La mujer multiorgásmica y el tupper sex
sábado 18 de julio de 2009, 14:27h
Hablando con franqueza, creo que la semana pasada me equivoqué dedicando mi columna a Miguel Ángel. La noticia estaba en el Bernabeu, donde cien mil ciudadanos vitoreaban al futbolista de los noventa y cinco millones del alamadrid, y en el pasacalles habermasiano-manchego del orgullo gay. Todavía me pregunto cómo se me pudo pasar por alto la actuación de la dulce Bibiana en el papel de gallina chueca de la igualdad y el reconocimiento mutuo, o la reaparición de los gerifaltes sindicales en una manifestación callejera enarbolando un cirio que no es el de los cuatro millones de sodomizados por la crisis. Afortunadamente, el verano es largo y no faltarán oportunidades para ocuparse de la demencia cerril que padece España. Hoy trataremos un tema menos tumultuario, casi doméstico, aunque también de última moda, el tupper sex, práctica comercial ligada a uno de los ideales de la contemporaneidad, el de la mujer emancipada y multiorgásmica.
El tema me ronda desde hace meses. La culpa de que por fin me haya atrevido a abordarlo la ha tenido una señora que, interrogada a la salida de un concierto, dijo ante las cámaras que el espectáculo había sido para ella una catarata de orgasmos. A mí, el uso de este concepto para describir momentos de gran intensidad siempre me dio mala espina. No puedo evitar pensar que la persona que lo utiliza ignora qué es un orgasmo o que dichos momentos no fueron en realidad tan intensos como dice. A lo mejor es que el feminismo tiene razón y las mujeres son en esto de los deleites sexuales unas recién llegadas, pero incluso así hay que tener una experiencia de la vida muy estrecha para no saber que un orgasmo es la cosa más tonta del mundo. Entiéndanme bien, no tengo nada en contra del dulce cosquilleo con el que la naturaleza remata el ayuntamiento amoroso, pero de ahí a considerarlo el non plus ultra de la existencia, hay un salto desorbitado. Valdría la pena investigar de qué manera ha influido en esta idea la llamada liberación sexual, liberación que no consistió en el descubrimiento de la sexualidad, como algunos creen, sino en el abandono del horizonte moral que había servido hasta entonces para interpretarla. Nuestra tradición no reprobaba el placer, sino la lujuria, vicio derivado de confundir los placeres honestos con los que no lo son. Esta distinción prácticamente ha desparecido. Las cosas han cambiado mucho. No obstante, entre el avemaríapurísima de las abuelas (y no de todas, pues también algunas invocaban a San Juan Nepumoceno) y los alaridos de las actrices porno de hoy (las únicas que, al parecer, no representan un papel), lo que hay, mayormente, es retórica, la misma retórica que lleva a describir los goces, cualquier goce, incluidos los espirituales (aquellos que van acompañados de un ensanchamiento de la conciencia) en términos de simple espasmo corporal.
La liberación sexual ha situado la sexualidad fuera del campo de la moralidad, pero, al mismo tiempo, las modernas costumbres sexuales están creando otra moral. Los corrimientos son tan formidables que lo que antes se consideraba vicio es ahora virtud y viceversa. Un contexto como este es el más propicio para las novedades. Una de ellas es el tupper sex. ¿Recuerdan los recipientes de plástico creados en los setenta que solían distribuir las amas de casa vendiéndolos a sus amigas? Pues bien, se trata de un negocio similar, sólo que la mercancía ahora no está formada por chismes de cocina, sino por artilugios eróticos.
Varias señoras se reúnen para tratar del amor. No pretenden emular a Sócrates y Aristófanes, sino que, como mujeres de progreso que son, ansían encontrar algo a lo que gritar “en ti me complazco”. En cierto momento, después de despachar el té y las pastas, una de ellas, propietaria del muestrario, se da a conocer como sacerdotisa encargada de restablecer el equilibrio roto por una larguísima vida de insatisfacciones. No es un papel difícil, pues un viento lascivo sopla siempre de antemano en estas veladas. Sus primeros movimientos son, sin embargo, de tanteo. Hay que saber hasta donde están dispuestas a llegar las catecúmenas. Aunque el género que lleva constituye de suyo una invitación a introducirse en territorios inexplorados, debe disipar los escrúpulos de sus potenciales clientas. La táctica consiste en persuadirlas de que el placer, visto científicamente, es un fenómeno cinético y que la mecánica sensorial no tiene nada que ver con la búsqueda de un hombre que las haga reír. Son argumentos poco categóricos, pero recuerden el céfiro corrupto que sopla en estos lugares. Gracias a él todos los pámpanos acaban abriéndose. Basta con intuirlo a tiempo y comenzar a desplegar la panoplia erótica, ofrecer algunas indicaciones de cómo aplacar las turbulencias de la carne, convencer a las remisas de que aquellos cachivaches gozan del privilegio poco masculino de la infalibilidad y, por último, conseguir que alguna venza el pudor y haga alguna gracia con el género. Si esto ocurre, el negocio está consumado. Las risas llevarán a Urano, el dios depuesto de cuyo miembro amputado y flotante nació Afrodita, la diosa del amor, y al libro bíblico de los Proverbios (XXX, 16), según el cual, de las tres cosas que en el mundo nunca dicen basta, una de ellas la llevan incorporadas biológicamente las mujeres.
Un negocio seguro. El secreto es explotar una de las constantes de la historia: la beatería.