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negocio vs deporte

El entrenador que se enfrentó al capitalismo deportivo

domingo 16 de diciembre de 2012, 03:05h
Actualizado el: 12/03/2014 20:00h
La liga de baloncesto más famosa del planeta cerró noviembre con un enfrentamiento público que involucró al comisionado de hierro, David Stern, y al creador de equipos y anti estrellas, Gregg Popovich, en un choque frontal de ideologías. El entrenador de los Spurs decidió dar descanso a sus cuatro mejores jugadores en el partido con más miga televisiva -ante Miami- para que jugaran descansados en el encuentro con más peso deportivo para la franquicia tejana -ante Memphis-. La NBA castigó la presunta merma como consecuencia de esta decisión sufrió el espectáculo y la imagen de la liga con 250.000 dólares de multa. El Imparcial disecciona la intrahistoria de este enfrentamiento entre el capitalismo aplicado al baloncesto y el paradigma estrictamente deportivo.
"Pido disculpas a los aficionados de la NBA. Ha sido una decisión inaceptable por parte de los San Antonio Spurs y se tomarán las correspondientes sanciones en breve". Así rezaba el comunicado publicado por el comisionado de la liga de baloncesto que más brilla en el mundo, David Stern, instantes después de que el club tejano hiciera pública la decisión de su entrenador, Gregg Popovich, de reservar a sus cuatro mejores jugadores frente a Miami Heat, el actual campeón del torneo, para poder disputar su enfrentamiento ante Memphis Grizzilies -rival directo de conferencia- con sus mejores piezas descansadas. Esta estrategia, que pertenecen al plano estrictamente deportivo, le ocasionó a los Spurs una multa de 250.000 dólares amén de la reprimenda pública del gestor de la NBA.

Lo que en el deporte europeo se conoce como rotaciones -otorgar descanso a jugadores indispensables durante uno o varios partidos para que jueguen descansados en partidos de mayor importancia- y se interpreta como un elemento inherente a la gestión de una plantilla deportiva, ha desempolvado el debate entre negocio y deporte. En esta oportunidad se ha impuesto la ley del dinero en el universo frenético de partidos no exento de misticismo y de particularidades que convierten a la liga de baloncesto estadounidense en uno de los mayores atractivos atléticos del planeta, ante el asombro de analistas y aficionados del viejo continente. Incluso en el seno del paradigma capitalista aplicado al deporte, algunos preparadores y jugadores de la NBA se han pronunciado a favor del entrenador, es decir, de la lógica deportiva. Es en este choque de visiones donde nace el debate entre lo que debe primar en el baloncesto norteamericano: negocio o rendimiento deportivo.


En mayo de 2003, el cuartel general de Nike en Whashington County (Oregon) y el despacho del comisionado rector de la NBA en el 645 de la Quinta Avenida de Nueva York descorcharon botellas de champán al unísono tras entretejer un acuerdo vital para el desarrollo de la mejor liga de baloncesto del mundo. El protagonista pasivo de la estrategia empresarial que volvería a relanzar el peso financiero de la asociación de baloncesto profesional estadounidense era un chico afroamericano de 19 años que cursaba sus estudios superiores en el instituto St. Vincent - St. Mary de Akron, una pequeña ciudad localizada en el estado de Ohio. Su nombre, Lebron James.

El adolescente que deslumbró a la prensa americana desde su etapa imberbe había dado calabazas durante dos años a Adidas y Reebok para aceptar el contrato que Nike le ofrecía antes de ser elegido en primera posición en el draft de aquel año: 90 millones de euros. El portavoz de la compañía, Mark Shapiro, y el visionario capo de la NBA, David Stern, respiraban con alivio. Habían encontrado el nuevo icono que iba a multiplicar los dividendos de la multinacional de deporte más famosa del planeta y de la liga de baloncesto a partes iguales. Repetían el idealizado modelo diseñado en 1984. Michael Jordan fue en aquel momento el sujeto pasivo y 2,5 millones de dólares representó el monto que Nike desembolsó para lanzar la popularidad del baloncesto norteamericano.

