www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La Iglesia Católica

José María Herrera
sábado 11 de abril de 2009, 15:13h
Benedicto XVI cumple este mes su cuarto año como Pontífice. Cuatro años suele ser el período que los estados democráticos otorgan a los gobernantes antes de consultar a los electores. En la Iglesia no ocurre así porque la misión del Papa, que es un monarca vitalicio y absoluto, no es política, sino espiritual. El Papa no da cuentas de sus actos a nadie. Evitar que tuviera que hacerlo fue el motivo por el que se creó el moderno Estado Vaticano. Políticamente se trata de una prerrogativa asombrosa. Espiritualmente, de una carga sobrehumana.

Benedicto XVI tiene ochenta y dos años y para muchos representa al ala menos flexible del catolicismo. Su pontificado está siendo por ello muy discutido. No pocos creen que el colegio cardenalicio se equivocó al escoger como sucesor de Juan Pablo II a una persona demasiado culta e inteligente. Estas cualidades son buenas para entender la época, no para hacerse entender por los hombres que viven en ella.

La elección de un pensador es un indicio de que a la curia le preocupa el futuro de la Iglesia. Esta ha pasado por etapas muy difíciles, aunque ninguna como la presente. Lo que ahora está en entredicho es su propia supervivencia. El espíritu religioso parece incompatible con la época. Y no sólo él, también el espíritu artístico o el filosófico. Los estudiosos hablan del fin de la filosofía y de la muerte del arte. Cualquier discurso que huela a trascendencia se tilda de anacrónico. La secularización está tan avanzada que ni siquiera los creyentes parecen dispuestos a seguir tomando en serio el más allá. Este ha caído en el mismo descrédito que el creacionismo y la cosmología bíblica, los ángeles y los demonios, la liturgia, la idea de un Dios que premia y castiga, etc. Muchos cristianos creen un error concebir el reino de Dios como un asunto del más allá en vez de como un proyecto histórico encaminado a transformar la sociedad desde el Evangelio. Para ellos, el hombre se hace en la historia y una religión concebida a la manera medieval, que es la de la Iglesia, no tiene sentido. Su posición sobre el preservativo o la homosexualidad dependen de una concepción de la naturaleza completamente trasnochada. La jerarquía no acaba de entender que aceptar su autoridad espiritual significa aceptar la autoridad del pensamiento escolástico. Esto es demasiado. ¿Con qué derecho se impone éste como criterio para decidir sobre el sentido de la palabra divina? Es lo que denunciaron Lutero y los humanistas, quienes más que rechazar el poder de la Iglesia, rechazaron el poder de sus ideas, unas ideas adoptadas en la época de su mayor apogeo (siglo XIII) y luego fosilizadas en una filosofía perenne.

A mediados del siglo pasado la situación era insostenible y Juan XXIII decidió convocar el Concilio Vaticano II. Había que sacar a la Iglesia de su ensimismamiento y abrirla a un mundo nuevo. La visión heredada debía ser puesta al día. Ponerse al día significaba deshacerse de las viejas ideas y adquirir otras nuevas, aunque preservando lo esencial, es decir, aquello que, por definición, no es ni nuevo ni viejo. Esto era lo difícil. De hecho, a muchos les pareció que el concilio se dejó influir desorbitadamente por el marxismo, entonces muy popular, y que el llamado “giro social” de la Iglesia constituía una interpretación exagerada del Evangelio. Hombres que habían jugado un importante papel en los debates, como Juan Pablo II, nativo de un país donde el comunismo no era una idea, sino una realidad, consideraron preciso un rebajamiento de las pretensiones conciliares.

Los más progresistas creen que los papados de Wojtyla y Ratzinger han supuesto una involución. Si por involución se entiende estancamiento, ciertamente es así. Cuanto más se movía Juan Pablo II por el mundo, más paralizada estaba la Iglesia. El error es interpretar este proceso como una vuelta a atrás. Ni Juan Pablo II ni Benedicto XVI han añorado el pasado. Su desconfianza hacia el presente y, en general hacia la Historia, se basa en la constatación de que la racionalidad moderna también está en crisis. Prefieren la tradición, con sus miserias, a la deriva ideológica contemporánea –deriva que, bajo el parasol de la ciencia, y como le pasó a la Iglesia con la escolástica, lleva a confundir la ornitología con los pájaros: marxismo con historia, darwinismo con naturaleza, etc. Basta con analizar el uso que se ha hecho del concepto de opresión, tan decisivo en el último siglo (los oprimidos eran primero los trabajadores, en nombre de los cuales había que liquidar el capitalismo; luego, tras el Mayo del 68 y la caída del muro, resultó que los oprimidos se volvieron opresores, pues no era el sistema económico, sino una cierta mentalidad la causa de la opresión, sufrida por las minorías: homosexuales, mujeres, discapacitados), para darse cuenta de que el llamado “progreso” es un fenómeno que ocurre fundamentalmente en el ámbito del entendimiento vulgar, donde unos prejuicios son reemplazados por otros sin ninguna reflexión, igual que las modas. ¿Se puede pedir al Papa que conduzca el rebaño de Dios de acuerdo con esta lógica, o sea, que sustituya la tiara pontificia por la boina del cura párroco?

El hombre avanza en la Historia de una cosa a otra. La salvación anunciada por Cristo no puede consistir en eso. El tránsito debe ser del plano de las cosas a otro orden. Secularizar esta idea es desmantelar el cristianismo. Si el hombre no pone su alma en juego al vivir porque no hay alma sino una multiplicidad cambiante de significados articulada históricamente, los Evangelios carecen de sentido. Muchos cristianos no son conscientes de la enorme dificultad que encierra para la Iglesia adaptarse a los tiempos. Es como jugar al ajedrez sin comerse las piezas. Por eso lo tiene tan difícil el Papa. No puede ir hacia delante ni hacia atrás, sólo permanecer en un punto sufriendo el desgaste y la erosión, hasta que otro venga a reemplazarle.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (5)    No(0)

+
0 comentarios