www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Los contratos ficticios y mis libros

lunes 27 de enero de 2014, 20:07h
La otra tarde, cuando llegué a mi casa, mis libros estaban soliviantados. La culpa la tenían los periodistas por airear los contratos ficticios del Barça. Mis libros se habían enterado a través del libro electrónico. Este se había enterado por la última descarga de Amazon. El archivo que me descargué se había enterado a su vez en el servidor, en el que se cruzó con otro archivo que llevaba una noticia de La Vanguardia. El archivo se lo dijo al libro electrónico y este a los demás. La noticia corrió como la pólvora por mi biblioteca. Aproximadamente un 40% de mis libros son culés, el otro 40% son del Real Madrid, a pesar de ser muchos de ellos extranjeros, británicos en concreto. Pero tras su larga estancia en España se han convertido al fútbol ibérico, y sus preferencias son sobre todos por estos dos equipos. Luego, el 20% restante, se reparte de forma particular. La gran mayoría de ese 20% dice que odia el fútbol, pero no es del todo cierto. Proust, por ejemplo, dice que es del Barça, más que nada por llevar la contraria a Gide, con quien se lleva fatal y que además dice que es del Real Madrid. Joyce se ufana de no ser de ninguno, y repite que lo suyo es ser árbitro, pero lo cierto es que cuando el Madrid pierde se pone de bastante mal humor. Otro loco del Madrid es Dylan Thomas. Cada vez que hay partido, se agarra una borrachera de cuidado, y sale al pasillo a montarla, acompañado de Rimbaud y Walt Whitman. T.S. Elliot analiza con precisión cada partido del F.C. Barcelona alabando su estrategia, y a veces tiene unas discusiones tremendas con Mishima, que no se quita la bufanda roja y azul por mucho que no pegue nada con su kimono, y eso a pesar de que los dos son del mismo equipo. En fin, que tengo la biblioteca de lo más dividida. Pero nada como lo que ha ocurrido cuando se han enterado de los contratos fingidos. Porque ahora, en vez de discutir de fútbol, han comenzado a discutir de dinero.

No me pregunten cómo han llegado a algo así. Aparentemente, se enteraron de que los jugadores de fútbol tenían agentes, algo que aparentemente no sabían, y decidieron que si personas como los jugadores de fútbol, que tan poco han hecho por el avance de la humanidad y que ni siquiera tienen un premio Nobel asignado, lo tienen, ellos, los escritores, debían tener iguales o mejores agentes que les consiguieran buenos contratos. Quizá no eran conscientes de que, tras morir, habían dejado de ser realmente escritores, que tan solo eran libros, y que es complicado que un libro tenga agentes. Pero Joyce, acompañado por Beckett, googleó las palabras libro y agente en varias lenguas, y nos salieron algunos millones de oraciones en las que los libros tenían agente. Poco hay que hacer frente a un irlandés tozudo, educado además en los jesuitas. Total que todos mis libros empezaron a buscar agentes. Por supuesto, estos no existían, ya que en mi casa no hay un solo agente, ni siquiera en las fiestas que hago para celebrar solsticios y equinoccios. Alguna vez vino alguno, pero salió corriendo en cuanto le dije la nefanda frase “Verás, ¿no estarás interesado en leer una novela realmente magnífica?” Y eso que en la fiesta había bastantes chicas guapas e interesantes. Pero a los agentes literarios lo único que les importa es lo que no se ve y lo que no se tiene. Son sabuesos budistas del vacío. Pero su inexistencia en mi morada no les arredró. Mis libros empezaron a listar sus méritos para mostrar a los demás que “él”, en concreto, merecía el mejor agente posible. La lucha que comenzó fue feroz.

El primero que consiguió un agente fue “En busca del tiempo perdido”. Proust es muy sagaz. Lo consiguió con una táctica simple: haciéndose amigo del libro electrónico y cambiándose el nombre. En vez de “En busca del tiempo perdido” se autodenominó “Cómo hacer las paces con el pasado”. Aquel truco provocó al principio la cólera de los otros libros. Empezó Benet diciendo que aquello era inadmisible. Le lanzó una andanada irónica que no reproduzco aquí por falta de espacio. Básicamente le decía que autoayuda era lo que siempre había necesitado Marcel. Pero al día siguiente, Benet se había cambiado el título de “Herrumbrosas lanzas” a “Navajitas plateás”. Y lo bueno es que los dos lograron sendos agentes y jugosos contratos con Amazon. Lo que siguió fue el pandemonio. Todos mis libros comenzaron a cambiarse el nombre para hacerse más atractivos. Casi todos se adhirieron a la idea de que en tiempos de crisis, qué otra cosa se podían hacer. Que las ventas habían bajado mucho. Flaubert se resistió con un orgullo casi patricio. Decía que todo aquello era una vulgaridad, que cada palabra de un libro es sagrada y que modificarla era atentar contra la integridad literaria. Mi biblioteca comenzó a llenarse de libros desconocidos para mí. El “Romancero gitano” se convirtió en “Canciones de una minoría ibérica amenazada”, y los “Episodios nacionales” en “Registros autonómicos”. Y el problema era que yo ya no los reconocía y por lo tanto no los podía leer. Ayer, cuando llegué a casa, me encontré a Madame Bovary en una esquina del dormitorio, llorando. Flaubert había decidido quitar su nombre del libro y renombrarlo “La verdadera historia de una malcasada”. Me dijo que “el cornudo” (son palabras de ella) había firmado un contrato nuevo con un “capón” de la industria del libro digital. Comprendo su decepción. Es lo que va teniendo este mundo de agentes y de contratos ficticios. Ya nada es lo que era. Hasta la estación de metro de Sol se ha convertido en la horrible estación “Vodafone Sol”. Es lo que tiene España: todo lo arreglamos con un cambio de nombres y con un contrato ficticio. No sería extraño que la casa real acabara siendo la Agencia Federal Hereditaria. O que, el día menos pensado, hasta nosotros mismos acabemos perdiendo nuestro nombre en aras de un contrato algo mejor. Y, siempre, ficticio.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios