Martín-Miguel Rubio Esteban

Martín-Miguel Rubio Esteban

MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN es doctor en Filología Clásica, autor de ensayos sobre literatura latina, política e historia y Catedrático de Instituto.

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MIRADA ESCOLÁSTICA

"Nuestro Corán"

10-09-2010

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Al viejo y rico mercader mientras oía al Maestro iban poblándose su cerebro y su corazón de una luz que le permitía leer antiquísimas ideas que estaban escritas con tiza blanca en las oscuras y ya desconchadas paredes de su cerebro y de su corazón. Veía su yo como una línea que separaba el mundo de los otros, el luminoso mundo real, con toda su belleza y sus necesidades y urgencias, del oscuro mundo de sí mismo y de las necesidades voraces e insaciables de su yo. Y entendió por su larga experiencia vital que si desplegaba su ser sólo en el mundo del yo, atendiendo las infinitas apetencias caprichosas de su yo voraz, acababa encastillándose en su yo, creaba un universo irreal, era profundamente infeliz, y podía llegar a la locura y al infierno. Al infierno — no tenía dudas al oír hablar a aquel joven rabí nazareno — se llegaba atendiendo sólo al propio yo estéril e inútil. Por el contrario, si uno desplegaba su ser, con todo su amor, capacidades y habilidades, en el espacio del mundo real, en el espacio de los otros, satisfaciendo las necesidades de los demás y olvidándose de la atracción demoníaca de su yo, que es un pesado fardo muerto que te hunde en ti mismo, entonces conseguía llegar a la felicidad plena, a eso que el joven rabí llamaba “El Reino de Dios”. Empezó entonces a entender que su vida había sido todo un fracaso, que sus numerosas bolsas de dinero, sus extensas fincas y su numeroso ejército de criados no le habían hecho feliz, que se sentía fracasado porque era un desgraciado al fin y al cabo, y de sus ojos empezaron a brotar grandes lágrimas que surcaban ardientes su rostro ya arrugado. La felicidad casi siempre se consigue haciendo lo contrario de lo que cree el corazón egoísta del hombre, su infierno interior: “El que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor, y el que quiera ser primero entre vosotros, que sea vuestro esclavo. Guardaos de toda codicia. Pues aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes. Ningún sábado os impedirá jamás hacer el bien a los demás todas las horas de vuestra vida. No consintáis que los necesitados que viven a vuestro lado se vayan a buscar comida a otras tierras; dadles vosotros de comer. Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los ladrones ni roe la polilla. Porque donde está vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. Infinitamente mejor es ser insultados que insultar, ser robados que robar, ser matados que matar, ser perseguidos que perseguir, sufrir una injusticia que cometerla. No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo se guardará para la vida eterna. Si queréis ser hijos de Dios y hermanos míos, vended lo que tenéis, dad el dinero a los pobres, y así tendréis un tesoro en el Cielo. Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odian, bendecid a los que os maldicen, orad por los que os injurian. Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, déjale también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames. Amad a vuestros enemigos, haced el bien y prestad sin esperar nada; tendréis un gran premio y seréis hijos del Altísimo, que es bueno con los malvados y desagradecidos. Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo; no juzguéis y no seréis juzgados; no condenéis, y no seréis condenados; perdonad, y seréis perdonados; dad, y se os dará: os verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante. La medida que uséis, la usarán con vosotros.”

¿Tendría nuestro mercader tiempo aún para salvarse y así ser feliz sus últimos años? Pensaba que si Dios fuese como él no le quedaba ningún tiempo; porque si no se había entregado nunca a mejorar la vida de los demás, si no había perdido ningún tiempo en oír, consolar, enseñar y hacer felices a los demás, si no había sentido aún la dulzura del sacrificio por los demás, Dios no estaba obligado de forma sinalagmática a darle un segundo de tiempo más. Pero presentía por las palabras oídas al joven rabí que el amor de Dios rompe todos los contratos con los hombres, y está siempre dispuestos a perdonar, a perdonar una y otra vez. Abrigando esta confianza bajó alegre y jubiloso de la montaña; resuelto a vivir la vida que le quedase entregado a las necesidades de los demás, sus pies volvían a tener la ligereza de la juventud. Parecía que las lágrimas lo habían rejuvenecido, y que su corazón se había refrescado. Empezaba por primera vez en su vida a amar a los hombres, y ello le ponía un rostro radiante y alegre. Aquella misma noche, ya en su casa, escribió un codicilo mediante el que manumitía a todos sus siervos, y entregaba sus bienes a los vecinos más necesitados. Y como nunca había reparado en aquellos vecinos necesitados, tuvo que levantar de la cama a todos sus criados para que le informasen de los nombres de los pobres de la ciudad, y así repartir todos sus bienes entre los más necesitados.

Unos pocos años después murió el viejo mercader pobre y olvidado, pues la herida naturaleza humana es esencialmente desagradecida. Pero murió inmensamente feliz, porque su vida no había fracasado del todo. Su semblante era dulce y apacible. No era el rostro de un muerto, sino de un durmiente.







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