Empresas de bajo riesgo
José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
miércoles 24 de febrero de 2010, 19:40h
Un eje fundamental del “falso capitalismo” o “capitalismo trucado” es la posibilidad de crear empresas “de bajo riesgo”. Me refiero, entre otras cosas, a un concepto básico de economía: la externalización de costes. Cuando un negocio, durante el proceso de producción se beneficia de insumos que no ha tenido que incluir en su contabilidad o genera consecuencias no asumidas por éste decimos que está externalizando costes.
Algunos autores incluyen aquí elementos tan sutiles como la educación de los empleados, de cuyos frutos se benefician directamente los productores y que en la mayoría de los casos es asunto de entidades públicas o privadas, pero por lo general, diferentes a quien les contrata. Una forma muy común para expulsar costes del proceso productivo son las becas y puestos de prácticas. Todo el importe que una empresa se ahorra en la contratación de un trabajador, hasta llegar a un mínimo necesario para su subsistencia será asumido por otra parte, ya sea el propio agraciado mediante el pluriempleo, su familia a través de renta directa o indirecta, o el Estado a través de ayudas.
El ejemplo típico para explicar el concepto de externalización es la contaminación industrial. Los residuos generados por una compañía conllevan unos costes (ecológicos, sanitarios, etc.) de los cuales no se responsabilizan. Las cuotas e impuestos no evitan la fuente del problema ni crean soluciones al mismo. Y en los casos más extremos, como el del Prestige, fue la acción tanto de voluntarios como de personal contratado por la administración pública la que tuvo que encargarse de las consecuencias que conlleva una actividad empresarial irresponsable y exenta de responsabilidad.
De los costes sociales tampoco se quiere encargar nadie: deslocalización, reestructuración, despidos masivos... El desarraigo del capital puede ser desgarrador, pero cuando conviene, son las leyes del mercado las que cuentan. La estabilidad y la seguridad son conceptos de otro siglo, la flexibilidad golpea bajo y con orgullo.
Tanto el rescate de bancos como el de barcos nos hace ver que aventurarse en el maravilloso mundo empresarial puede ser algo más cómodo de lo que uno piensa. Delegar el estrés en otras personas es fundamental, de lo contrario no tiene sentido meterse en esos berenjenales. Invertir en productos financieros frágiles u operar en entornos hostiles son ejemplos de movimientos que conllevan un alto riesgo, y esperar que sean otros quienes luego vengan a deshacer el entuerto si las cosas salen mal es una actitud cobarde por parte del empresariado. Lo más grave probablemente es a que dichos emprendedores nadie les quita la licencia para seguir jugando a la ruleta con lo público.
Así claro que sale a cuenta montar una empresa y hacer negocios. Comprar un piso con una hipoteca en cambio, sí que es toda una aventura. El banco gana sí o sí, pero el pseudopropietario se arriesga a quedarse en la calle, sin casa y sin lo que ya ha pagado. La “sociedad del riesgo” que presentase hace ya tiempo U. Beck está generada en gran parte por iniciativas empresariales irresponsables con el medio ambiente y con la sociedad, pues son éstas las que nos hacen dudar del mañana.