menos si el lapsus lo cometen personas cultas, capaces de recurrir a la maldición de un personaje literario para execrar a los verdugos de su pueblo. En cambio, tratándose de personalidades simples, con un inconsciente de casa del pueblo, sin tensiones espirituales que les hayan obligado a cultivarse, cualquier aficionado puede ir muy lejos en sus indagaciones. Para que luego digan que el latín no sirve para nada.




