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Pero... ¿Quién mató a Zapatero?

lunes 11 de abril de 2011, 11:55h
El 2 de abril, el presidente Zapatero anunció que no se presentará a las próximas elecciones como candidato de su partido. En realidad, anunció su muerte. En España, no hay presidente desde la instauración de la democracia que no haya dejado el poder acusado --con razón o sin ella-- de corrupto, prevaricador o incluso asesino. Parece que una de las formas de despedida nada extraña en este país incluye la descalificación, el exabrupto y el insulto. La noticia fue acogida con expectación por la prensa nacional, a pesar de que era una noticia cantada. El Financial Times y el New York Times también se hicieron eco de la nueva, y la celebraron con mesura, haciendo recuento de cosas buenas y malas. De lo que nadie ha hablado, en cambio, es de qué va a hacer el presidente con su cadáver, ahora que ha entrado en la selecta lista de los presidentes muertos en vida.

Qué hacer con un cadáver es asunto nada baladí. Es uno de los temas estrella en la literatura “pulp”, la “pulp fiction”, y produjo uno de los gags más impactantes de la película con el mismo nombre. Los anglosajones han tratado mucho y ampliamente este tema. Véase “Fargo” para tener otra versión. Acostumbrados a matar de vez en cuando a una veintena de, pongamos, prostitutas que pasaban por allí, lo normal ha sido enterrar sus cuerpos sin vida (y a veces con ella) en el sótano o en el jardín de la casa. Lo malo de esta solución es que siempre se acaba rompiendo una tubería, vienen los fontaneros o los bomberos, y los cadáveres acaban flotando en el medio de la calle. Es, por tanto, una solución interesante literariamente, pero no muy funcional.

Han existido, sin embargo, soluciones más prácticas: una es montarlo en su caballo (en este caso en su coche blindado), como a El Cid, y dejar que gane batallas después de muerto. Esta posibilidad no es tan extraña como puede parecer a primera vista. Algo similar, según la profesora de la Universidad de Sevilla Bethany Aram, hizo Juana la Loca con el cadáver de su marido: lo paseó por las cortes peninsulares embalsamado para poder recibir el tratamiento de reina que se le negaba, tratamiento que sí merecía el cadáver de su marido y ella como cadavérica consorte. En un lugar tan alejado como Japón, hasta el siglo XX se llevaba a cabo una práctica similar por razones semejantes. Si un cargo público moría, su muerte no se hacía oficial hasta meses después. Mientras tanto, el muerto aparecía en los periódicos, recibía honores y pensiones. La razón estribaba en una antigua ley del gobierno central que dictaba que si un caballero moría fuera de su hacienda, el estado tenía derecho a requisar sus bienes. Desde antiguo se hizo norma ocultar la verdadera fecha de la defunción para evitar problemas. Naturalmente, todos los siervos participaban en la ocultación. En tiempos modernos, los ministros o generales japoneses morían “de facto”, pero seguían recibiendo honores en la prensa hasta que sus descendientes tenían todo atado y bien atado.

Una posibilidad más populista es la que cuenta una leyenda urbana: según ella, una familia norteamericana compuesta por los padres, dos hijos y una abuela se encontraba viajando por el páramo castellano en un coche alquilado. En un momento del viaje, inesperadamente, la abuela murió. Los padres decidieron intentar llegar con ella sentada detrás a su embajada. Los niños, al cabo de un rato, se negaron a ir con el cadáver a su lado. Así que la familia decidió atarlo en el techo a la baca del coche. Así, con la abuela doblada y atada llegaron a un bar de carretera de esos que abundan por La Mancha. La familia salió corriendo del coche para refrescarse. Con las prisas, se olvidaron las llaves puestas. Cuando salieron, no había ni coche ni abuela. Nunca recuperaron ninguna de las dos cosas. Sería cosa muy seria no poder recuperar el cadáver de un presidente.

Hitchcock, de forma más irónica, trató sobre los problemas de qué hacer con un cadáver en su genial “The Trouble with Harry” (“Pero...¿quién mató a Harry?) del año 1955. En ella, todo un pueblo del bello estado de Vermont tiene diferentes visiones de qué hacer con el cadáver de Harry. Y lo van llevando a cabo de forma silenciosa, graciosa e intranscendente. Fue el debut en la gran pantalla de Shirley MacLaine. Una de las joyas semiocultas del obeso director. Curioso el giro del título al traducirlo al español: de que el cadáver sea una “trouble”, una molestia, se pasa a intentar saber quién lo mató. Es lo que tiene el tremendismo español. Lo más gracioso es que, en realidad, a nadie le importa allí gran cosa qué ocurre con el cadáver de Harry. Ni siquiera quién lo mató; tan solo ocultarlo dentro de lo posible. Es quizá esta una de las mejores cosas que le podría ocurrir al cadáver político de nuestro presidente.
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