Juan José Alonso Millán
JUAN JOSÉ ALONSO MILLÁN es comediógrafo
PERSONAJES EXTRAVAGANTES
Tony Leblanc, nadie como él
Los años cincuenta fueron la apoteosis del teatro de revista en España. Los grandes autores, los mejores cómicos y las mujeres más bellas hacían revista. Sólo en Madrid, había unos cuantos locales dedicados a lo frívolo; Alcazar, Calderón, Monumental, Apolo, Fuencarral, Martín, Madrid, La Latina, Albéniz, Lope de Vega, Pavón, Maravillas y algún otro que se me olvida. La mitad hacían comedia y los Nacionales; Español, María Guerrero y Zarzuela. Oriunda de París, la revista a la española, cautivó al público y los teatros se forraron con el género. Al personal, que apenas le llegaba para comer, acudía al teatro a vivir un mundo de ilusión y mujeres que enseñaban los muslos. Aparecía el cine y había que combatirlo. Los éxitos en la comedia eran aislados y acudía un público más fino. Pero, a lo que iba.
Entre aquellos intérpretes que actuaban, cantaban en directo con orquesta, sin trucos de amplificador, bailaban y hacían reír, había uno que despuntaba por su arte. Había nacido siendo muy niño, en el Museo del Prado, que ya es elitista. Su padre era a la sazón conserje y el bebé vino al mundo entre Goyas y Velázquez y, en lugar de darle por los pinceles, le dio por hacerse bailarín. Y así, debutó en el teatro, ese genio que es Tony Leblanc. De bailarín a primer actor y a escribirse sus propios textos. Los libros de la revista estaban mediatizados por la ingente labor de la censura. Los argumentos eran esbozos argumentales, que los cómicos rellenaban con sus morcillas, haciendo las delicias de un público poco exigente y totalmente entregado.
Tony, enseguida tiene su propia compañía. El respetable le adora. Anunciar un espectáculo de Tony Leblanc era un lleno que duraba toda la temporada, más gira por España. Tony triunfaba en el cine. No paraba a pesar de las dos funciones diarias, sin descanso. Era el actor más popular que llenaba los cines, cuando las películas se fabricaban pensando en el público, se entiende.
Imbatible en el directo. Cara a cara con el público no tenía rival, salía a escena y se lo comían. Yo presencié una función en la que se limitaba a silbar, y aquello era la apoteosis. Por esa época servidor trataba de ser autor, para lo cual estudiaba frecuentando la claqué de los teatros y no perdía una revista. El género que más me gustaba. Admiraba a los actores y me enamoraba de las vedetes. Me hice amigo de Tony, persona excelente, que aún le quedaba tiempo para tener amigos y acudir al Círculo de Bellas Artes. Nunca supo nadie cuando dormía ni descansaba.
Con un talento fuera de serie, lo hizo todo; compuso canciones, CÁNTAME UN PASODOBLE ESPAÑOL que popularizó Lolita Sevilla. Estrenó una obra, un monólogo, EL POBRE GARCÍA, que fue representada con éxito muchas funciones.
En esto, que llega la televisión al Paseo de la Habana y allí está la gran figura del momento Tony Leblanc, que triunfa creando unos tipos geniales, que él escribía y representaba; el viejo, el niño y sobre todo el famoso Kim Tarao.
De Tony se puede estar hablando y escribiendo horas y días y meses… Es la historia casi reciente del mejor y más lúcido cómico que ha pisado un escenario. No consiste sólo en hacerlo bien, hay que tener el arte de identificarse con el público, que le quieran a uno, eso es; pasar la batería. Era él solo, el todo. No se podía trabajar a su lado. Creo que es poseedor de todos los premios más el de deslumbrar con su arte haciendo felices a los demás.
Tony sigue siendo un chaval, aunque después del maldito accidente de coche se dedica a estar junto a Isabel y a sus numerosos hijos y nietos. A quienes hace felices.
Por desgracia nos vemos poco. Ya no hay cafés, ni sitios donde se reúnan los faranduleros. Lo que no impide recordar a un cómico ilustre y a un viejo amigo de muchas horas de hablar de teatro. Ah, tampoco existe la claqué. Una pena.




