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Kotor: un fiordo en el sur

viernes 19 de febrero de 2010, 15:48h
En plena península balcánica, estuarios, bahías y playas conforman una llanura costera que acaba abruptamente por la presencia de masas rocosas que superan los mil metros de altitud, con montes, como el Orejen y el Levcen, que duplican esos límites y dejan caer su oscura sombra sobre la bahía de Kotor, uno de los paisajes más hermosos y sorprendentes del Mediterráneo.

Las azules aguas del mar Adriático se internan en un entrante conocido como Boka Kotorska o bocas de Kotor, formando una bahía cerrada, casi una circunferencia de 25 kilómetros, rodeada por acantilados. Kotor es un tesoro y una rareza de la naturaleza. No es una bahía ni un golfo en el sentido científico del término. Puede que se trate del cráter de un volcán apagado o sea el cañón de un río sumergido, lo que sí es real es su hermoso contorno, un accidentado y verdadero fiordo, el más meridional de Europa. Con sus cristalinas aguas, sus montes oscuros, casi negros, de escasa vegetación, la espectacular bahía de Kotor da una hermosa bienvenida a quien desde Croacia se adentre en Montenegro.

Donde termina la Croacia meridional, veinte kilómetros al sur de Dubrovnik, se encuentra la República de Montenegro. Nada más atravesar la frontera, aparece Kotor, espléndida, hermosa, única, un verdadero tesoro natural en la costa de Dalmacia. La “perla del Adrático” quita protagonismo a la casi desconocida bahía y la también ignorada ciudad de Kotor, también amurallada como la primera, también de influencia veneciana, también hermosa pero más humilde, menos altiva que la antigua república de Ragusa.

Desde la frontera sale una carretera que bordea el fiordo. A la sombra permanente del impactante macizo montañoso de los Balcanes, bajo los altos acantilados, el zigzagueante camino transcurre a la orilla de las serenas y tranquilas aguas dálmatas desde donde se contemplan las diminutas islas de Sveti Dorde y Gospa que surgen en el centro del golfo. También atraviesa las pequeñas poblaciones que pueblan la bahía: Dobrota, Risan y Perast hasta llegar a la ciudad de Kotor.

Kotor, además de dar nombre al conjunto, es una ciudad hermosa e interesante, amurallada, bien preservada, con una típica urbanización medieval, con una compleja y complicada historia, tan propia de la zona. Kotor era conocida en época romana como Acruvium o Ascruvium. Formaba parte de Dalmacia, una importante provincia imperial como atestiguan los espléndidos restos arqueológicos todavía visibles en Pula, Zadar o Splitz. Ha sufrido toda clase de invasiones. Bizantinos, sarracenos, búlgaros la ocuparon antes que la República de Ragusa (Dubrovnik) la incluyera en su lucha contra Venecia por el control del comercio en el Mediterráneo Oriental. Venecia se impuso y Kotor estuvo bajo la férula de los dogos entre 1420 y 1797, excepto un corto periodo en manos otomanas. Tras el Congreso de Viena de 1815 pasó a formar parte del Imperio Austrohúngaro en el que se mantuvo cien años más. Tras la derrota de los Hausburgos en la Primera Guerra Mundial, Montenegro y Kotor configuraron junto a croatas, bosnios y eslovenos el reino de Serbia para formar más tarde la extinta República de Yugoeslavia. Montenegro y Kotor se independizaron en junio de 2006.

Una muralla de 4,5 kilómetros de perímetro rodea Stari grad, la ciudad vieja, que fue construida entre los siglos XII y XIV, escalonada desde el puerto hasta la fortaleza de San Iván que sobrevuela la ciudad desde sus 60 metros de altura. La arquitectura de la ciudad respira influencia veneciana, visible en sus calles estrechas, placitas encantadoras, pavimentos de piedra, casas blasonadas y pequeños palacios que se entremezclan con una serie de monumentos religiosos como la románica catedral de San Triphón del siglo XII, las iglesias de San Lucas, Santa Ana, Santa Maria, todas también construidas entre los siglos XIII y XIV. Gracias a esa arquitectura medieval y a las bellezas naturales de la región la Unesco declaró en 1979 al conjunto de kotor patrimonio de la humanidad.

A ese nombramiento contribuyeron Dobrota, tan veneciana, y Perast, un tranquilo pueblo barroco, con la Catedral de San Nícola, también veneciana. En toda la zona, no sólo la bahía de Kotor, es visible la impronta de los dogos, la misma que todavía es palpable en numerosas ciudades del Adriático y mediterráneo Oriental. Desde Trieste hasta Grecia, la zona respira italiano. Pese a los hausburgos, pese al mariscal Tito, la forma de vida, la gastronomía, las costumbres siguen siendo Italíanas.

Isabel Sagüés

Periodista

Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO

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