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Un gran español

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 20 de mayo de 2013, 20:51h
Desde todos los cuadrantes –envidia, sectarismo, acribia, puntualización- las flamantes Memorias de uno de los intelectuales de mayor y profusa presencia –medio siglo bien rebosado- en los medios –primordialmente, en los periodísticos- se han visto sometidas a un fuego graneado de críticas. La insustancialidad es el común denominador de todas ellas. Empero, su extensión y buena escritura permiten espigar en sus ágiles páginas más perlas e interesantes acotaciones de las que sus censores se muestran dispuestos a admitir.

La acabada y original semblanza de un español de excepción hoy por entero olvidado, pese a su estatura moral y política y lo todavía cercano de su muerte, es, entre otros, uno de los logros en que, pese a todo, no escasea la obra del autor del ensayo económico en lengua castellana de complexión más robusta y rotundo éxito: la mítica Estructura económica de España. Quien fuera uno de los máximos responsables de su recuperación y espectacular ensanchamiento en la segunda fase del franquismo, el madrileño Alberto Ullastres, uno de los ministros artífices del Plan de Estabilización y –como gustaba siempre de añadir su principal ideólogo, el catalán Joan Salvá Dexeus - Desarrollo, aparece, en efecto, en el texto memoriográfico de Ramón Tamames a la luz irisdicente de la solvencia más envidiable, la honestidad más acrisolada y la bonhomía más sugestiva. Habida cuenta de que gran parte de la sensibilidad y planteamientos doctrinales del exuberante personaje y torrencial escritor semejaban distanciarlo de la figura que, a los ojos del público, se situaba en sus antípodas, la pintura del rector de la Cartera de Comercio entre 1957-65 por quien fuese por aquellas calendas su subordinado administrativo no puede ser más refulgente y cordial. En alguien no demasiado propenso a la alabanza –aunque no por ello cicatero en el aprecio ajeno-, la alta valoración que le merece el alto colaborador del régimen denostado incansablemente por su pluma, es no sólo prueba de la viva simpatía que le suscitase, sino también del cumplimiento de los deberes mínimos del oficio de historiador, que exige a toda costa el relato y descripción imparciales de gentes y acontecimientos. Pues, entre las muchas frustradas vocaciones de una personalidad renacentista como Tamames se encuentra, como se sabe, la de servidor de Clío, a la que, con penosa frecuencia, es infiel, pero no, afortunadamente, en este caso. De los colores con los que se traza en Más que unas Memorias (Brcelona, 2013) el retrato de Ullastres ofrece un gráfico testimonio el final de su evocación: “”Queridos amigos, entran ustedes en la atalaya de la economía española…” Ullastres me miró sobre la marcha y en voz baja me preguntó -¿Eso dije yo? –Sí, desde luego, Don Alberto, usted lo digo… -Pues no está nada mal…-comentó sonriente, valorando su propia cita (…) Esa nueva actividad diplomática, en la que se mantuvo varios años, fue la que un día me llevó a proponerle a Ullastres la preparación de sus memorias (…) ¿Para que voy yo a escribir unas memorias, Ramón, se ya se sabe todo de mí, y dentro de poco a nadie le interesará lo que yo hice? –Don Alberto, porque usted ha visto y actuado mucho en la pretransición de la España de Franco a la democracia. Tome nota de lo que ha hecho López Rodó con sus memorias (…) Sí, pero Laureano es otra cosa, persona más ordenada y metódica. Yo soy un poco bohemio, y nunca voy a escribir esas memorias… De todas formas, muchas gracias por su propuesta…” (pp. 337-8).

Llegada una de las horas más felices y trascendentes de la contemporaneidad nacional, la del ingreso en la Europa del Mercado Común -1-I-1986-, en la solemne sesión madrileña que celebrara tan venturoso acontecimiento, Alberto Ullastres –uno de sus verdaderos y más silenciosos arquitectos- no fue convocado por el poder y las autoridades de turno. Insania, cecidad, avilantez y cainismo de impecable pedigrí hispano, como lo fuera su anverso de nobleza, generosidad, incondicionalidad y bien humorado escepticismo, encarnado en esta ocasión por el claro varón que fuese el madrileño Alberto Ullastres Calvo.
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