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Crónica económica

2013, año de transición en España

domingo 30 de diciembre de 2012, 20:56h
2011 iba a ser el año de transición hacia la recuperación. Pronto se vio que no era así, y se empezó a hablar de 2012. Ahora confiamos en que sea, finalmente, 2013. Pero a 30 de diciembre, todavía prevalecen las incertidumbres sobre cualquier certeza.
2011 iba a ser el año de transición hacia la recuperación. Pronto se vio que no era así, y se empezó a hablar de 2012. Ahora confiamos en que sea, finalmente, 2013. Pero a 30 de diciembre, todavía prevalecen las incertidumbres sobre cualquier certeza.

“Lo bueno de 2010 es que será mejor que 2011”. Estas palabras del presidente de Mercadona podrían repetirse un año después, e incluso dos años después. Porque 2013 va a ser un año duro, muy duro. Por un lado, porque recibimos el año con el producto interior bruto cayendo. El Banco de España ha dicho que, según la información que tiene, en el tercer trimestre continúa el decrecimiento, que encadenaría, de este modo, cinco trimestres en negativo y seis sin crecer. Lo más probable es que los dos o tres primeros trimestres de 2013 sigamos decreciendo. Y algún banco de inversión extranjero dice que los cuatro.

Desde aquí somos más optimistas, pero incluso en el mejor de los casos (que sería que la primera mitad del año está “perdida” económicamente), es muy difícil que haya crecimiento neto de empleo, a no ser que fuera en los últimos meses del año. Y aún así, esos meses, por cuestiones estacionales, suelen ser malos. De modo que recesión y paro van por delante.

Sin salir de España, la gran apuesta para el año que está a horas de comenzar es la reforma financiera. Los bancos ya han renunciado a parte de sus beneficios acumulando provisiones (tendrán que hacerlo durante años), y entre eso y la Sareb los bancos están zafándose de toda la basura que habían acumulado. El año que viene, entre el saneamiento de las entidades, que continuará, y las ingentes necesidades de financiación del Estado, poco, o nada, o menos, quedará para la economía real, que es la privada. Pero eso no quiere decir que vaya a ser un año perdido, ya que nuestros bancos (los más solventes del mundo, a decir de Zapatero), habrán ganado en solvencia.

Otra tendencia que marcará 2013 y que probará que lo antedicho del “primer semestre perdido” no tiene, en realidad, sentido, es el que afecta a la estructura productiva española. España ha sacado en gran parte la pata que metió en el inmobiliario. Varios análisis apuntan a que los precios de la vivienda se pueden desplomar el año que viene. Recientemente el Daily Telegraph decía que los precios inmobiliarios tienen que desplomarse todavía un 30 por ciento más. Pero no sólo cerramos puertas. Abrimos el sector exterior, que está teniendo un comportamiento extraordinario. Esa transición se podría ver en el empleo. Pero los trabajadores tienen que recibir la formación necesaria. Es clave para la adaptación de España hacia un sistema productivo de mayor valor añadido. En la medida en que se produzca esa transición en la producción y tenga un reflejo en el mercado laboral, con un trasvase de trabajadores de los viejos a los nuevos sectores, será un buen año, a pesar de que en el cómputo general sigamos perdiendo empleo.

Las familias van a seguir conteniendo su consumo. Pero, con unas rentas a la baja (los salarios van a seguir cayendo), es muy probable que el ahorro también caiga. Mal asunto, porque necesitamos ahorro, mucho más ahorro, para facilitar precisamente esa transición de la estructura productiva y facilitar la financiación de la actividad junto con la que podamos obtener del exterior.

Quedan dos nuevas incertidumbres, las dos relacionadas con la política económica. Una de ellas son las reformas, como la Ley del Mercado Único, la Ley de Emprendedores, los cambios en el sector energético y demás. Rajoy todavía tiene margen para defraudar a los españoles. Y la segunda tiene que ver con la reducción del déficit público, que seguirá siendo el tema principal de la política económica todavía en 2013. Ya no hay margen para reducir las inversiones, de modo que lo único que le queda al Gobierno es hacer verdaderas reformas estructurales del gasto en pensiones, sanidad, educación y estructura administrativa. O las hace él, o nos las hacen con un rescate.


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