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La guerra olvidada

Alfonso Cuenca Miranda
domingo 17 de marzo de 2013, 19:31h


Hay una falla entre Rusia y Europa que cada cierto tiempo en la Historia registra movimientos sísmicos: el lago Peipus, Poltava, Borodino, Stalingrado… Dos mundos distintos: la civilizada Europa, origen de las creaciones más elevadas, y la misteriosa Rusia, en la que conviven de manera inimitable lo europeo y lo asiático –siempre se ha afirmado que lo mejor de Rusia era lo primero, pero lo cierto es que lo más propiamente ruso y muchas de sus más sobresalientes creaciones contienen elevadas dosis de orientalismo.

Crimea fue una vez protagonista de ese encuentro entre dos mundos. La vieja Táuride, la Quersonese en donde el cristianismo cambió la historia con la conversión de Vladimir y con él de todo el Rus, fue el principal campo de batalla de un conflicto cuyas consecuencias fueron mucho mayores de lo que tradicionalmente se ha afirmado.

El pretexto desencadenante de la guerra puede parecer una nimiedad, la custodia de los Santos Lugares en Jerusalén y las disputas entre latinos y ortodoxos al respecto, pero, sin embargo, en el mismo subyace el carácter de cruzada que en muchos aspectos presentó finalmente la guerra de Crimea. Con todo, como causas de más largo alcance cabe citar en el caso francés, la necesidad por parte del emperador Napoleón III por afianzar su recién instaurado régimen mediante una intervención de prestigio en el exterior. Por parte de Gran Bretaña las consideraciones geoestratégicas primaron ante todo, así como el sacrosanto respeto al principio del equilibrio. Por lo que respecta a Turquía, ésta se defiende frente al intento ruso de amputar al eterno enfermo, con el fin de llegar en última instancia a su corazón. Rusia se moverá, como en tantas otras ocasiones y facetas, combinando idealismo y realismo. Por una parte, invocará su deber de protección de las minorías ortodoxas de la Puerta, junto con su vocación de convertirse en la tercera Roma. De otro lado, avanza hacia los estrechos, pues necesita ante todo una salida al Mediterráneo que le conecte con rapidez con los grandes tráficos marítimos del planeta. Se trata, pues, de la jugada preliminar del Big Game entablado por británicos y rusos en su afirmación como potencias hegemónicas en Asia Central y con la India como última y más codiciada casilla. En disputa en esta ocasión los Dardanelos, uno de los enclaves geoestratégicos más relevantes del mundo, todavía hoy, sólo superado por los estrechos de Malaca, Ormuz, Gibraltar o el canal de Panamá.

Como es sabido, tras una primera fase ruso-turca que culmina con la ocupación por Rusia de los principados de Moldavia y Valaquia y la destrucción de la flota otomana en Sinope, se produce la intervención europea, luchando los ejércitos francés y británico en la ribera oeste del Mar Negro. Después de un primer período de cierto impasse, el cuerpo expedicionario decide golpear en la joya de la corona rusa, Crimea, en donde se halla la principal base de la armada zarista en el Mar Negro, Sebastopol. Alma, Balaclava, Inkermann, sitio de Sebastopol, Malakoff, Redan… son los hitos principales de la lucha crimeana.

Es una guerra vieja y nueva a la vez. Vieja, como atestigua el carácter marcadamente aristocrático de la oficialidad británica –baste señalar que Lord Cardigan no pernoctaba en el campamento ubicado tierra adentro en las inmediaciones Balaclava, haciéndolo en su barco particular traído de Inglaterra- o, especialmente, ese canto del cisne de la guerra caballeresca que supuso la célebre carga de la brigada ligera. Nueva, como ilustra el uso intensivo y mortífero de la artillería, el empleo del telégrafo y del ferrocarril con fines militares, o el surgimiento de la moderna sanidad castrense –en definitiva, de la moderna sanidad hospitalaria. Destaca especialmente el nacimiento de la corresponsalía de guerra o, más aún incluso, de la moderna opinión pública a través de la influencia de los periódicos. Las crónicas del corresponsal del Times, Rusell, en las que criticaba las lamentables condiciones logísticas del ejército británico, harán caer en enero de 1855 al gobierno de Lord Aberdeen.

Crimea fue pronto –lo es aún hoy- una guerra olvidada –en Francia es conocida con tal nombre. El ritmo posterior de los acontecimientos hizo minusvalorar la importancia de un conflicto que, por el contrario, tuvo una influencia capital en el devenir de la historia de Europa y del mundo. Así, marca el comienzo, tras siglos de hostilidades enconadas, de la entente franco-británica, que tan hondas repercusiones habría de tener en el siglo XX. Por otra parte, separa para siempre a los guardianes de la legitimidad tradicional en el Viejo Continente, Rusia y Austria, potencias cuyo enfrentamiento desencadenaría sesenta años más tarde la Primera Guerra Mundial. En relación con lo acabado de apuntar, Crimea deja el camino abonado de manera definitiva para el nacimiento de Italia y Alemania. Finalmente, la intervención europea para salvar a Turquía dejaría en Rusia un sentimiento de amargura, casi de traición, transformado en una profunda desconfianza hacia las demás potencias europeas, recelo que también habría tener profundas consecuencias en el futuro. Razones, todas ellas, más que suficientes para tener a la “guerra olvidada” muy presente. Un último detalle: en su viaje de regreso de la Conferencia de Yalta, Churchill quiso visitar el cementerio británico de la guerra de Crimea. Un nuevo mundo se había acabado de diseñar, pero el Viejo León era muy consciente de que para escudriñar el futuro hay que honrar el pasado.






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