El escritor José María Merino, miembro de la Real Academia Española desde 2008, publica su nueva novela, El río del Edén, en la que relata la historia de una familia golpeada por el infortunio de la pérdida de uno de sus miembros, que será a su vez el motivo del reencuentro de un padre y un hijo. Con la dificultad de haberla narrado en segunda persona, Merino reflexiona sobre la lealtad y la deslealtad.
Ha escrito una novela que relata una historia de amor a tres voces, la de un matrimonio y su relación con su hijo. Una madre entregada y un padre que no le tiene estima.Sí, he pretendido escribir una historia de amor en la que hay muchos matices sobre el amor y el desamor. Así, por ejemplo, el problema de Daniel, el padre, es que no ha sabido poner el amor en su sitio, no ha sabido ser leal ni tampoco estar a la altura de las circunstancias, aunque luego logre redimirse.
La muerte de Tere lleva a padre e hijo a emprender un viaje hasta una laguna del Alto Tajo para depositar sus cenizas. Sin embargo, quién carga con la urna no es Daniel, sino Silvio, el hijo de ambos. ¿Por qué?
Porque Silvio no está dispuesto de dejar a su madre, quien le ha prestado su apoyo apasionado desde siempre. Precisamente por eso él se siente orgulloso de llevar la urna sobre sus hombros con una ingenuidad que le da una connotación de inocencia que quería que tuviera.
¿Qué importancia tiene el recuerdo en su relato? ¿Acabo merece la pena rememorar todo cuanto nos acontece o convendría discernir entre los buenos recuerdos y los malos?Ojalá fuésemos capaces de eso. Creo que es fundamental saber distinguir claramente los recuerdos que nos sirven para entender las cosas de los que nos embarullan y nos hacen perder la senda. Creo que muchas veces nos falta memoria, incluso colectivamente. Ahora atravesamos un tiempo en el que nos preguntamos qué nos ha pasado y a dónde vamos. No hemos sido conscientes de lo que hemos tenido y por eso hemos perdido en cierto modo el edén, aunque no quiero decir que hayamos vivido en el edén. Somos responsables, en definitiva, de lo que ha ocurrido.
Tengo entendido que le preocupa la falta de imaginación que padece la sociedad, así como su escasa capacidad para soñar.Me preocupa muchísimo ese tema. Si somos
homo sapiens es porque descubrimos la ficción, que se convirtió en una manera de entender el mundo cuando no teníamos más que el lenguaje. La literatura nos ha enseñado a saber lo que somos. Seguramente si no existiese, nos enamoraríamos sin saber que nos hemos enamorado. La literatura ha puesto en orden nuestros sentimientos y nuestra relación con los demás. Pero ahora resulta que la ficción está perdiendo espacio y hemos pasado al puro entretenimiento virtual. Ya no profundizamos. Todas las historias del ser humano ya están contadas, pero cada vez nos olvidamos más de eso. En casa nadie cuenta historias a los niños porque ya sólo atienden a la televisión. Por eso creo que todo lo que sea perder relación con la imaginación y con la ficción supone un retroceso.
¿No nos exigimos?No. De hecho, nos parece bien no exigir. Creemos que lo bueno es la libertad absoluta, cuando los niños, por ejemplo, también necesitan un orden. ¡Qué es este disparate en el que todo es un desorden generalizado!.
¿Quién no lee de qué carece?A mí me ha enseñado a entender el mundo. Cada palabra que se pierde nos hace más pobres e indefensos.
Si para usted la literatura es fuente de sabiduría, ¿qué significa en su vida la escritura?Para esta novela me he documentado sobre el síndrome de Down y sobre las lesiones medulares. Además, he viajado al lugar donde transcurre la novela, así que puedo decir que cuando escribo me siento vivo.
Ha dicho que sintió un gran honor por formar parte de una institución independiente como la Real Academia Española. ¿Qué valor tiene hoy en día la palabra “independiente”?En aquella ocasión me referí a la palabra “independiente” en el sentido de que no es una institución que esté mediatizada porque considero que debe ser un lugar en el que la gente se sienta libre para opinar y vinculada a sus propias reglas que, en nuestro caso, son determinantes, ya que siguen siendo las mismas desde hace 300 años, algo de lo que me siento muy orgulloso.
¿Qué sensaciones le despierta la actualidad?Vivimos un momento de confusión. Creo que en lo público hay unas normas que tienen que regirnos pero, si hay que modificarlas, los políticos deben ponerse de acuerdo para cambiarlas. Los españoles parece que hacemos cada día tabla rasa de todo. Vivimos en un mundo un poco anárquico. Hay políticos que nos producen desasosiego, nos preguntamos si nos cuentan la verdad o si son leales, el mismo tema del que trata mi novela. La deslealtad es siempre el camino de la desdicha. Hay que ser leales y hay que decir la verdad. Cuando uno dice la verdad, aunque no sea agradable, la gente agradece escucharla. Estamos en un mundo donde la mentira y la media verdad están funcionando continuamente. Es algo que fluye como un río.
¿Es partidario de la implicación del intelectual?Lo que ocurre es que la implicación del intelectual ya no es la que era en el siglo XIX. Creo que el intelectual ha de ser un buen ciudadano. Hay veces que el intelectual al implicarse en la actualidad parece un obispo dando una homilía. Yo no. Yo intento hacer novelas decentes que hablen del mundo. Soy como otro ciudadano cualquiera. No me considero diferente.
¿Cree que dejará huella en la literatura el padecimiento al que nos vemos sometidos en esta ya larga crisis?No lo sé. En mi caso, escribí
La sima hace tres o cuatro años y no fue muy bien aceptada. Me decían que exageraba y que volvía a los tópicos de España. ¿Exagero? Pero si este país es sorprendente, si siempre vuelve a lo mismo. Estudié para aquella ocasión las guerras civiles, pero no la del 36, sino las carlistas, aunque partí del siglo XVI cuando los almagristas y los pizarristas se mataron a tiros. ¡Caray qué país! Tenemos que reflexionar sobre nosotros mismos. Ahora hay temas gravísimos que mantienen a la oposición y al Gobierno enfrentados, pero hay temas en los que tienen que ponerse de acuerdo. Estamos en un momento de emergencia nacional. Estoy perplejo. No hay otra palabra que defina cómo me siento.