Martín-Miguel Rubio Esteban

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MARTÍN-MIGUEL RUBIO ESTEBAN es doctor en Filología Clásica, autor de ensayos sobre literatura latina, política e historia y Catedrático de Instituto.

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mirada escolástica

Paraíso español

21-10-2011

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Mi guía era ahora el dulce Martín, que me llevaba a las puertas del Cielo que tenían palabras en latín. “Los truenos, el movimiento del suelo, la raya fulgurante del relámpago ¿pueden ser preámbulo de un gran duelo?”. “No tengas miedo, mi padre mortal, cuando un alma queda purificada el Cielo brinda con esa señal. Es que un alma entró en la eterna morada, y yo creo que era un alma española que de ira y envidia quedó purgada. Pues he visto a Teresa de Cepeda interceder ante Nuestro Señor para que triunfal entrada conceda”. “En el Cielo debe haber muchas moradas que responden a muchos caminos, enseñó nuestra Teresa de Ahumada”. Un dintel sobre pilastras sostenido guardaba las palabras de Jesús grabadas en mármol de oro vestido: “Videbitis caelum apertum et angelos Dei ascendentes et descendentes supra Filium Hominis. Nihil est opertum, quod non revelabitur, et occultum quod non scietur. Beati qui audiunt verbum Dei, et custodiunt illud”. Ésta era del Paraíso la entrada, y brisa de las alas de Lurditas me aguardaban mi cara aleteada.

En el Cielo vive mucho español que a Dios hizo Señor de su alma en vida vertiéndola fundida en un crisol. Hay españoles de toda medida, no menos de izquierdas que de derechas, que alumbraron con la luz recibida. Cuando los miro siento la sospecha de que nuestros santos saben a casa cual genuinos españoles sin trecha. Como todos, fueron “damnata massa”, pero fueron constantes en la fe y su generosidad no fue escasa.

La mitad de los santos habitantes que habitan en el Cielo son hispanos que vivieron con amor coruscante. Diríamos que el Cielo es castellano y los santos catalanes lo hablan con orgulloso patriotismo ufano. Los santos españoles desendiablan, unidos juntos en sus peticiones, las maldades que a su nación entablan. Abortos, corrupción, traiciones, robos públicos, sobornos, embustes, pereza judicial, malversaciones, las inmoralidades de gran fuste que suelen fundarse en falta de amor como adivinó Carlos Quinto en Yuste.

La nómina de hispanos en el Cielo sería del todo punto incontable, pero en el poema algunos desvelo. Santa Teresa de amor incesable al divino maestro Jesucristo que la hizo una creadora inflamable. La santidad de Javier no resisto cuando sus ojos miran mis pecados sobre los que en mi triste vida insisto. San Ignacio como el mayor cruzado de la fe con las armas del amor es caballero español alabado. Sale al encuentro Isidro Labrador con sus honestas manos de hortelano y abrazan a Martín Justo y Pastor. Recuerdo a Zamora con Atilano, y San Ildefonso evoca Toledo que pugna con devotos zamoranos.

Diviso a San Domingo de Guzmán, el maestro de los predicadores, que platicando va con San Froilán. Muchos santos son grandes escritores, como nuestro Isidoro de Sevilla, del que escribí novela sin lectores. Estremece la Madre Maravillas, la más grande mística de este siglo y nos gusta Fernando de Castilla. Lo que en Zaragoza eran sólo vestigios de las cartas de San Braulio a Isidoro en el cielo bien las apercibimos. Nos asaltan los poemas de oro que nuestro San Juan de la Cruz creara y que ellos son nuestro mejor tesoro. Resplandece de Eulalia el alma clara, hermosa mártir de la fe en Jesús frente a la de siempre gentil piara. El gran príncipe San Hermenegildo, dechado de los príncipes valientes que jamás renuncian a los principios, y que el poder menos querido sienten que la vida beata de sus súbditos cruzaba un riachuelo sobre un puente. Toda agua que en el mundo es transparente tener parecería mezcla alguna junto a aquella purísima corriente. En la eternal mirada de fortuna del buen Padre Escrivá de Balaguer vemos vibrante y reflejada luna. Con San Antonio María Claret paseaba en una nube de plata el culto prelado Justo de Urgel.

Yo quisiera seguir en este sueño, con mis hijos angélicos repuestos, por ello eviternamente risueño. Pues el lugar en que a vivir fui puesto día a día del bien seca la pulpa y a arruinarse parece estar dispuesto. Bajas feliz del sueño de los Cielos y ves un pueblo salvaje que asesina a quien antaño besaba los pelos. Brutas gentes de mirada cetrina, esclavas y cobardes por natura que adoran y matan las hornacinas.

Abrigamos la esperanza del Cielo, pero nos gustaría que esta tierra otorgara al hombre mayor consuelo. Nos alegra que Blanco horade sierras para transportar nuestras hortalizas hasta Francia, Alemania e Inglaterra. Pero buena sería alma castiza que a nuestros más crueles asesinos los enterrase hondos bajo caliza.

Esperemos que amaine la pavura con ese tumultuoso trabajo que susciten las infraestructuras. Volarán los caminos sobre horcajos y españoles de catorce regiones contentos trabajarán a destajo. No se nos forrarán nuestro riñones, pero puede ser comienzo del fin para los zapaterescos pregones. Olvidaremos el tiempo más vil con los ferroviarios corredores y durante años estaremos sin.







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