¿Qué rol juega el plano deportivo en este relato? El mínimo indispensable. Este axioma representa la esencia del funcionamiento de la NBA. Bajo este prisma, no resulta incomprensible que Stern haya multado a San Antonio Spurs por reservar jugadores y, con ello, sentenciar presuntamente el rate de audiencia del millonario contrato televisivo que envolvió el San Antonio - Miami del pasado noviembre y con ello el espectáculo y la imagen de la liga. Lo que los mandatarios del campeonato entendieron como un atentado al núcleo de la filosofía que gestiona el deporte americano chocó frontalmente con un análisis efectuado desde el plano deportivo, en el que el entrenador ha de diseñar la preparación de su plantilla con el fin último de optar a los éxitos colectivos que granjea un rendimiento excelso localizado dentro de los límites que marca la cancha de parqué.



La intrahistoria de este conflicto señala a dos de las figuras sublimes y decisivas en el desarrollo superlativo que la liga ha experimentado en las últimas décadas. En primer término, y ejecutando el rol de empresario sin fisuras encontramos a David Stern, un gestor revolucionario sobre el que descansa la responsabilidad del despegue mediático y económico de la NBA desde su llegada a la cima de la gestión en 1984. No en vano, los números refrendan la reputación de este abogado de 70 años de edad y bagaje: el valor de una franquicia pasó de 20 millones de dólares en los 80 a los actuales 450 millones, el salario medio de un jugador profesional se lanzó desde los 240.000 dólares que acogieron a Stern en su desembarco como comisionado hasta los cinco millones actuales. “El mejor comisionado de todos los deportes profesionales” según Magic Johnson aplicó su astucia para solidificar y potenciar las raíces del matrimonio entre la NBA, las marcas deportivas y plataformas televisivas más potentes, convirtiendo el saludable barco que encontró en el transatlántico que asombra al aficionado cada temporada.

Contemplando las variables intangibles, en la sala de trofeos de Stern –que abandonará su cargo el uno de enero de 2014- brillan con protagonismo merecido las decisiones de abrir la liga al exterior con giras, flexibilidad en torno a contrataciones foráneas y campañas de publicidad y retransmisiones que contaminan a países de todos los continentes del fervor por el american basketball. Además, completando un nuevo paso del diseño de negocio/campeonato permitió por primera vez a los jugadores profesionales de su liga participar en los Juegos Olímpicos defendiendo los colores de Estados Unidos. Aquel primer equipo se llamó Dream Team y guarda su nombre en la cima del deporte internacional con letras de oro.

Implicado en completar el guión establecido dirigido al entretenimiento y espectáculo, convirtió el All Star en uno de los eventos deportivos más vistos del año y fomentó la igualdad de los equipos potenciando el draft y estructurando un rígido límite salarial común a todas las franquicias con la igualdad y competitividad por objeto. Por último, el mandato de este negocio vestido de deporte que ha sabido explotar al límite el excelente capital humano que Magic Johnson, Larry Bird, Michael Jordan, Shaquille O´Neal, Kobe Bryant y Lebron James han abanderado, ha rematado su arquitectura de estrategias corporativas con el impulso de la implicación solidaria con las comunidades norteamericanas con el programa “NBA Cares” y ha colocado a su liga en el lugar de los pioneros que incluyeron internet entre las prioridades en la pasada década, colocando a los servicios digitales de la NBA en la vanguardia del deporte internacional.



El otro protagonista de este relato representa con rigor el papel que el desarrollo de los acontecimientos le ha otorgado. Gregg Popovich, el entrenador que arrinconó el peso económico de la NBA para resaltar la relevancia de lo estrictamente deportivo, es, sin duda, uno de los personajes más peculiares e interesantes que confeccionan el paisaje de la liga americana. De origen serbo-croata, se graduó en Estudios Soviéticos y sirvió a las Fuerzas Armadas Estadounidenses durante cinco años. En aquel periodo viajó por la Europa del Este y la Unión Soviética, empapando su acervo baloncestístico del imperativo colectivo del viejo continente.

