José Manuel Cuenca Toribio
JOSÉ MANUEL CUENCA TORIBIO es Catedrático de Historia de la Universidad de Córdoba.
TRIBUNA
Retórica y liderazgo
En nuestros días, al menos en Europa, la falta de liderazgo en las grandes fuerzas políticas que vertebran los Estados es un clamor universal. A menor escala, también lo es la ausencia de oratoria y el desconocimiento que de los principios de la retórica muestran, de ordinario, los jefes de fila y caudillos de esas mismas formaciones. Desde la antigüedad, democracia y elocuencia constituyeron un sólido binomio de los estados más poderosos cimentados en la libertad de sus núcleos dirigentes. Así fue en la Grecia historiada por Tucídides a la Norteamérica descrita y admirada por Tocqueville.
Dentro de las coordenadas de la España actual, la orfandad o indigencia retóricas se erigen, al decir de sus analistas, en seña de identidad de sus actividades públicas, con especial énfasis en las políticas. De ahí, que, llevados de su preocupación por las nocivas consecuencias que el fenómeno imprime en la vida pública de la nación, algunas personalidades investidas de autoridad académica emprendieran en tiempos recientes diversas tareas con el fin de divulgar entre las elites gobernantes una pedagogía de la retórica. Y se dio el caso peregrino de que un sabio y muy erudito director de una de las instituciones culturales más relevantes de la nación, célebre por su absoluta carencia de dotes oratorias —(contrapesada, bien es lo cierto, por un notable dominio de la pluma)- estableciera un severo ránking de los parlamentarios del momento, de acuerdo con sus cualidades de elocuencia. Conforme a los patrones que aplicara dicho profesor, muy pocos de los integrantes de ambas cámaras sobepasaban el aprobado.
Pero, como decíamos, se daba la circunstancia que el tal crítico, privado en su experiencia vital de los dones más elementales del arte del buen decir, aplicó en su clasificación las reglas y cánones convencionales y estereotipados establecidos formalmente en las preceptivas literarias, casi todas ya, hèlas, de vieja datación. Por supuesto, que éstas son por lo común muy atendibles y merecedoras de toda consideración; pero más que su antañona fecha, las hace inservibles su completa inadaptación con las exigencias y modalidades de una sociedad en frenética desbandada de tradiciones y hábitos seculares. Más que de normas o preceptos, la elocuencia mana de un depósito cultural y afectivo hodierno sumamente reducido. Sensibilidades y saberes —sobre todo, humanísticos- se descubren en nuestro tiempo asaz menguados y, en particular, en extremo especializados.
El espectacular y grandioso caudal de conocimientos que distingue —admirablemente- a la edad contemporánea se debe más a la adición de distintos campos que a síntesis globales y armónicas. Hecho determinante, así, de la parcelación anímica e intelectual en que se desenvuelve, paradójica pero efectivamente, la existencia de las mujeres y hombres de la era de la “globalidad”; lo que, a su vez, hace muy difícil la comunicación profunda e íntima de sentires y pensares, sobre la que descansa, en último término, la fuente de la oratoria, como bien sabían César, Lincoln y… Azaña.
Ganemos afinidades profundas, páginas bien leídas, creencias despaciosamente maduradas, ideales entrañados con vigor y, casi con entera seguridad, alimentaremos el humus en el que germinan los liderazgos con capacidad de arrastre y compromiso logrados por el buen decir y mejor pensar.




