¿Le sorprendió su rápida subida al éxito? Me sigo preguntando aún cómo fue posible. Desde niña no he conocido otro ambiente que el del cine, por eso sé la dificultad que tiene sobresalir en este trabajo, que te reconozcan el talento y, sobre todo, que te den la oportunidad de demostrarlo.
A usted le llegó pronto…No sé si demasiado, pero esa precocidad me ha permitido disfrutar intensamente del éxito. A los once años tuve claro que lo que quería era seguir los pasos de mi madre. Hasta ese momento me había dedicado a jugar al fútbol y a hacer danza. Me dí cuenta que lo que me divertía eran sólo aficiones, pero que actuar era una auténtica pasión, algo así como una droga.
Y decidió engancharse…(risas) Lo has expresado muy bien, porque realmente fue algo así como un enganche. Cuando paso etapas sin trabajar, siento un verdadero mono, necesito la adrenalina de la actuación. Y eso me reafirma más en mi convencimiento de que he elegido el camino correcto, el que me llena por completo.
¿Ha tenido siempre el apoyo materno?Siempre. Aunque tuve que demostrar que no era un capricho. Mi madre, el día que le dije que esto me gustaba a morir, pensó que era una decisión adolescente. Estoy segura que, en el fondo, estaba convencida de que lo iba a dejar al primer revés que tuviera... pero no me frenó. Simplemente me pidió que terminara mis estudios y que luego hablaríamos.
Y cuando llegó ese momento…Le dije que había nacido para actuar, que si me quitaba la posibilidad de demostrarme a mí misma que valía para esto... pues que no conseguiría ser feliz nunca. Me vio tan inflexible ante mi decisión y, al mismo tiempo, tan decidida que sólo me pidió que me preparara, que estudiara, que no fuera por la vida como “hija de...”.
¿Ha sido su mejor consejo?Sin quererlo, mi madre me aconseja todos los días. Mirarla es siempre una lección a tener en cuenta... pero, por supuesto, que fue el mejor consejo de todos. El día que me matriculó en una escuela de Arte Dramático me regaló un pasaporte para mi felicidad.
¿Estaba “cantado” que seguiría sus pasos?Aunque nací y crecí en este ambiente, mi madre jamás nos condicionó a ninguno de los hermanos. A mi me gustaba muchísimo ir con ella al plató cuando rodaba. Alucinaba con todo lo que allí se vivía, el ambiente de familia que se creaba, la capacidad de crear ilusión en un simple set de trabajo. Había que ser muy insensible para no dejarte llevar por esa magia. Y yo estoy convencida que ahí empezó mi verdadera vocación.
¿Vivió una infancia feliz?No recuerdo ni un mal momento y eso es un privilegio. Ten en cuenta que mis padres se separaron, cuando yo sólo tenía tres años. Aún así, mi madre hizo todo lo posible para que no notase la ausencia paterna. Conoció a Kurt Russell, un hombre para que el sólo tengo alabanzas porque ha sido mi verdadero padre. Entre los dos nos han dado una vida estable, feliz y responsable a los hermanos.
¿Hicieron de usted una niña mimada?Ni mimada ni consentida. Nunca me faltó de nada, pero tampoco fui “sobrada” de todo. Me enseñaron a darle valor a las cosas, a que hay que trabajar duro para conseguir lo que uno quiere. Me han ayudado a ser la mujer que hoy se siente muy realizada y feliz.
¿Qué le hace sentirse bien en su piel?El saber seleccionar las cosas importantes de la vida, el estar abierta a todas las experiencias, que me brinda la vida, y sacar el mejor provecho de ellas. Todo eso ha hecho de mí una mujer responsable, honesta, muy apasionada y a la que le gusta exprimir la vida hasta la última gota.
¿Qué tiene de bueno ser actriz?¿Tenemos tiempo? (risas) Para mí tienes muchas cosas pero, sobre todo, es como una terapia constante. No te descubro nada nuevo si te digo que todos tenemos un lado oscuro al que nos cuesta acceder, al que no queremos enfrentarnos, pero deberíamos hacerlo porque, haciendo frente a nuestros defectos, es cuando empezamos a ponerles remedios. El cine, a través de los personajes que interpretas, te permite plantarle cara a ese “otro yo” que, a veces, nos domina.
¿Su familia es su mejor trabajo?¡Sin ninguna duda! Siempre quise formar una familia, aunque también siempre decía que me casaría a partir de los treinta, pero el destino dispuso otra cosa. Cuando conocí al que fue mi marido pensé que era la persona con la que quería terminar mis días. Me ha dejado un hijo que me ha hecho experimentar sensaciones que jamás imagine que llegaría a sentir. Mi hijo, desde su nacimiento, son el motor de mi vida. Sin quererlo, se convierten en el centro de todo. Su llegada me ha llenado como mujer y ha hecho posible que me convierta en una mujer afortunada. Nada en el mundo me compensa más que su sonrisa.