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Nazis en Sudáfrica

miércoles 25 de febrero de 2009, 23:57h
Cuando en 1652 la Compañía Holandesa de las Indias Orientales envió a Jan van Riebeeck al Cabo de Buena Esperanza, poco podía imaginar que aquella decisión culminaría con el nacimiento de un gran país, Sudáfrica. Además, su misión era de lo más campestre: establecer una base de avituallamiento para los buques holandeses que navegaban por aquellas aguas en la llamada Ruta de las Especias. Era imprescindible que entre los víveres de a bordo hubiese abundantes frutas y verduras que previesen la aparición del temible escorbuto. Y en la futura Sudáfrica la tierra era fértil y rica. De ahí que a los llamados “boers” -“campesinos”- pronto se les quedase corta la misión de cultivar lechugas, y anhelasen algo más. Unas cuantas familias formaron granjas independientes, y ya nunca más se sintieron holandeses, sino “afrikaaners”. El germen de la identidad blanca sudafricana pronto daría sus frutos.

Pero tal identidad no la forjarían únicamente holandeses. Las guerras de religión europeas hicieron que muchos hugonotes franceses emigraran al Cabo. Entre ellos había viticultores de Borgoña y Aquitania, quienes emplearían sus conocimientos enológicos para cultivar unas cepas que darían origen a una de las especialidades gastronómicas más sugerentes del país: sus vinos. La mescolanza blanca se completaría con los ingleses, ávidos de hincar su retorcido colmillo colonial en tan apetitoso y estratégico lugar. Tras las guerras anglo-boers de finales del siglo XIX, con Winston Churchill como cronista de excepción, la “pérfida Albión” se cobraría su presa, y Sudáfrica quedaría bajo el marco de influencia de la Commonwealth.

Toda esta avalancha civilizadora del Viejo Continente, sin embargo, no trajo más que barbarie. A van Riebeeck nunca le sedujo la idea de mezclarse con la población local, a la que se refería despectivamente como “keffir” -de ahí el posterior insulto de “cafre”-. Les impuso una disciplina draconiana, no exenta de crueles castigos físicos y abusivas disposiciones. Posteriormente, los colonos expoliarían sus tierras y les masacrarían. Pero lo peor aún estaba por venir. Sería a finales de los años 30, cuando la Alemania nazi invitó a un grupo de jóvenes sudafricanos a que conociesen las bondades del nacional socialismo in situ. Uno de ellos, Hendrik Verwoerd, tomó buena nota. Tras codearse con lo más granado del régimen nazi y asistir a diversos mítines de Hitler, gestó en su país un engendro conocido como “Apartheid”. Pocas leyes habrá habido tan ignominiosas. Si a un negro se le ocurría sentarse en el banco de un parque reservado para blancos, le caían 3 años de cárcel y 10 latigazos. Si osaba entrar en una oficina de correos para blancos, 5 años de cárcel y 10 latigazos. Y así un largo etcétera de aberraciones legales basadas en las leyes de pureza aria. Sólo la determinación de unos cuantos, agrupados en torno al Congreso Nacional Africano, consiguió lo imposible. Liderados, eso sí, por la figura de uno de los personajes más carismáticos de la historia de la Humanidad; alguien que se pasó más de un cuarto de siglo entre rejas por defender las libertad. Su nombre, Nelson Mandela.

Antonio Hualde

Abogado

ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset

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