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último ganador del premio planeta por su novela [i]La marca del meridiano[/i]

Lorenzo Silva: "La novela negra sigue recibiendo una cierta mirada condescendiente"

sábado 24 de noviembre de 2012, 14:46h
El Premio Planeta concedido recientemente a Lorenzo Silva ha brindado la oportunidad a la novela negra de reivindicarse también en el ámbito de los premios literarios, como ya lo lleva haciendo durante años en la lista de los libros más vendidos. El escritor vuelve a confiar en las páginas de La marca del meridiano en la pareja de guardias civiles que tantas novelas suyas han protagonizado para configurar una historia detectivesca en la que valores como la lealtad o el honor emergen en un relato cargado de diálogos y comprometido con retratar la actualidad.
Definió en una ocasión la novela negra como un género marginal, minoritario y olímpicamente despreciado. ¿Eso hace más meritorio el Premio Planeta?
El género de la novela negra ha sido eso, pero desde hace cinco o seis años asistimos a todo lo contrario. Se trata de un género que ha sido sistemáticamente denostado por buena parte de los gurús editoriales, académicos o intelectuales que marcan tendencia en la cultura española pero, hoy por hoy, es el objeto de deseo de los editores y de buena parte de los lectores. Aunque sigue recibiendo una cierta mirada condescendiente por parte del mundo académico o intelectual elitista, los dos sectores más refractarios con el género negro, hay muchas y notables excepciones, desde universidades que organizan ciclos de novela negra hasta intelectuales reputados que confiesan sin rubor que disfrutan con una buena novela de crímenes.

¿Escribir novela negra ha avivado su sensibilidad hacia el crimen o acaso se ha hecho inmune?
Tanto mi experiencia con gente que se dedica a ello como la mía propia me dicen que no es posible hablar de insensibilización. Todo lo contrario. Cuando me he metido a fondo en una historia he visto el sufrimiento que hay en torno a un crimen. He visto a guardias civiles encargados de homicidios con los ojos empañados, afortunadamente.



¿Cree que las cuestiones sobre Madrid y Cataluña abordadas en su libro han podido empañar su sentido o propósito?
Espero que no. Es algo que está ahí. No es algo accesorio. El personaje principal vive en Madrid y va a trabajar a Barcelona, donde ha vivido algún tiempo, lo que significa que su percepción de la ciudad es diferente de la que poseen los madrileños que viajan con él, quienes tienen una mirada de la realidad catalana al fin y al cabo con más prejuicios. Esa diferencia que hay entre el que ha vivido en un sitio y el que llega de visita forma parte de la historia, pero insisto en que no es un aspecto relevante de la novela. El meridiano al que alude el título se refiere al que separa Madrid y Barcelona, pero también a otro más metafórico, el que separa el cumplimiento del deber de la traición y la integridad de la deshonestidad. Esa es la clave del libro. Creo que es una cuestión que está viva entre nosotros. Le prestamos menos atención, pero es buena parte de nuestro problema.

Hace referencia a la crisis, al paro, a Eta o al nacionalismo. ¿Cree en la responsabilidad del escritor como perpetuador del momento en el que vive?
Sí, estoy de acuerdo. Para mí es un valor en una obra literaria. Hay quien dice que eso la hace pasajera o coyuntural. Yo digo que depende de quién escriba y cómo lo haga. La descripción que hizo Cervantes del siglo XVII ha quedado como un retrato de la época, lo mismo que la que hace el Lazarillo de Tormes. Eran textos coyunturales, pero a través de la visión de un buen escritor se han convertido en otra cosa. Esa es la aspiración que debemos tener todos. Es un material tan válido como cualquier otro, pero hay quien no está de acuerdo. Me dijo un crítico hace poco que lo que no le había agradado de mi novela era que hablaba de la crisis, pero yo trato de hablar del paisaje humano y mental de los personajes y no creo que haya que excluir las referencias a la actualidad por buscar algo imperecedero y eterno porque, al final, imperecedero y eterno no hay nada y la perduración, que es a lo único que puedes aspirar, llega gracias al lector en la medida en que logres transmitirle una mirada que sea duradera.

La víctima de su novela tiene Facebook y su protagonista, un iPod. ¿Recurrir a este tipo de referencias tan cotidianas ayuda a conectar con el lector?
Espero que sirva para reflejar que los policías no son unos marcianos y que llevan una vida diferente. Cuando se analice la época en la que vivimos se atenderá al papel de las redes sociales y la explosión de la tecnología de uso personal. Al final todo esto depende del alcance de la mirada que uno tenga. Yo no soy especialmente seguidor de las redes sociales, pero están posibilitando que autores descartados por el sistema editorial encuentren su público. Me parece un acontecimiento revolucionario. La cantidad de cosas que puedo hacer gracias a la tecnología no sería capaz de llevarlas a cabo sólo con una máquina de escribir.


¿Policías, fiscales, jueces o guardias civiles le agradecen haber escrito obras con ellos como protagonistas?
Sí, aunque tengo que decir que no pretendo hacer una apología ni una reivindicación sobre su labor. En su diversidad, intento demostrar que afortunadamente muchos de ellos son gente digna, que dan el callo y que tienen un espíritu de servicio público que otros que tanto blasonan de él no lo han tenido nunca o lo han perdido, así que he tratado de poner en el tapete su servicio con los ciudadanos.

Mantiene un vivo contacto con sus lectores. ¿El aislamiento es contraproducente para el novelista?
Depende del novelista. Creo que es legítimo tanto mantener contacto con los lectores como no tenerlo. Para un novelista que intenta estar en el mundo, la comunicación es muy enriquecedora, aunque no voy a decir que imprescindible. A mí me ha aportado mucho material. Es una ventana más por donde llegan sensaciones o sensibilidades. El novelista acierta a ser algo si logra convertirse en un portavoz de la gente y de su lugar.

¿Cree que llegará el día en que deje de considerarse un poeta frustrado?
No lo sé. Soy un poeta, un músico y un piloto frustrado. Tengo una colección de personajes frustrados metidos en un baúl. Creo que no tengo lo que hay que tener. No me brota espontáneamente escribir poesía. Escribí cinco o seis poemarios, pero vi que no podían llegar a ningún sitio y los tuve que esconder. Cuando tenía 20 años vi con mucha claridad mi futuro como poeta. Fue una especie de epifanía. Pronto me di cuenta de que el mejor favor que podía hacer a la poesía era abandonarla.
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