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Libre mercado vs. Monopolio

José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
martes 01 de septiembre de 2009, 18:54h
Casi habíamos llegado a creernos el cuento de que el último rebrote neoliberal, acompañado de múltiples procesos de privatización, sería el azote de los monopolios. Recuerdo aquel momento clave en el que parecía que cualquiera podía montar su propia compañía telefónica. Luego llegó la fiebre del cobre: Internet era un nuevo “Oeste salvaje” listo para ser conquistado. Aquello parecía (y aún parece) un concurso por encontrar al emprendedor más joven. Miles, millones de recién licenciados soñaban con un traje sin corbata, un despacho con máquinas recreativas y vivir en Silicon Valley; todo gracias a algún tipo de idea revolucionaria. Pero sólo puede quedar uno, ésa es la actitud traidora del capitalismo, causante de que cada día pueda ser el último.

El mito de montar un imperio de la nada está sobrevalorado. Crearse a sí mismo pasa, inevitablemente, por querer destruir a los demás. La única forma de obtener un mínimo de seguridad económica como empresario es formando parte del grupo dominante del mercado (oligopolio virtual) o dominarlo directamente (monopolio virtual). Además, no estamos aquí para “ir tirando”, hemos venido a ganar el máximo posible. El imperio comercial es el objetivo natural de todo negocio, lo cual, paradójicamente, entra en contradicción con la competencia perfecta, el justificante moral por definición del libre mercado.

Las empresas que se ubican en posiciones dominantes no son precio-aceptantes. Someten a productores de materias primas, trabajadores, y competencia a condiciones que introducen trabas en el mercado. Su gran tamaño hace que en un determinado mercado, las opciones se reduzcan demasiado pronto a la disyuntiva entre aceptar un precio o no obtener ningún tipo de trato. Es decir: empobrecen o anulan el “sentido” del libre mercado. Para la mejora de los beneficios no dudan en recurrir a estrategias como la gestión “creativa” del personal o la atribución subjetiva de propiedades a sus productos mediante la publicidad. Es decir, no siempre ofrecen un producto mejor, sino un producto más barato (debido a la obtención ilegítima de costes reducidos de producción) o más popular (gracias al marketing).

El gran truco para evitar las acusaciones de monopolio son las corporaciones. La aplastante presencia de The Coca-Cola Company, por ejemplo, ilustra el descaro con que, ante la aparente variedad de productos, recurrimos siempre al mismo oferente. Unilever, una gran compañía que vende lo mismo alimentos que productos de limpieza o aseo personal, parece mantenerse en un extraño anonimato, pero en realidad es el paraguas de decenas de marcas muy conocidas. ¿Cómo iba a querer promocionar explícitamente su sello, si ha sido acusada de destruir estructuras comerciales locales en África y Asia, y de basar su provisión de materias primas en la explotación?

Sin embargo hemos asimilado (me incluyo) miles de injusticias cotidianas, bajo la excusa de que no tenemos presupuesto para recurrir a otras opciones. También damos por hecho que las tiendas de barrio y los productos artesanos serán todo lo encantadores que quieran, pero están poco vinculados a una imagen de futuro impuesta.

Si no hacemos algo, corremos el riesgo de que llegue un día en que sólo podamos recurrir a productos y servicios prefabricados y uniformes, cuyo proveedor sea siempre el mismo. Y precisamente son los que nos advirtieron de lo horrible que es tal situación, quienes defienden pasivamente esta tendencia.

José María Zavala

Sociólogo

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