www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

Pompas estelares

José María Herrera
sábado 26 de abril de 2008, 21:38h
Si el lector tiene previsto morirse dios mediante y dispone de diez mil dólares de vellón, una fruslería tal y como se ha puesto el euro, tal vez le interese saber que cierta empresa californiana de pompas fúnebres ofrece, entre otras prestaciones, la posibilidad de esparcir sus cenizas por la superficie lunar. El único requisito es no tener prisa, pues hasta el año que viene no será inaugurado el macabro transporte. El servicio incluye una invitación a los familiares para que presencien el lanzamiento del cohete y alternativas de fantasía para los más sofisticados: estrellar la urna contra un planeta o desparramar su contenido por el espacio interestelar.

La compañía americana ha presentado su innovadora propuesta a la vez que otra británica irrumpía en el negocio funerario con una posibilidad igualmente imaginativa: participar online, y sólo por setenta y cinco libras esterlinas, en el sepelio de cualquier desconsiderado que haya tenido la censurable ocurrencia de fallecer sin tomar en cuenta los compromisos de las amistades. El servicio ahorra desplazamientos de última hora y el engorroso trago del funeral, un trámite particularmente molesto en una época como la nuestra, enemiga de formalidades.

No hay que ser adivino para barruntar que las dos ideas acabarán confluyendo y que pronto viaje sideral y condolencias virtuales formarán parte de las honras fúnebres de los exconsumidores. El progreso es el progreso y, como diría el dueño de cualquiera de estas empresas, no hay razón para que el paso a mejor vida de los que se van suponga un empeoramiento de las condiciones de vida de los que se quedan.
No hay duda, el negocio de los muertos está más vivo que nunca. La cosa tiene sentido dada la fidelidad de la clientela. Hasta en el ramo del latrocinio se han percatado de ello. Recientemente, la policía valenciana detuvo a uno de sus colegiados registrando las instalaciones de una funeraria. El hecho, digamos cómico, de que tratara de engañar a los agentes haciéndose pasar por un cadáver, treta que le obligó a invadir el expositor de cristal destinado a tal fin, demuestra que las tradiciones perduran y que el gremio de rateros y maleantes conserva su ancestral talento dramático. La argucia, en todo caso, y como era previsible, le valió de poco, pues si algo saben los cuerpos de seguridad es que ningún muerto permanece ya sobre la Tierra ni un minuto más de lo establecido por los reglamentos.

Que dos empresas punteras se vean obligadas a introducir innovaciones como las mencionadas en un negocio en el que, a pesar de la gimnasia y la medicina, la demanda siempre lleva la delantera a la oferta, debe significar algo. No diré que el destino de los cadáveres constituya un problema similar al de los residuos atómicos, ni tampoco que el hábito de simpatizar sólo con los discriminados nos haya vuelto indiferentes al dolor sin apellidos, pero es manifiesto que las antiguas costumbres funerarias, ligadas a la fe en la continuidad familiar y la inmortalidad del alma, están volviéndose obsoletas. La muerte, que fue siempre una fatalidad, parece haberse convertido además en un fastidio. Prueba del cambio es la desaparición del paisaje urbano de los cementerios y su sustitución por los tanatorios, un fenómeno higiénico que guarda aparente similitud con las transiciones inmobiliarias: primero el salto al extrarradio, luego la proliferación del nicho o tumba de protección oficial; finalmente, la marginalidad y el abandono.

Agustín de Hipona escribió que las ceremonias fúnebres no son un tributo a los muertos, sino a los vivos. Lo mismo podría decirse de los espacios reservados a ellos: la necrópolis, el camposanto o el mausoleo. Si efectivamente es así, nuestra indiferencia hacia los muertos podría ser interpretada como un reflejo de nuestra indiferencia hacia los vivos. Naturalmente, no creo que, para enmendar esto, debamos volver a la pirámide y el sarcófago, aunque reconocerán conmigo que el vuelo galáctico y las condolencias online no resisten la comparación con el velo negro, la procesión a la sombra de los cipreses y la estela de mármol. Yo, como soy un reaccionario, abogo porque los muertos -en la forma que sea, esqueleto, ceniza o nada- dispongan de un lugar bajo la Tierra, el espacio que acaso les faltó cuando estaban encima, metro y medio de plan urbanístico al que acudir para rezar o lamentarse y donde quepa una lápida y un epitafio, bien que con esto corramos el riesgo de que nos pase lo que a cierto inglés sepultado en Venecia cuya losa reza así: “Aquí yace X. Nos dejó en paz el dieciséis de...”
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios