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Una peluquería sin radio

José María Herrera
sábado 21 de noviembre de 2009, 16:49h
Cuando traspasé la puerta del establecimiento, el feligrés que ocupaba el sillón giratorio disertaba sobre las grandes ventajas de la masturbación mongotartárica frente a la variante cuartelera, también llamada manu militari, defendida por el barbero. Después de un instante de perplejidad en el que me sentí como el evadido de Platón al regresar a la caverna, supe que la causa de la disputa no era la mente calenturienta de los clientes, proclives siempre a los excesos procaces, sino el taller de onanismo (“el placer en tus manos”) organizado por el frente de juventudes de Extremadura. El cliente que esperaba turno, hombre de progreso por lo que deduje de su arenga, zanjó la cuestión censurando el tono chusco de los otros dos. “El Estado –dijo como si supiera que sería respaldado en cualquier plebiscito- debe universalizar los avances técnicos. Hacen mal tomando a chufla estas cosas. No es justo que por nacer en un apartado rincón del país una persona ignore que existen preservativos que llevan incorporados un pequeño vibrador o cosas por el estilo”.

Barbero y cliente cruzaron una mirada de entendimiento y renunciaron al debate. Uno se concentró en las patillas del otro y éste dirigió los ojos hacia un cartel situado encima del espejo donde figura la siguiente frase: “La experiencia es un peine que nos dan cuando nos quedamos calvos”. Por la flaccidez de sus párpados intuí que se estaba preguntando qué diablos hacía allí aquel apotegma, firmado por un púgil argentino, en vez de los clásicos “mañana se fía” o “no hay peluquero que no sea parlero”. Recuerdo que esta alusión a peines y calvicies también me pareció a mí la primera vez traída por los pelos, aunque luego comprendí que entre la sentencia del boxeador y el negocio del barbero existe una relación poética, similar a la que descubrió el padre de Zipi y Zape, don Pantuflo Zapatilla, catedrático de numismática y colombofilia, entre la filmografía de Bergman y correos. Algún lector quizá recuerde la viñeta: Don Pantuflo tropieza con un afiche donde se anuncia “El Séptimo Sello” y piensa: “vaya, una película filatélica, tengo que traer a mis hijos”.

El embarazoso silencio provocado por la intervención del cliente de progreso fue roto cuando a este le llegó el turno de subir al sillón giratorio. Mientras se acomodaba, depositó un billete de diez euros en la cestilla de los cobros y, con esa seguridad que da pensar que uno ha venido a este mundo para corregirlo, dijo, tocándose su gran cabeza, “corte hasta donde alcance el dinero”. La broma no hizo ni pizca de gracia al peluquero, por el que supe luego que la repetía todos los meses, pero me sirvió a mí para advertir el importante papel cívico de la cadena dial. ¿Y la radio?, ¿por qué no suena la radio? Fue entonces cuando descubrí, en el rincón donde solía estar el aparato, una jaula y dentro de ella un pájaro que la llenaba como si estuviera en el punto de mira de una escopeta. El bicho, uno de esas aves que cuando permanecen quietas no se sabe si están dormidas o despiertas, podía ser cualquier cosa: cacatúa, cotorra o loro. Mis conocimientos de ornitología son tan pobres que ni aún siendo un retrógrado consigo discriminarlas.

“¿Qué tipo de pájaro tiene usted aquí?”, pregunté. El peluquero me miró atónito, pero recordó la jaula y respondió, con risita apagada: “un papagayo”. “¿Habla?”, añadí por romper el hielo. “El mío, de momento, no ha dicho este pico es mío, aunque espero que lo haga pronto porque acabo de cambiarlo por la radio”. No pregunté la causa del cambio. Sustituir una radio por un papagayo me parece muy razonable. Él se asombró de que un hombre que sabe hablar callara, pero ni por esas evitó explicar lo que le había pasado a un colega de Hospitalet con la Sociedad General de Autores. “!Pagar tasas por oír la radio!”, concluyó el infeliz su perorata como si viviera en una época delirante.

Viendo el peligro que corrían sus orejas, el cliente del sillón masculló: “¿Y para cuando espera que el pájaro platique?”. “Para la Inmaculada”. “!Extraña fecha!, dije yo sin saber qué decir. “No crea –aclaró el peluquero. Según el párroco de Santa Egipciaca, que es cliente mío, esto es lo normal desde que en una fiesta celebrada en Lisboa en mil seiscientos y pico para conmemorar la Inmaculada Concepción cierto papagayo recitó las coplas dedicadas por el sevillano Miguel Cid a la Virgen”. “Pues debería usted tener cuidado con lo que dice su loro –añadió el otro repuesto del susto- porque se puede ver metido en un lío. Somos un país aconfesional y también él debe conducirse como Dios manda, digo, la constitución”. “¿Y la libertad de expresión?”, protestó el peluquero. “La libertad de expresión, como la de cátedra, tenían algún sentido antes, cuando la sociedad carecía de educación para la ciudadanía; ahora todos sabemos que hay cosas que no se pueden pensar ni decir.” “!Pero el papagayo podrá maldecir y blasfemar!”, exclamó su dueño. “No esté tan seguro. Quizá pueda increpar a Dios, la Iglesia, el Rey o la Patria, pero se la juega usted si se le escapa algún ultraje inaceptable a las minorías oprimidas. Yo, en su lugar, le enseñaría un lenguaje inofensivo, no sexista, algo como recórcholis o caramba. Por nada del mundo se le ocurra inculcarle frases procedentes de las novelas de piratas porque la sociedad de autores le reclamará el canon correspondiente y puede herir la sensibilidad de los profesionales somalíes. Además, ¿no se trata acaso de un ave extracomunitaria? Entonces ... etcétera, etcétera”

Habría sido maravilloso que el papagayo interrumpiera aquel discurso emitiendo cualquier lindeza clásica (“Morgan, bujarrón”), pero no lo hizo y también a mí me llegó la hora de pelarme. El peluquero estaba nervioso y sus ojos se posaron alternativamente en mi cuello y en el del pájaro inmóvil tras los barrotes de la jaula. Se diría que estaba pensando a quien de los dos iba a asestar el golpe. Le temblaba tanto la mano en la que sostenía las tijeras que al preguntarme cómo deseaba pelarme no lo dudé: “en silencio, amigo, en silencio”.
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