Lo que hago lo hago desde un punto de vista técnico y se hizo en beneficio del interés del equipo, que es lo único que nos tiene que preocupar y creo que la Liga opera desde una perspectiva de negocio. Pienso que se puede poner en duda la decisión (multa) que se tomó.” Estas palabras pertenecen a Popovich, un preparador que construye grandes equipos y huye de las estrellas rutilantes. Su estatus de gestor de vestuarios e ideólogo de proyectos deportivos duraderos comenzó a asomar en su “cortejo” a Tim Duncan, uno de los mejores ala-pivots de la historia del baloncesto que jamás ha figurado en las listas de los más vendidos. Según cuenta la fábula que envuelve este deporte, el doble ganador del galardón a mejor entrenador del año viajó en verano de 1997 a Saint Croix, paradisíaco paraje de la Islas Vírgenes para conocer y convencer al jugador sobre el que edificar un equipo ganador y una ideología única en la frenética realidad NBA.

Popovich desembarcó en el paisaje natal de Duncan y durante varios días compartió mesa, pasatiempos, natación y charlas sobre el proyecto vital y la filosofía existencial de cada cual con el ala-pivot del tiro a tabla más legendario de la liga. El entrenador ejecutó su rol de la forma más romántica que el deporte pueda acoger, lejos de las cifras y los balances financieros de los directivos de su franquicia y de la NBA. Fuera de la fría estadística. “Pop” frenó su actividad para conocer a la piedra angular de su proyecto único, una rara avis colectiva basada en la solidaridad de esfuerzos y la primacía del bien común que enamora al aficionado en medio del mar de individualidades comercializadas que compone el campeonato. Una oda al uso compartido de las posesiones de balón que cautiva los sentidos del espectador que paladea la estética del rodillo colectivo. Sobre la mesa figuraba la promesa de títulos. Con el sí de su número uno de draft y el aliño de jugadores de equipo como Bowen, Ginobili y Parker, los Spurs lograron cuatro títulos y se convirtieron en una franquicia de referencia.


El ex militar que contempla el baloncesto como un juego colectivo y no una suma de individualidades -postura antagónica al mainstream de Lakers, Heat y demás candidatos a la gloria- decidió ejecutar un punto de inflexión a su temporada reservando a Tony Parker, Manu Ginobili, Tim Duncan y Danny Green -sus cuatro mejores anotadores- en el partido de más miga televisiva para posponer su participación pensando en la cita de mayor peso deportivo, ante Memphis. El motivo: los Spurs han sufrido el calendario más desfavorable de las franquicias favoritas con diferencia. No en vano, los tejanos han jugado hasta el momento 15 de 24 partidos fuera de casa, incluidas varias giras de cuatro partidos seguidos atravesando la vasta geografía norteamericana. La comparación con sus rivales por el título resulta de rotunda claridad. Miami ha arrancado el año con 8 partidos fuera de casa de 19 disputados y los Lakers se ha estrenado con 10 de 23. Ocklahoma City ha jugado 8 de 22 partidos lejos del Chesapeake Arena. Sin embargo, y a pesar de acumular miles de kilómetros en el equipaje, la veterana plantilla tejana se mantiene en la cúspide de la liga.

Este episodio particular de uno de los deportes que más situaciones especiales acoge concluyó con un final que muestra la complementariedad de ambas perspectivas analíticas del baloncesto. El equipo de reservas que los Spurs presentaron en el Miami Arena perdieron por tan solo cinco puntos (100 - 105) ante el actual campeón gracias a un triple del coloso Ray Allen a menos de dos minutos para el final del enfrentamiento. David Stern, que en representación del espectáculo de la NBA multó esta decisión, disfrutó de un partido muy competido y brillante por momentos. Un par de día después, en lo que se antoja como un giro de justicia poética del destino, el equipo de Popovich, con sus titulares descansados, ganaron a los Grizzlies –que llegaban al partido como mejor franquicia de toda la liga- en un épico partido que se decidió en la prórroga por 99 a 95. El deporte correspondió al negocio en el primer acto de esta obra y se cobró lo suyo en el desenlace. Así concluyó una de las historias que adornan el brillo de la NBA cada temporada.
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